El viernes, a las diez de la noche, 473 personas estaban conectadas al canal de YouTube del Cuarentena Fest. Rebe estaba a punto de iniciar el cuarto y último concierto de la jornada. La jovencísima cantante madrileña apareció flotando sobre un croma de mariposas de colores. Se supone que era su habitación, pero más bien parecía el ingrávido jardín de algún planeta remoto. Probó el micrófono y Natalia, una usuaria del chat, le advirtió: «No se oye, tía». El mensaje apareció a la derecha de la pantalla y lo pudieron leer los otros 472 espectadores desde sus ordenadores. De hecho, todos intentaban advertirla de lo mismo.

Rebe estaba en casa, pero estaba nerviosa. Aquello no era un ensayo ni un karaoke a solas. Era lo más parecido a un concierto que podemos vivir estos días. Y aun así, todo era muy distinto. La tonadillera sideral de habitación tenía ante sí más público del que haya agrupado jamás en un concierto real. A la primera de cambio deshojó ‘Un ramito de violetas’, esa onírica versión de Cecilia que la dio a conocer. Siguió con coplillas propias como ‘CeloOoOos’ y con una cumbia del mexicano Grupo Cañaveral, pero todo sonaba tan suyo, tan íntimo y a la vez tan cósmico, que costaba creer que siguiésemos en el planeta Tierra. «Algunos sonidos me perturban», tecleó un espectador. «Esta canción me rompe el cora muchísimo», añadió otra. A la media hora, algo falló y se perdió la conexión. En tres minutos, solo quedaban cien de los 474 espectadores. La huida en busca de otros estímulos fue idéntica a la de cualquier macrofestival.

Dani ha tenido una idea

‘Flashback’ al miércoles 11 de marzo. Dani Cantó, fotógrafo de conciertos y microempresario discográfico, publicó este mensaje en Twitter: «Tiembla la península. Dani ha tenido una idea y está petando los DMs de gente a base de notitas. Ojalá pase». Aún no se había decretado el confinamiento, pero la cancelación de conciertos en grandes recintos y de algún macrofestival, así como la reducción de aforos en pequeñas salas, pintaba mal. Se le había ocurrido montar un festival virtual donde algunos grupos que, por ejemplo, tal vez ya no podrían actuar en bares como el Heliogàbal, pudiesen darse a conocer vía ordenador.

Con ayuda de otros activistas del ‘indie’ estatal, movilizados (y perdón por la expresión) desde Madrid, Barcelona, Murcia y El Puerto de Santa María, la idea cuajó a la velocidad del rayo. Cuando el sábado 14 se decretó el confinamiento en todo el país, el Cuarentena Fest ya tenía 30 artistas distribuidos en diez jornadas. Cuando el domingo algunos famosos se animaban a ofrecer conciertos caseros a título individual y ya empezaban a surgir iniciativas colectivas, el Cuarentena había cerrado su cartel con 51 actuaciones tras descartar un centenar de propuestas más. Cuando el Cuarentena abrió puertas el lunes, la plaga de festivales virtuales ya era imparable, pero al suyo se conectaron dos mil personas. Querían oír a cantantes que jamás han actuado ante más de 150.

En casa, como siempre

En una época en la que la socialización a través de las pantallas está a la orden del día, en la que la música se produce principalmente desde habitaciones y en la que la precariedad laboral obliga a muchos jóvenes a pasar el viernes noche en casa, plantarse ante el ordenador para ver un concierto ya no es tan insólito. Por contra, actuar desde casa no es tan fácil como parece. La asturiana Adriana Proenza, encargada de inaugurar el festival, no encontraba una postura cómoda para entonar mirando a la webcam. «¡He visto que había [conectadas] trescientas y pico personas. Madre mía qué nervios», suspiró antes de empezar con una versión de Ed Sheeran. Cinco días después, ya la habían visto 6.700.

El concierto de Confeti de Odio ya lo han visto más de nueve mil. Su cantante pidió clemencia por versos como «en Twitter soy Paulo Coelho, en Facebook soy de Podemos, en Instagram soy Justin Bieber, pero mis likes son invisibles» y se llevó algún calificativo despectivo tipo ‘emo-Bisbal’. A Marcelo Criminal le falló todo lo que podía fallar. Todo excepto lo que ya nadie le podrá quitar: canciones como ‘El descontento o los límites de la ruptura (democracia)’. Esa que acaba diciendo: «No va a haber más elecciones nunca más, nunca más, nunca, nunca, nunca más». «Paco Ibañez», tecleó un espectador. «Me estoy poniendo supernervioso. Sois unos desgraciados», confesó el joven murciano.

A lo largo de la semana se han visto actuaciones de todo tipo. El trío argentino Srta. Trueno Negro, atrapado en una gira española que se canceló por razones obvias, interpretando una canción de La Casa Azul. A la valenciana Valdivia abriendo la ventana para retransmitir los aplausos de las ocho de la tarde desde su vecindario. A la barcelonesa Cabiria escuchando el corazón de sus sintetizadores. A la madrileña Casero firmando un concierto revelación en un escenario decorado con plantas, cáctus y botellas de sifón. Al dúo punk-pop Marcos y Molduras cantando allí donde nació: en el sofá. A los adolescentes Kids From Mars sudando en el local de ensayo. Al griego Euripidis bailando por el comedor como si el mundo no estuviese paralizado. Al cantante de r&b de videojuego Megansito El Guapo flanqueado por ocho bailarinas virtuales.

Estos días el Cuarentena Fest ha visibilizado una generación de músicos condenada a la precariedad. Un puñado de jóvenes que se ha conocido y unido en estas extrañas circunstancias, que ha intercambiado tutoriales para poder ofrecer sus directos, que ha reflexionado sobre lo que significa abogar por plataformas como Youtube que ofrecen una retribución mísera a los músicos y que ha comprobado cuánto está dispuesto a pagar la gente por la música. Por ahora el festival ha recaudado 1.700 euros. Habrá conciertos hasta el viernes 27.

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