• Arantxa Toriza es una de las escasísimas capitanas de barco en Galicia y, aunque ha demostrado su valía en el Gran Sol, Malvinas y Canadá, su condición de mujer le sigue suponiendo un obstáculo para encontrar un trabajo estable

Las mujeres que trabajan en el sector de la pesca se cuentan con los dedos de una mano. Arantxa Toriza es una de ellas. Cuando decidió que quería dedicar su vida al mar no tuvo referentes, mucho menos femeninos, que le explicaran las posibilidades que iba a tener. Por esa razón, la joven gallega accede a participar en jornadas de visibilización o a dar esta entrevista. Pero ya está cansada. Ella lo que quiere es trabajar.

Y es que, pese a su brillante formación, Arantxa se ha encontrado durante años con numerosos obstáculos que le impiden dedicarse de una forma estable a su vocación: la pesca. Lo más frustrante de todo es que la única razón por la que la rechazan muchos armadores es algo que no puede cambiar: su condición femenina.

De padre marinero

El primer contacto con el mar lo tendría Arantxa nada más nacer, ya que vio la luz en Viveiro (Lugo) y su padre era marinero. Murió cuando ella tenía solo 7 años, por lo que quizás heredó de él los genes que hacen que algunas personas se sientan mejor en el ecosistema marino que en el terrestre pero, asegura Toriza, «creo que si él estuviera vivo, yo no me habría dedicado a esto».

La pequeña Arantxa iba de vez en cuando con su padrino, que tiene una embarcación de bajura, a pescar calamares, aunque nunca se planteó convertir aquella afición en su profesión.

Estudió en Viveiro y, al terminar el bachillerato, no tenía nada claro cuál sería su próximo puerto. Finalmente, se matriculó en el Ciclo Superior de Navegación, Pesca y Transporte Marítimo en la Escuela Náutica de Ferrol, «sin saber muy bien lo que me iba a encontrar», admite.

«No entendía nada»

Recuerda con horror los primeros días en la escuela. «No entendía nada; la mayoría de los alumnos venían ya del mar o del ciclo medio, mientras que yo había estudiado el bachillerato de letras, así que estaba muy perdida». Pero Arantxa, con la determinación que la caracteriza, logró adaptarse a ese nuevo mundo.

Tras finalizar el ciclo, y para conseguir el título profesional, los alumnos tienen que realizar durante un año lo que se conoce como ‘Días de mar‘, es decir, prácticas en un barco, como alumnos o como marineros. Y ahí es donde Arantxa se percató por primera vez de que ser mujer no iba a ponerle las cosas fáciles. «Mientras mis compañeros varones encontraban rápidamente barcos que les aceptaran, yo seguía buscando el mío sin éxito», recuerda.

Dos meses embarcada

Finalmente, Arantxa localizó un remolcador dispuesto a recibirla como alumna. «Solo pude estar embarcada durante dos meses, que es lo que duraba el convenio con la escuela. Luego, a volver a buscar», asegura.

Con la intención de romper con aquella situación desesperante, Arantxa se fue a vivir un año a Italia y aprovechó para mejorar el idioma.

Cuando regresó, y gracias a un conocido de la familia, la patrona halló un pinchero dispuesto a contratarla. El destino: el Gran Sol, un caladero situado en el Atlántico Norte famoso por sus feroces temporales. “Me parecía una locura estrenarme en el Gran Sol, pero no podía negarme”, advierte.

Miedo

Su primera campaña fue de dos meses. “Antes de salir tenía miedo a tener miedo… Era consciente de que, si no lo soportaba, no tendría posibilidades de volver”. Partieron con un temporal tremendo, pero Arantxa se dio cuenta de que aquello “era soportable” y, al poco tiempo, “todo empezó a ir de maravilla”. “Me tocó una tripulación espléndida y pude por fin comprobar que había acertado con mi decisión”, añade.

Como estos embarques era considerados parte de su formación, la joven no recibía remuneración alguna, así que Arantxa iba alternando las mareas con otros trabajos en tierra. Sus compañeros, mientras tanto, eran contratados como marineros y cobraban por el mismo trabajo que realizaba ella. Así lo fue haciendo durante tres años, hasta obtener finalmente el ansiado título profesional en 2018.

Única mujer en la escuela y la residencia náutica

Estar siempre rodeada de hombres es una realidad a la que Arantxa no otorga ninguna importancia. “Son compañeros iguales”, zanja. Y es que la viveirense ya se acostumbró a ser la única mujer en la escuela náutica y en la residencia, donde vivió durante sus años de estudio junto a 80 varones. “En este mundo hay muy pocas mujeres y las escasas que realizan estudios náuticos no se enfocan a la pesca… Es normal, con este panorama”, apunta con resignación.

