La banda de Bradford Cox había dejado, como suele decirse, al personal bastante alucinado hace menos de cuatro años con el formidable y sustancioso Fading frontier. Para la nueva entrega el grupo se recluyó en la Texas rural con algunos productores, liderados sintomáticamente por la avant-pop Cate Le Bon y su colega en los Drinks, Tim Presley. La constatación grosso modo de la operación se ha saldado con un magnífico puñado de composiciones menos introspectivas y una evidente mayor carga política. Sonoramente la paleta se ha ampliado hasta llegar momentos en que no es exagerado hablar de álbum atmosférico, que permite una suculenta travesía desde el pop psicodélico al rock adulto pasando por un lo-fi bastante experimental. Todo ello convenientemente unificado con el acento de Cox.


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Más allá de las primeras percepciones, el ya octavo álbum del grupo presenta y expone como trasfondo temático muchas de las mismas incertidumbres que cualquiera de nosotros estamos padeciendo en estos tiempos, y eso a pesar de la presentación promocional de la obra que la tilda de “álbum de ciencia ficción sobre el presente”. Lo cierto es que a pesar de no ser una obra fácil, es la más accesible de toda su discografía , sabiendo encontrar nueva fuente de inspiración al explorar novedosos territorios, como testimonian en Détournement, en la volátil Tarnung o en la más cercana Nocturne. Y, por supuesto, en la formidable Plains.

No hay duda: los Deerhunter siguen siendo un antídoto ideal para estos temblorosos y más bien vacíos tiempos modernos.

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