Mientras escribo esta columna, el coronavirus ya campa sus respetos por España como un turista más. Pero lo que en otros países ha desatado la paranoia y vaciado supermercados, en nuestra nación se ha convertido, cómo no, en abono para el cachondeo.  Dicen que vivimos es un país de pandereta. Error. En España se inventó la maldita pandereta. Solo aquí se puede hacer una comparsa de carnaval del Holocausto, con militares nazis bailando música disco, judíos enfundados en uniformes de rayas y hornos crematorios de cartón piedra, sin que a nadie se le ocurra cuestionar el dudoso gusto de la iniciativa. 

Si seis millones de muertos no nos impiden lanzarnos al choteo, cómo no vamos a pitorrearnos de una simple pandemia. No lo digo porque Ana Rosa Quintana se tomara la temperatura en directo en su programa, sino porque hace unas semanas el restaurante pamplonica Baserriberri saltó a la fama por incluir un nuevo ‘pintxo’ en su carta: el croquetavirus. No he ingerido hongos psicoativos. No te pellizques. Ha pasado.  

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El ‘croquetavirus’ es una croqueta con un emplatado rompedor: la sirven en una mascarilla. Te pones la mascarilla con la croqueta en la zona de la boca y engulles el alimento con el mamotreto en el semblante. ¿Sus ingredientes? Picadillo de pulmón de cerdo, leñe, que estamos hablando de una enfermedad respiratoria. 

Pues 500 unidades vendidas en dos horas. Así es como le damos la bienvenida los españoles a una enfermedad global, mientras esperamos que un meteorito haga el trabajo que no hará el coronavirus. Bien mirado, suerte que esta pandemia no provoca infecciones de orina: no creo que a la gente le gustara comerse las croquetas con un orinal en la cabeza.

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