Os voy a llevar a un lugar en Barcelona en cuyo letrero pone «comidas caseras» y lo son de verdad. No es una de esas neotascas de cadenas de establecimientos que dicen eso y luego resulta que son como esas galletas que se llaman Digestive para aclarar, en letra pequeña, que no son digestivas. Sí, seguidme, era por aquí.

Un momento, la persiana está bajada. Hay un papel enganchado con celo en el letrero. Es un DIN A4 que tapa desde la R hasta la A de este cartel: “Bar Restaurante Romesco / Comidas caseras”. ¿Y qué pone en ese folio? “Nos despedimos… La familia Romesco cierra sus puertas definitivamente”.

Parroquianos y jóvenes con resaca

Así que es hora de reformular el arranque. Os voy a llevar, a través de este texto, a un lugar de Barcelona en cuyo letrero ponía «comidas caseras» y lo eran de verdad. A uno de los restaurantes con más encanto del Raval. Se llegaba atravesando los callejones aportalados del Mercat de la Boqueria, de los que emanaba una orgía de olores, ruidos y colores (salazón de pescado, carne fresca, asma de aspersores y ruedecitas de carrito salvando baches), para encontrar al fin el mítico restaurante. Allí iban los parroquianos habituales del barrio, los jóvenes con resaca, los guiris atraídos por el olor y la fauna. En las paredes, cuadros de la Sagrada Familia y de hórreos gallegos a diferentes alturas. De la flota de camareros, entrañable, destacaba el cocinero. Mis amigos y yo lo llamábamos, con todo el respeto, Magoo, y tenía gran habilidad despachando bonito y frijoles y también un chiste favorito. Cuando entraban los guiris, le gustaba señalar con el cucharón de madera la olla de arroz blanco que estaba removiendo y preguntarles: “¡A ver si adivináis cuántos hay! ¡Yo lo sé!”. Y los clientes, divertidos, especulaban a bulto (1.870, 666, 2.899, 185.000), para que él, siempre, contestara: “¡Frío! ¡Hoy no coméis!”.

La newsletter de On Barcelona

Dicen que si activas esta newsletter delante de un espejo a medianoche, se te aparece Pocholo y te lleva de fiesta. Ana Sánchez te descubre cada semana los planes más originales de Barcelona.

Suscríbete

Era esa, incluida en mi novela ‘Rayos’, una de las escenas que se repetían en el Romesco, restaurante popular mítico en el Raval, uno de esos pocos casos donde el estucado de la pared, las fotos enmarcadas, lo pertinaz de sus recetas y el carácter y el encanto de sus camareros acumulaban memoria del barrio, “del sabor de barrio, tesoro antiguo”. Allí, de hecho, se dice que el Gato Pérez escribió ‘Gitanitos y morenos’ en el mantel de papel. Por allí, también, suelen pasearse personajes en los libros de Marcos Ordóñez.

A mí me da mucha pena que Barcelona pierda estos sitios con sabor porque tengo claro que de seguir así lo perderá todo, incluido a mí. Yo especulaba con que quizás ponían allí, en esa cueva llena de anécdotas, una de esas cafeterías clonadas de mierda y bollería congelada, aunque Mockudramas, por ejemplo, temía y apostaba por otro tipo de negocio: una tiendecita de carcasas de móviles. El mundo, está claro, necesita más carcasas de móvil y más cafés aguados en vaso de cartón. Todo, como cantaban Astrud, “da tanta rabia, que parece nostalgia”.

Te puede interesar

En el papel con el que los cuatro magníficos del Romesco se despiden justo encima de la persiana bajada, se puede leer: “nos duele tanto colgar los delantales y deciros adiós” y “sentimos no poder despedirnos como deberíamos”. Entonces, y aquí la última lección, más allá del bonito a la plancha y los frijoles, emplaza a sus queridos clientes a escribirles para despedirse: [email protected] . Mi despedida es este texto. Pero ojalá reciban, al menos, tantas cartas como granos de arroz sirvieron y risas acogieron.

All copyrights for this article are reserved to Portada

Quantcast