Resumido en 33 palabras, el fotógrafo Richard Avedon quedó en 1957 con Marylin Monroe, pero no para retratar a la actriz, sino a Norma Jean, la mujer frágil y quebradiza que se escondía tras aquella bellísima intérprete. Lo logró. Es una fotografía luminosa y a la par triste, sin exagerar, como el magnífico libro que Esteve Vilarrúbies (Banyoles, 1974) acaba de publicar con estupendos retratos de 110 comercios de Barcelona, a su manera, la punta del iceberg de las tiendas que durante décadas, siglos en algunos casos, han hecho de esta ciudad una actriz también de fama internacional. A veces, por falta de un adjetivo mejor, las llaman emblemática, aunque cualquier día las rebautizaremos como tiendas en peligro de extinción y nadie podrá discutirlo.

‘Comerços emblemàtics de Barcelona’. Así se llama el libro. Lleva el sello de la editorial Efadós, conocida, ¡glups!, por una larga y exitosa colección de obras que recuerdan cómo eran antaño y ya no son algunos pueblos, ciudades y barrios de Catalunya. ‘Calella desaparecida’, ‘Cadaqués desaparecido’, ‘Sarrià desaparecido’… En mitad de un catálogo con este enfoque, el libro de Vilarrúbies podría parecer una funesta premonición, pero es lo contrario, es un repaso, riguroso como nunca antes hasta la fecha, sobre qué queda en Barcelona y, sobre todo, qué es realmente posible hacer para preservarlo visto que la autoridad competente, cuando se le pregunta por sus planes al respecto, lleva años haciendo algo que se define con un verbo lamentablemente poco usado en castellano y que no tiene igual, cantinflear.

Esteve Vilarrúbies, cámara en mano, en el pasillo central de Casa Beethoven, nacida en 1883, mientras Jaume Doncós toca el piano del establecimiento.

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Jordi Cotrina

A Vilarrúbies, arquitecto de profesión, la crisis del 2008, que sacudió sobremanera a su gremio, le brindó la oportunidad de explorar una afición que heredó del oficio de su abuelo, Rafael Vilarrubias, corresponsal fotográfico de ‘La Vanguardia’ en Girona durante la guerra civil. Así que con una Leica colgada del cuello inició esa búsqueda paciente del tejido comercial más singular de Barcelona, pero lo hizo en un momento en que morían, a menudo por la pandemia arrendataria de la que tanto se ha hablado, establecimientos irrepetibles. Tanto es así que una decena larga de los 110 establecimientos referenciados en el libro ya no están entre nosotros, y entre ellos hay difuntos casi irremplazables, como l a librería Millà, por citar un caso, fundada por un actor, Lluís Millà, en 1901, que durante el franquismo escondió literatura en catalán en un escondite como si de una Ana Frank se tratara y que, llegados los años 70, fue un yacimiento al que las compañías teatrales iban en busca de textos inéditos u olvidados para representar en escena.

¡Qué gran sarcasmos es que el capitalismo haya traído a las grandes ciudades una uniformidad comercial casi soviética!

Cada negocio, poco o mucho, es un personaje de esta novela llamada Barcelona. Algunos lo son por ancianos, como la farmacia Zoila Agramonte, que echó raíces en la plaza de Llana en 1710, poca broma. Otros, porque de ellos se pueden contar aventuras que ni sacadas de un guion de Rafael Azcona, como las del Bar del Pi. En 1927, Pepita y Enric, el matrimonio que fundó el negocio, se fue hasta el puerto el día de la inauguración y tiró las llaves al mar, porque decían abrían para no cerrar jamás. Caray si lo cumplieron, pues hasta 1936 el bar estaba abierto las 24 horas del día. La cuestión es que comenzaron los bombardeos aéreos y cuando fue necesario por primera vez ir a la carrera a un refugio recordaron no solo que no tenían llaves, sino que descubrieron que las persianas no bajaban.

El Rei de la Màgia vvv, tienda fundada en 1893, aunque en la fachada diga 1881, número tal vez elegido entonces por capicúa y así más misterioso. /
ESTEVE VILARRÚBIES

Vilarrúbies es autor de las fotos, que son para sacarse el sombrero (comprado, a poder ser, en la Barreteria Mil, de la calle Fontanella), pero también es responsable de una tarea que nadie había llevado a cabo hasta ahora con tanta meticulosidad y paciencia, la comprobación quisquillosa y documental de todos los datos, hasta descubrir errores importantes en las fechas de apertura que hasta ahora se daban por ciertas.

Eso, en cualquier caso, es lo de menos. Lo crucial es que tras años de funerales por Musical Emporium, por El Indio, por la juguetería Foyé o por el traslado de la magnífica tienda de aperos de pesca Casa Calicó (por cierto, se mudó porque le subían el alquiler y hace tres años que el local sigue cerrado), el libro de Vilarrúbies es una mirada por fin optimista, casi un manifiesto fotográfico solo a la espera de a ver si de una vez por todas aparece en esta ciudad un Francisco Toledo que se rebele contra tanta resignación.

