Por Sara Arias, Manuel Arenas, Jordi Cotrina, Amor Domínguez, Sandra F. Lombardía, Juan Fernández y José Luis Roca.

Solo han pasado tres meses y una semana, apenas un suspiro, pero la intensidad brutal de estos 98 días de estado de alarma ha acabado deformando la percepción que tenemos de este tiempo tan extraño y cruel. Queda tan lejos aquel comunicado del Gobierno anunciando que debíamos encerrarnos en casa y el pánico de los primeros días de confinamiento ante las noticias del contagio del coronavirus que desde aquí parecen retazos de otra vida.

De esta pandemia, cada individuo se quedará con su recuerdo personal e intransferible, aunque todos envueltos en un sentimiento compartido de extrañeza, desasosiego y espanto. Ana, Carmen, Francisco, Mónica, Isaac y Odette, las personas que han accedido a contar sus experiencias de estos meses, añaden a esa sensación la huella imborrable que el virus ha dejado en sus vidas. Unas perdieron a familiares y amigos, otras vieron morir a compañeros y pacientes, hay quien ha sentido en sus pulmones el mordisco letal de ese bicho maldito y estuvo a punto de no poder contarlo, y quienes se han visto abocados a la beneficencia por la crisis económica que les ha provocado el contagio. Son vidas marcadas por el covid-19.

Siete historias de vidas marcadas por el coronavirus.

Siete historias de vidas marcadas por el coronavirus. /
JOSÉ LUIS ROCA

Sorpresa en el parto

La del pequeño Sergio Álvarez Zuaza ha sido así desde el minuto uno de su existencia. Él nunca tendrá recuerdos de la pandemia y deberá conformarse con el relato que le contarán sus padres acerca de su llegada al mundo, en la que el virus le robó protagonismo. Debía haber nacido el 7 de marzo, pero su alumbramiento se retrasó y el día 16 citaron a su madre en el Hospital de Cabueñes de Gijón para provocarle un parto inducido, 48 horas después de que Pedro Sánchez decretara el estado de alarma.

Mientras Ana Zuaza, de 35 años, notaba con preocupación que le faltaba el aire en mitad del parto, su pareja se enteraba de que su abuela tenía el coronavirus y que toda la familia debía guardar estricta cuarentena por temor a haberse contagiado. El recién nacido se asomaba a un mundo que acababa de encerrarse en casa y él se convertía en el primer bebé hijo de una mujer infectada de covid19. Pesó 3,6 kilos al nacer, pero en el parto aspiró meconio, por lo que tuvo que ser ingresado en el área de neonatología para ser observado.

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Las siguientes horas parecen el guion de un thriller sanitario con tintes surrealistas. Debido al contagio familiar, la madre de Sergio fue trasladada al Hospital Universitario Central de Asturias -el centro de referencia para los casos de coronavirus en la región- sin llegar conocer a su hijo, y su padre, Alejandro Álvarez, gijonés de 38 años, debió confinarse en casa sin poder tener en brazos al recién nacido.

Los padres noveles recuerdan con angustia los cuatro días que trascurrieron hasta que ella, después de recibir el alta, pudo volver a casa y se produjo al fin el reencuentro familiar. Tuvo que ser un tío del bebé quien se encargara de recogerlo en el hospital y llevarlo a su hogar. Eran los días más duros del confinamiento y solo pudo depositarlo en felpudo de la entrada, como hacían esas semanas los repartidores de comida.

Enfermeras con batas de plástico

El mismo día que Sergio llegaba a su casa de Gijón, a 470 kilómetros de allí, en Madrid, Carmen Carrión cruzaba la puerta del Hospital Infanta Leonor para empezar a trabajar como auxiliar de enfermería en un centro que llevaba una semana puesto patas arriba para atender a la avalancha de enfermos de covid-19 que se precipitaba cada hora sobre su servicio de urgencias. Aquella primera imagen no se borrará jamás de su memoria.

“Era indescriptible. Pacientes y pacientes y pacientes. Gente muy malita y nosotras vestidas con batas de plástico. Llegabas a las habitaciones y solo podías hacerles lo indispensable, no te podías parar, tenías que irte a otro paciente que te estaba necesitando. No dábamos abasto”, recuerda con lágrimas en los ojos.

Carmen Carrión, auxiliar de enfermería / JOSÉ LUIS ROCA

Una semana más tarde, esta cordobesa de 50 años entraba a prestar servicio en el hospital de campaña de IFEMA. De nuevo, otro shock. “El primer pabellón que abrieron fue el 5. Era una cosa basta, a lo bruto, una nave con suelo de hormigón llena de camas como en las películas de guerra, desolador, una morgue de gente viva. De hecho, muchos pacientes creían que los habíamos llevado allí para que se murieran”, relata.

Allí pasó seis semanas embutida en capas dobles de guantes, mascarillas, viseras y trajes de plástico de los que debía despojarse, siguiendo un estricto protocolo, al menos una vez cada tres horas para no desmayarse. Muchos compañeros cayeron redondos al suelo, pero Carrión cree que el aplauso no se lo merecen ellos. “Aquí los verdaderos héroes han sido los enfermos por todo lo que han sufrido sabiendo que cada día morían cuatrocientos o quinientos, y pensando: mañana puedo ser yo. Tengo clavada su sensación de soledad. Si vas a morir, que al menos pueda acompañarte un familiar en tu último momento”, suspira la sanitaria.

