Hace más de 2.000 años Catón El Joven, una figura de primer orden, paseaba por Roma con un colega. Este le comentó si no le parecía injusto que no hubiera en toda la ciudad ni una inscripción ni un monumento en homenaje a su carrera. El colega, que sería el equivalente de esos presuntos amigos que te deslizan taimadamente que alguien ha rajado de tu novela en Twitter, no tardó en recibir la respuesta: “Prefiero que mis contemporáneos romanos se pregunten por qué no me levantan una estatua a que la posteridad se pregunte por qué me la levantaron».

Hace menos de una semana, se convocó una lectura festiva de homenaje para conmemorar once años de la muerte del escritor Francisco Casavella. Pero, en realidad, la idea era otra: colgar una placa con su nombre, su fecha de nacimiento, la de defunción, y una acertada definición: “Escriptor del barri”. Casavella era algo alérgico a la gloria de la sala de banderas, pero difícilmente no sonreiría ante esta iniciativa vecinal. 

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Así que aquí estamos, en el Espai Calàbria 66, donde se atornillará la placa, escuchando la exquisita selección musical de Barracuda y saludándonos. Es curioso cuando se convoca una reunión en la que los invitados tienen en común a quien no se va a presentar. De algún modo se actúa como si este lo viera todo entre visillos de nubes. Está, por ejemplo, Jordi Costa, que firmó el indispensable prólogo de la colección póstuma de artículos que publicó Casavella: ‘Elevación, elegancia y entusiasmo’. Hay más de un fan joven, uno con la camiseta de Fania, y también otros que se han implicado en este cotarro, como Jaime, uno de sus mejores amigos, o el dueño del bar Prize, también conocido como La iguana, el local, porque al fondo del garito vivía un sanísimo ejemplar de este reptil, quizás en homenaje a Iggy Pop. Una iguana en mi bar, podría ser el título de un himno oficioso del barrio. O de una novela.

Se suceden las canciones y nos asaltan las lecturas. La prosa de Casavella es contagiosa como una risa en una noche de cumpleaños. Lee Victoria Bermejo, en un arrebato de justicia poética (y cómica), su novela más olvidada. Lee Víctor Recort su diatriba contra Lenny Kravitz. Lee Carlos Zanón, y en su muñeca se encuentra el pulso y el nervio perdido, su “corre, Watusi”. Lee Pilar Romera su conga en ‘El secreto de las fiestas’ y todo se airea. Lee Marcos Ordóñez, la voz en off de un mundo mejor, y después de leer le dedica, con su voz de barítono, unas palabras: “Falta un árbol”, dice. “Cómo sabía Casavella detectar las puertas de la alegría”, dice. Y en los ojos de alguno, de quien esto escribe, se podría filmar un documental sobre las cataratas de Iguazú.

Está y no está

También leo yo. Barracuda me presenta como “el primo”. “Jamás me habían presentado con un insulto”, digo, por sacarle hierro a la cosa. “El primo. Eso soy. Un primo”, mi falsa modestia pasivoagresiva. Intento explicar algo. Hoy Casavella está y no está. Está, porque van a poner una placa. Está, porque los que leen iremos a tomar algo cargando los ejemplares de los libros que hemos recitado, así que estará, también, sobre las mesas de zinc de las terrazas en invierno. Y quiero leer algo sobre lo que está y no está. Sobre lo que ha desaparecido, pero sigue aquí a través de la leyenda. O de la fe. O del arte. O del estribillo. 

Abro ‘Lo que sé de los vampiros’, con el que ganó el Premio Nadal, y leo ese pasaje donde a Martín Viloalle su hermano mayor le explica que hay quien dice que los huesos de calamar de la ría son almas de marineros muertos en plena faena. La corriente los trae a la orilla para que los recordemos. Y se dice que en algún caso se vuelven querubines y al cielo que van. Martín mira los calamares fijamente a ver si eso sucede. “Lo esperaba, pero no lo creía y entonces tampoco debía de esperarlo. ¿Qué hacía, pues? ¿Lo esperaba o no lo esperaba? Si lo esperaba y creía, se sentía más a gusto, más cómodo. Si no lo esperaba, y por tanto no creía, se sentía importante, pero muy inquieto. Deseaba la realidad de ese brillo no del todo cierto”. En esas estamos. 

¿Estaba o no estaba Casavella esa tarde allí? Recurro a mi yo de 10 años. Cuando leí en la solapilla del ejemplar de ‘El triunfo’ que el autor había trabajado como chófer de una vedete del Paralelo. “¡Pero, ‘filliño’, si no tiene carné de conducir!”, me dijo mi madre. Y yo pensé: ni falta que le hace. No se necesita carné para conducir a una vedete. Solo se necesita literatura. Estaba.

 

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