• Naturaleza y gastronomía maridan a la perfección en Cantabria, una tierruca ‘infinita’ que ha sabido combinar la tradición y el producto de cercanía con técnicas vanguardistas que hacen las delicias de todos los paladares

Naturaleza y gastronomía maridan a la perfección en Cantabria, una tierruca ‘infinita’ a la que el visitante se acerca dispuesto a disfrutar de sus playas y montañas o a caminar por el señorial y coqueto Paseo de Pereda de Santander. Eso sí, sin perder nunca la ocasión de degustar una cocina que ha sabido combinar la tradición y el producto de cercanía con técnicas vanguardistas que hacen las delicias de todos los paladares.

Aquí proponemos cuatro paradas para pasar un día de lo más gastronómico en Cantabria.

Una tortilla de patata con mucho arte

Enfrente del Paseo de Pereda de la capital montañesa, tapando la bahía de la ciudad y las playas del Puntal y Somo, el imponente Centro de arte Botín de Renzo Piano es parada obligada para tomar en su cafetería el primer bocado de la mañana con vistas a los Jardines de Pereda y al mar: un pincho de la aclamada tortilla del Grupo El Riojano, con la patata monalisa de Cantabria bien dorada, el huevo cocinado, cebolla de Liébana, un punto de sal y aceite de arbequina suave para no ocultar los ingredientes principales.

Para la hora del aperitivo, nada mejor que dejarse ver en la vermutería Solórzano, en la calle Peña Herbosa de la capital cántabra. “Es el lugar de referencia para los santanderinos desde 1941, cuando el local abrió sus puertas”, presume Ángel Muñoz, encargado del establecimiento de cuya cocina salen raciones de gildas con anchoas de Santoña, rabas crujientes, los bígaros del norte, y mejillones en salsa con un punto picante para acompañar los tragos. Una curiosidad: la barra de mármol se ha ido horadando con el paso de los años “por el incesante trasiego de vasos” que han servido a su fiel clientela.

Sabor y respeto al medio ambiente

A media hora de Santander, en la comarca de Trasmiera, el chef Javier Marañón y su hermano Marcos han hecho realidad su sueño de abrir un hotel gastronómico totalmente sostenible en perfecta comunión con el medio ambiente. En Torre de Galizano, Javier, formado en las cocinas de Martín Berasategui, Eneko Atxa e Hilario Arbelaitz, borda una jugosa lubina de hasta tres kilos a la sal con salicornia y una reducción de pimientos de Isla asados a la leña. “Es el jamón del mar”, asegura el chef antes de ofrecer una copa de vino de autor- el blanco La Torre by Marañón-, joven afrutado y seleccionado por ellos mismos por medio de la adquisición anual de un pequeño viñedo para su producción personalizada.

Marañón propone, además de su carta, dos menús más personales y vanguardistas: el Degustación (48 euros, snacks y mantequilla, dos entrantes, carne, pescado y postre con un maridaje por 19 euros) y el Gastronómico (68 euros, snacks y mantequilla, cuatro entrantes, carne, pescado, prepostre y postre con un maridaje de 25 euros). Impresionantes también el arroz meloso de rabo, anguila ahumada y alioli de citronela; las ostras con granizado de pomelo; el carabinero con pato asado y sopa castellana, o las alcachofas confitadas con vieiras y setas.

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Homenaje a las anchoas y a la croqueta

La firma del prestigioso estudio de arquitectura Zooco es reconocible al llegar a Pan de Cuco, en Suesa, un restaurante con tres ambientes del empresario y presidente del Grupo El Riojano, Carlos Crespo. Muy cerca de las playas de Somo y Langre, Pan de Cuco cuenta con dos terrazas y ofrece una cocina de productos frescos y base tradicional, aunque con el toque personal de su autor, el chef Álex Ortiz, quien ha diseñado una carta sencilla, con un precio medio de 30 euros y muy enfocada a poder compartir y probar varias recetas.

Para picar antes de irse a la cama, el cocinero rinde homenaje a su tierra con un apartado dedicado a la anchoa, que les provee conservera Catalina -premio a la mejor anchoa de Santoña 2014-2015- y que ofrece en diferentes versiones: al desnudo, en gilda, en matrimonio, en vinagre, con escalivada o en una tosta con mantequilla pasiega y humo de roble.

Imperdonable perderse las ostras francesas de la casa Gillardeau -al natural, a la japonesa y acevichadas- o las croquetas de jamón ibérico, las bravas, la ensalada César estilo Robin Food, la falsa lasaña de txangurro o la alcachofa confitada.

Todo un festín gastronómico para saborear Cantabria en un día.

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