Sin despedida

Ése es el dolor que a estas horas atraviesa a Ana Álvarez, maestra jubilada de Grado (Asturias) que perdió a su marido víctima de covid-19 al principio de la pandemia sin poder decirle adiós. La última vez que le vio fue en la residencia de ancianos de su localidad, de la que él era usuario, y que se convirtió en uno de los primeros focos del coronavirus en Asturias. Pasó días mirando el teléfono, esperando una llamada con buenas noticias que nunca llegó.

La falta de esa despedida añade crueldad al sufrimiento padecido por los familiares de las víctimas de esta pandemia. “Que no nos viera allí, que se sintiera solo, es lo único que pienso”, se repite a sí misma Álvarez. El abrazo no dado también dificulta el duelo. Ni pudo acompañar a su marido en sus últimos momentos, ni ha podido ver a sus hijas hasta el comienzo de la desescalada. “Esto no es un duelo, es una impotencia”, clama esta viuda, que llevaba 40 años unida a Pepe, su marido.

Dos semanas sedado

Francisco Miguel del Cid tuvo más suerte que él, aunque en su caso, la fortuna ha venido envuelta en una experiencia sanitaria de la que apenas tiene conciencia. Lo último que este jiennense de 65 años recuerda fue el desmayo que sufrió en su casa de Pineda de Mar (Barcelona) y el momento de ser ingresado en el servicio de urgencias del Hospital de Calella. Despertó el 11 de abril en el Hospital de Granollers, donde había sido trasladado para intervenirle los pulmones por la neumonía que el coronavirus le había generado.

Permaneció dos semanas sedado, pero incluso los días que supuestamente estuvo despierto, tampoco los recuerda. “Tengo guardadas conversaciones de Whatsapp con mi familia que no soy consciente de haber mantenido”, confiesa. En esa nebulosa de sondas, respiradores y largos días de uci al borde de la muerte, hay algo que sí ha quedado adherido a su memoria: “Algunos días tenía ganas de que todo acabara. De hecho, estuve a punto de quedarme allí», reconoce.

El coma inducido al que estuvo sometido le libró de vivir las jornadas más sangrientas del contagio. Un día caían quinientos; otro, seiscientos: al siguiente, cien más. El pico de mortandad fue el dos de abril, en pleno sueño profundo de Del Cid, cuando perdieron la vida por coronavirus 929 personas en España.

Mónica Arenas, en su casa / JORDI COTRINA

«Si hubiéramos tenido recursos…»

En esos días falleció el otorrino Antoni Freixa, uno de los más de 35 sanitarios que el covid-19 ha fulminado en los últimos tres meses en nuestro país. La enfermera Mónica Arenas, compañera suya en el Instituto Oncológico del Hospital Quirónsalud de Barcelona, tiene muy presente la sensación de impotencia que aquella noticia dejó instalada en el equipo médico. “Nos impactó a todos y nos generó mucha indignación. Podía haber sido diferente si hubiéramos tenido los recursos y las pruebas cuando tocaba», recuerda.

Aquella muerte marcó un antes y un después en su vivencia del estado de alarma, del que se enteró a través de un paciente. El 13 de marzo, un enfermo de cáncer de pulmón al que estaba atendiendo, le transmitió su inquietud: debía iniciar un tratamiento de quimioterapia, pero el virus parecía más peligroso que el tumor. “La situación generó mucho miedo en los pacientes oncológicos. Nos preguntaban: ¿Si lo cojo, me voy a morir?”, relata Arenas, quien estos meses ha tenido que teletrabajar desde casa debido a su embarazo. Sale de cuentas en octubre, cuando se anuncia un posible rebrote de contagios. “El día que me toque ser paciente, espero me puedan atender con seguridad”, declara.

Odette Benoa / JOSÉ LUIS ROCA

Recurrir al Banco de Alimentos

El covid-19 tiene también un rostro económico y social que conocen bien Isaac Casado y Odette Benoa. Con circunstancias personales y familiares muy diferentes, los dos han acabado coincidiendo en el dispensario de alimentos que la Fundación Alberto y Elena Cortina tiene en el barrio madrileño de Tetuán, un centro que vio crecer un 25% el número de familias demandantes de comida en la primera semana de la cuarentena.

Él, jardinero en paro desde hace tres meses, tuvo que confinarse junto a sus padres ancianos cuando se decretó el estado de alarma. “Los tres vivimos de 600 euros de pensión, y no nos llega: o pagamos los gastos, o comemos. Gracias que existe el banco de alimentos”, reconoce. Ella, profesora autónoma con tres hijos a su cargo desde que enviudó en 2017, lleva tres meses sin dar clase. “Eso significa que no ingreso ni un euro. Al principio me daba remordimiento venir a por comida, pensaba que se lo quitaba al que no tiene, pero en realidad yo tampoco tengo”, declara.

Isaac Casado / JOSÉ LUIS ROCA

Su marido era diplomático y en el pasado disfrutó de una vida de alto standing, pero esta experiencia le ha cambiado su percepción de lo material. “El que tiene un yate o un avión privado, no ha podido usarlos. Puede estar en casa comiendo caviar, pero cuando ves el peligro, no sabe lo mismo. Esta pandemia nos ha igualado a todos”, concluye.

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