Un día de enero del año 1974, un ministro británico pidió por televisión a los ciudadanos que se cepillasen los dientes con la luz apagada. En todo el país, el límite de velocidad era de cincuenta millas por hora. La televisión dejaba de emitir a las diez y media de la noche. La gente solo trabajaba tres días por semana. La llamada crisis del petróleo, provocada por el embargo de la OPEP, obligó al Gobierno a tomar medidas extraordinarias para ahorrar energía. La inflación era tan elevada que la Unión Nacional de Mineros rechazó un aumento de sueldos del 13%. El paro era devastador. El Gobierno británico devaluó varias veces la libra y, en 1976, tuvo que pedir ayuda al Fondo Monetario Internacional.

Este era el panorama cuando el Reino Unido ingresó en el Mercado Común. Eran días difíciles, no sólo para los británicos. Desde entonces, han pasado más de cuarenta años. El país se ha trans­formado hasta tal punto que hoy el recuerdo de aquellas tribu­laciones se pierde en el mismo pozo que el recuerdo de la pena de azotes que los jueces podían imponer legalmente hasta 1967 o que la criminalización de los actos ­homosexuales entre adultos, vigente hasta el mismo año. Son cosas que, afortunadamente, pertenecen a un mundo que ya no tiene nada que ver con nosotros. No es que nos cueste recordarlas: nos cuesta creerlas.

La transformación del Reino Unido desde entonces debe mucho –no todo, claro– a la incorporación a la Unión Europea y a la densa red de relaciones, de proyectos comunes, de convenios y de interdependencias que se han creado durante estos años dentro de la Unión o gracias a ella. Y ahora la dificultad del Brexit radica en ponerse de acuerdo sobre qué partes de esta red hay que desmontar y cuáles no, una tarea titánica que se puede complicar hasta el infinito por los intereses en juego, casi siempre contrapuestos con otros países miembros y a menudo también dentro del Reino Unido.

En estos momentos, en el Parlamento británico hay mayoría para muchas cosas. Hay una mayoría clara contra el acuerdo de salida negociado por el Gobierno de Theresa May con Bruselas, como vimos hace un par de semanas. También hay una mayoría de diputados a favor de que May continúe como primera ministra, al menos de momento. Cabe presumir que hay mayoría contra la salida de la Unión sin acuerdo, por las bravas, contra un nuevo referéndum y contra la idea de olvidarse del Brexit y continuar dentro de la Unión como si nada hubiera ocurrido.


(Reuters)

Lo que no hay, de momento, es una mayoría a favor de ninguna fórmula que haga posible el Brexit. Las votaciones de las últimas semanas han devuelto el asunto a la casilla de salida. Theresa May –o alguien en su lugar, si ella no es capaz de hacerlo– debe construir una mayoría viable. ¿Cómo? Básicamente, hay dos caminos. Intentar ganar votos proponiendo un Brexit más duro o buscar el apoyo de los que quieren un Brexit más suave que el pactado con Bruselas.

El camino más complicado es el que conduce a un Brexit más duro. Si hace concesiones en este sentido, Theresa May perderá enseguida una parte del apoyo que tiene. La mitad del Gabinete dimitirá. Optar por esta vía puede conducir a una salida sin acuerdo, cosa que se producirá de forma automática el 29 de marzo si May o el Parlamento británico no lo evitan y que podría hacer mucho daño a toda Europa, pero que para el Reino Unido sería poco menos que un suicidio.

Es más lógico que Theresa May intente buscar apoyo por el otro lado y proponga mantener al Reino Unido dentro del Mercado Único, al estilo de Noruega. El primer paso tendría que ser pedir un aplazamiento de la fecha de salida. El inconveniente de esta opción es que es necesario que el Reino Unido acepte las normas que Bruselas adopte sin participar en su elaboración. Además, el Reino Unido tendría que contribuir al presupuesto comunitario y aceptar el libre movimiento de personas y la jurisdicción del Tribunal Europeo de Justicia. Los partidarios del Brexit duro han estigmatizado esta opción diciendo que convertiría el Reino Unido en un Estado vasallo de la Unión Europea, una etiqueta que resulta letal.

Veremos qué ocurre en la votación de mañana. Es una votación clave, una más. Pero salga lo que salga, el tira y afloja continuará: entre las distintas corrientes del Partido Conservador, entre los conservadores y los laboristas, entre Londres y Bruselas. Habrá desafíos, discordias, zancadillas, confabulaciones, portazos, compromisos, periodos transitorios. Aun en el caso muy improbable de que el Reino Unido abandone la Unión sin acuerdo el 29 de marzo, las negociaciones tendrán que continuar. La red de intereses compartidos entre el Reino Unido y la Unión Europea no se desmontará en una tarde, ni en un año. Tendremos Brexit y más Brexit, hasta hartarnos, con muchos momentos caóticos, como ahora.

Sin embargo, pese a la falta de liderazgo que están demostrando los dirigentes ­actuales, yo todavía confío en la democracia británica. Es un sistema muy sabio. Tal vez habrá elecciones generales anticipadas. O tal vez caerá el Gobierno de May. O se romperá el partido conservador. Puede ­haber un nuevo referéndum. Pueden pasar todas estas cosas sucesivamente, en órdenes ­diversos. Pero yo todavía confío en que los políticos británicos encontrarán un camino para abandonar dignamente el callejón sin salida en el que se han metido, aunque sea un camino tortuoso y empinado. Que lo ­será.

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