Tras su etapa en el Gran Sol, Arantxa trabajó, entre otros, en la campaña de la caballa en el barco de su padrino e, incluso, probó en una embarcación de pasaje que realizaba la ruta turística del hermoso paisaje del Fuciño do Porco, en la ría de Viveiro. Pequeños trabajos con los que iba sumando días hasta conseguir los que necesita para poder ejercer su puesto en pleno derecho. Ya solo le restan dos meses. “Se me está haciendo muy largo”, admite.

En 2019, Arantxa conoció la campaña que desarrollaba la Fundación Fundamar, en Vigo, para impulsar el trabajo de las mujeres en la pesca. “Me pareció sorprendente y contacté inmediatamente con ellos”, relata. En enero de 2019 le comunicaron que tenían dos empresas interesadas en su currículo.

Destino: Malvinas

Así fue como Arantxa se embarcó en un arrastrero como segunda oficial, rumbo esta vez a Malvinas. “El cambio fue bastante grande ya que, en comparación con el Gran Sol, que es un caladero bien legislado y con pocos barcos, en Malvinas me encontré en aguas internacionales y con muchísimos barcos, lo que era bastante estresante. Pero volví a contar con buenos compañeros y aprendí mucho”, describe.

La gallega lamenta que el trabajo en el mar siga teniendo connotaciones negativas. “Muchos me dicen que cómo tanto estudiar para acabar en el mar… Y es algo que me molesta mucho. Mi trabajo es muy digno y requiere de una formación muy completa porque tenemos una gran responsabilidad a bordo y trabajamos bajo una gran presión”, destaca.

Y Canadá

Tras Malvinas, le llamaron de la misma empresa para embarcarse, en esta ocasión, hacia Canadá, donde trabajó como segunda oficial durante otros tres meses en la pesca del fletán.

La superación es una constante en esta mujer, por lo que tras regresar de Canadá no dudó en aspirar al máximo cargo en el mundo de la pesca: el de capitana. Estudió en el Instituto Marítimo Pesquero del Atlántico, en Vigo, y lo logró a la primera.

La capitana Arantxa Toriza, en 2016.

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La pandemia de covid-19, con el cierre de muchos países y los cambios que ha supuesto también en los caladeros, frustraron los planes de la flamante capitana para embarcarse en los últimos meses. Aunque en tierra, Arantxa no permanece varada. “He aprovechado para seguir formándome en informática, reparaciones de aparejos… Siempre hay algo que aprender”, opina.

El mar tira muy fuerte de esta mujer, que desea encontrar un trabajo estable y recuperar sus rutinas. Rutinas donde se faena por turnos de 6 u 8 horas. “Cuando llevas tiempo embarcado te duelen las rodillas, los largos temporales y el frío cortante te ponen de mal humor y deseas que deje de moverse todo. Pero, aún así, a mí me gusta este trabajo y considero que soy buena en él”, reflexiona.

Chatear y Netflix

Aunque cada vez hay mejores condiciones a bordo, Arantxa advierte que aún queda mucho por hacer. “En los barcos grandes tenemos internet y, cuando descansas, te da la vida poder chatear o ver algo en Netflix”, apunta.

Tampoco le asusta la soledad, cuando ya no se avista la tierra y las gaviotas componen su banda sonora. “Charlas un poco con el resto de la tripulación, pero muchos son indonesios, por lo que la barrera del idioma es grande”.

La capitana se topó con muchos ejemplos de machismo en la escuela náutica, pero asegura que a bordo prima la igualdad. “No percibo diferencias sustanciales en un barco con presencia femenina, aunque quizás hay mayor prudencia y una predisposición a mantener el barco limpio y ordenado”, considera.

Arantxa tiene muy claro que la maternidad no entra en sus planes. “Este oficio es muy complicado para las madres, que necesitan que alguien se haga cargo de sus hijos cuando están embarcadas… Y a mí eso no me gustaría”, justifica.

Mientras, se carga de paciencia esperando volver al mar, su verdadero y querido hogar.

La capitana Arantxa Toriza, en 2020.

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Las pioneras: Molly Carney, la primera capitana de barco americana

Molly Carney fue la primera mujer norteamericana en recibir la licencia de capitana de barco. Corrían los años 30, y el movimiento feminista se encontraba en pleno apogeo en Canadá, su país natal.

Su primer viaje fue entre Alma (New Brunswick) y Boston, un trayecto que repetiría regularmente durante los cinco años siguientes a bordo del barco de su padre. Cuando consiguió ese hito histórico tenía solo 23 años.

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Molly aprendió a amar el mar y la navegación gracias a su padre, un capitán de barco holandés. Su caso provocó que se cambiara la redacción de la ley que regulaba el acceso al título de capitán de barco de Canadá, incorporando desde ese momento los artículos “él/ella” en referencia a que las mujeres podían también desempeñar el cargo.

Su carrera hacia la capitanía no fue fácil. Muchos hombres desconfiaban de la capacidad de una mujer para dirigir un barco. Sin embargo, Molly se fue ganando el respeto de sus compañeros y demostró su valentía y determinación en las bravas aguas de la Bahía de Fundy.

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