Sastreria El Transwaal, nacida en 1895, pero con sede en la calle Hospital y con este nombre desde 1901.

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Esteve Vilarrúbies

La más célebre heroicidad de Francisco Toledo, ‘el brujo de Juchitán’, es poco conocida a este lado del Atlántico. En 2002, McDonalds quiso abrir una de sus franquicias justo en frente del zócalo de Oaxaca (México). A los oaxaqueños, aquella amenaza les sentó tan mal como a los barceloneses, se supone, la pérdida sentimental de la Rambla. Toledo, artista respetado en su país y fuera de él, organizó y encabezó tan morrocotuda protesta que la multinacional se fue con sus hamburguesas a otra calle.

El libro de Vilarrúbies no llega a tanto, pero cuenta con unas muy oportunas reflexiones de Lluís Permanyer, faro de los cronistas barceloneses. “En una visita a Berlín Oriental, vi muy claro que era una ciudad prácticamente muerta: la falta de tiendas la había condenado a mostrar un panorama oscuro y sin vida. La globalización y las franquicias han provocado otra perversión: las principales calles de escaparates del mundo son casi todas iguales, ya que han estado inundadas por las mismas grandes marcas de lujo”. Que gran sarcasmo que el capitalismo haya sido al final el motor de una uniformidad casi soviética.

Forn Sarret, igual hoy que en 1882, cuando horneó los primeros panes.

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Esteve Vilarrúbies

La trastienda del Forn Sarret, que conserva su horno rotatorio de piedra.

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Esteve Vilarrúbies

En una de esas reflexiones, Permanyer propone un remedio simple como una aspirina a ese goteo de defunciones de tiendas emblemáticas. No se trata de declararlas patrimonio cultural de la ciudad. Tampoco es necesario que el ayuntamiento se estire y compre las fincas para ser un arrendador equitativo. Es más fácil. “Los barceloneses tenemos que entrar en ellas y comprar, que es l actitud más eficaz para conseguir que estos amados emblemáticos puedan seguir al pie del cañón”. Solo el mecanismo de un botijo es más simple que eso.

El primero de la lista de los establecimientos recopilados en el libro, Colmado Múrria, tiene precisamente junto su puerta un cartel manuscrito en el que pide disculpas a su clientela porque estos funestos 2020 y enero de 2021 ha tenido que acortar su horario. “Somos pocos y seguimos gracias a vosotros”, dice el letrero. El dueño, Joan Múrria, secunda lo que dice Permanyer, pero opina que un poco de ayuda institucional no sería mal recibida. Sabe que la regulación de los alquileres no llegará pronto, duda de que el ayuntamiento se convierta algún día en el mayor y bondadoso casero de la ciudad, desconfía también de que la protección patrimonial sea un método realmente eficaz para frenar el cierre de tiendas emblemáticas, pero tiene una propuesta simple y aparentemente fácil. Reclama que como mínimo el mantenimiento de las carpinterías, cristaleras y mármoles centenarios que hacen de estas tiendas un lugar singular y un patrimonio común de la ciudad sea objeto de algún tipo de subvención cuando sea necesario.

Café de la öpera, nacido con este nombre en 1929, pero sobre los cimientos y la decoración de un negocio anterior, de 1857, Chocolatería El Liceo.

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Esteve Vilarrúbies

Toca, retratada ya Norma Jean, un epílogo. ¿Merece la pena tanto esfuerzo? La respuesta natural es que sí, pero se queda corta, porque podría parecer que es solo por motivos estéticos y sentimentales. En el libro, Vilarrúbies y Permanyer van más allá y recomiendan la relectura de un famoso artículo de George Steiner, ‘Los cafés son un rasgo característico de Europa’, una muy seria reflexión sobre qué hubiera sido de este viejo continente sin sus cafeterías, un techo capaz de cobijar a la par el debate intelectual y el chismorreo, la cultura y la política. Por extensión, cualquier establecimiento en que te conocen y te tratan bien tiene, según se mire, el alma de una café. En el Glaciar se concedió el premio Nadal en 1949. En el Bar del Pi se fund´´o el PSUC. En la Granja 1872, tristemente cerrada desde hace meses, era posible conversar sobre el futuro con la espalda apoyada en la muralla romana de la antigua Barcino. En Foix de Sarrià endulzaban sus reuniones no solo el poeta Josep Vicenç, sino también sus amigos Salvador Dalí y Joan Miró. En más de una ocasión, en el Bar Marsella perdió la verticalidad de su más de 1,82 Ernest Hemingway. En la Granja Viader nació el alimento de varias generaciones, el Cacaolat. En definitiva, ¿merece o no ser salvada el alma de Barcelona?

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