Una anécdota me persigue, y no me importa para nada; la aprecio como a un amigo al que hace tiempo que no ves: yo le paré una falta a Diego Armando Maradona.

Fue en una pachanga, un ‘picadito’ como dicen los argentinos, en La Habana, en junio del año 2000. Debían de ser casi las nueve de la noche, porque seguro que a Diego no le gustaba madrugar y el partido empezó hacia las siete de la tarde. No era un día muy luminoso, el cielo tenía ese color gris de la temporada de lluvias caribeña y la luz del sol se iba apagando. Diego me había metido ya un par de goles y el árbitro, un mulato barrigón entrado en la sesentena que había sido internacional en su tiempo, le había pitado una falta a favor al equipo de Maradona y sus amigos en la frontal del área.

Diego plantó el balón en el punto en que le apeteció. Yo coloqué la barrera, en la que destacaba mi amigo Emile, un holandés murciano y pelirrojo de casi dos metros, en el lado del palo largo y me dispuse a resguardar el otro. Sonó el silbato y el balón se dirigió a media altura hacia mí, botó antes de llegar a la portería y, con una visibilidad pésima, conseguí rechazarla, pero no seguí los manuales y el balón quedó suelto. Apareció su entonces representante, el canoso Guillermo Coppola, y, estando yo vencido, anotó el gol que menos me dolió recibir. Le acababa de parar una falta al Dios del fútbol.

De la agresión al asado

En aquella época yo estudiaba en el Colegio Español de La Habana. Vivíamos en Cuba porque mi padre trabajaba en el Consulado de España y ese mes de junio estaba en plenos exámenes de junio de tercero de BUP. Era un estudiante muy aplicado, pero en cuanto surgió la oportunidad de jugar con Maradona, guardé los apuntes sin pensarlo.

Un curso por debajo del mío estudiaba la hija del camarógrafo argentino de la agencia Reuters al que Maradona agredió en sus primeras semanas en la isla, cuando lo sorprendió saliendo del supermercado de la calle 70, el único decente en aquellos días de periodo especial, como le llamaban los cubanos a la crisis económica posterior a la caída de la Unión Soviética. Después de la trifulca, Maradona y él se hicieron íntimos. El astro pasaba literalmente todo el día en su casa, bañándose en la piscina, zampándose asados interminables o mirando partidos por cable (ver foto).

Pachanga con la prensa

Un día, Maradona, que tenía una relación de amor odio con la prensa, decidió que, aprovechando la visita de algunos amigos suyos argentinos (entre los cuales estaba Rodrigo Bueno, el célebre autor del ‘hit’ ‘La mano de Dios’), tenía ganas de jugar un partido. Y como tenía todas las puertas del régimen abiertas y una alfombra a sus pies se organizó en el Pedro Marrero, el histórico estadio de fútbol de una isla en la que abundan los campos de béisbol, un partido entre el equipo de Maradona y sus amigos y el equipo de la prensa.

La fortuna quiso que el equipo de la prensa no tuviera suficientes jugadores, y Jorge, un compañero de clase costarricense cuyo padre era periodista y al que nunca estaré suficientemente agradecido, nos llamó para completar el equipo. Yo, que había sido portero en mi infancia, busqué los guantes en el baúl de los recuerdos y preparé la mochila con el nerviosismo de una novia el día antes del baile de graduación.

«Tenía los tobillos tan hinchados que jugó todo el partido con sus míticas botas Puma desatadas»

El día del partido fuimos al campo una hora antes como mínimo, y nos cambiamos rapidísimo para pisar el césped cuanto antes y ver al Diego pelotear. Pero al salir del vestuario nos avisaron que su divinidad venía con retraso. La espera fue larga, digna de una estrella del rock en el festival veraniego de turno, pero valió la pena. Una hora después, a lo lejos, descendiendo por una escalera larguísima, se reconocía la figura de un jugador bajito y algo rechoncho acompañado de tres o cuatro amigos. Al pasar, nos fue saludando uno a uno, y recordaré toda la vida que jugó todo el partido con sus míticas botas Puma desatadas. Tenía los pies y los tobillos tan hinchados y deformados que no podía calzárselas del todo.

«Al Diego no se le defiende»

Del partido recuerdo algunos detalles: Maradona no jugaba por jugar. No sabía. Lo protestaba todo, y celebraba los goles como si aquello fuese una eliminatoria a partido único. Emile, mi amigo holandés y murciano, un jugador impecable y un portento físico, también era competitivo y, después de un par de jugadas en las que presionó a Maradona y le apretó un poco, Coppola se le acercó y le dijo: «Papá, al Diego no se le defiende». Se pasó el resto de partido jugando como lateral.

Al acabar el partido, todos los jugadores nos reunimos en la grada alrededor del astro, y nunca olvidaré lo que me dijo, guiñándome un ojo: «Muy bien flaco, muy bien». Unos minutos más tarde le dejé petrificado cuando saqué una foto suya de sus días como barcelonista y le pedí un autógrafo. Me miró como si hubiese visto un fantasma. Guardo la foto como un tesoro.

Unos meses después de la pachanga, mi mejor amigo, un madridista empedernido que se la perdió por el enésimo castigo paterno, me llamó después del instituto para decirme que Mercedes, la hija del camarógrafo, le había invitado a ver la final de la Copa Intercontinental entre el Real Madrid y Boca Juniors en su casa, antes de clase, y que Maradona iba a estar. Su cara al llegar con las ojeras del madrugón a la primera hora de latín era un poema: Riquelme y Palermo les habían dado un baño. Y me contó con cierto desdén, que el Diego, que ya le caía mal por su pasado culé, había celebrado el triunfo en su cara como un barra brava. Puro Maradona.

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