Escuchar a la Vicepresidenta Calviño decir el pasado lunes en su intervención en el Cercle de Economía que “es el momento de ayudar a la solvencia de las empresas” me reconfortó. Somos muchos los que venimos diciendo desde hace tiempo, que la duración de la pandemia y los retrasos anunciados con las vacunas nos situaban en un escenario más allá de los problemas iniciales de liquidez para devenir en cuestión de solvencia de empresas que, sin Covid, serían perfectamente viables. Corremos el riesgo de que la pandemia no solo afecte de forma negativa al flujo de renta, sino al stock de capital, incluyendo el humano.

Estoy conforme con su empeño en consultar con Bruselas para hacerlo de tal manera que no sean consideradas ayudas de estado. También entiendo que pretenda que la banca aporte su granito de arena, aunque no estén sus resultados para muchos trotes. Incluso acepto su empeño por incluir a las CC.AA. en sus nuevas medidas de ayudas directas. Algunas, como la Comunitat Valenciana le llevan varias cabezas de ventaja en esto. Pero, todo junto, me preocupa que los tiempos del buen burócrata concienzudo no coincidan con las urgencias del momento y que el remedio llegue cuando ya una buena parte del tejido económico haya echado la persiana. A la parálisis, por el exceso de análisis. Y, por decirlo todo, también me preocupa esos instrumentos de medición de solvencia empresarial que depositan en manos gubernamentales el poder de decisión sobre si una empresa concreta es o no viable al margen de la pandemia y si merece, o no, la ayuda.

 El momento económico es muy preocupante como consecuencia de la tercera ola de la pandemia, de las dificultades del proceso de vacunación y de las torpezas del “salvar la Navidad”. Bajo un resultado aparente positivo mejor de lo anticipado, el cierre económico del año pasado encierra muchos signos de preocupación. El primero que, sin el excepcional incremento del consumo público hasta tasas desconocidas, el resultado agregado hubiera sido negativo. El consumo de las familias fue discretamente positivo en términos intertrimestrales, pero tanto la inversión, como las exportaciones, sufrieron caídas respecto al trimestre anterior con un efecto arrastre sobre el primer trimestre de este año que, difícilmente será positivo, situando las perspectivas del crecimiento del PIB para este año en el entorno del 5%, si el segundo semestre repunta por la vacunación y tras un verano sin el regreso de los turistas.

Es cierto que estamos ante una pandemia mundial que actúa como un shock externo sobre la economía al limitar la movilidad y el consumo por razones sanitarias. La crisis golpeó a España más que a otros países (nuestro PIB cayó casi el doble que la media de la eurozona), se centró inicialmente sobre los sectores más afectados por las restricciones a la movilidad, turismo, hostelería, comercio y ocio, pero extiende sus efectos ya a la construcción, con una caída interanual del 18,2% al cierre de 2020 y a la misma industria que cayó un 0,1%. Junto a eso, lo midamos como lo ha hecho el BCE o como lo hace el Gobierno, parece evidente que aquí se ha apoyado mucho menos que en otros países a empresas y familias con medidas compensatorias de renta.El impacto social de la crisis del Covid también ha sido mayor en España. La renta de los hogares ha caído mucho más que en la media de la eurozona por tres razones: los salarios se han rebajado más, el peso de la economía irregular es mayor y, sobre todo, la destrucción de empleo ha sido muy superior entre nosotros, respecto al resto de Europa. Así, la tendencia a perder convergencia real con la eurozona, que se viene manifestando desde la crisis financiera de 2008, se agravará, sin duda, tras la pandemia. Las medidas sociales, pues, deben formar parte principal de la hoja de ruta de la acción del gobierno.

No estamos, pues, en un escenario donde se pueda plantear, siquiera como hipótesis, una retirada de estímulos sino, más bien, su prolongación en el tiempo y, sobre todo, su ampliación a nuevas figuras de apoyo directo a las empresas y autónomos, para evitar su excesivo endeudamiento e, incluso, su quiebra por falta de ingresos derivada de las medidas sanitarias. Hay que gastar, recomiendan los expertos. Si no es ahora que el BCE está expandiendo la masa monetaria como nunca antes en la historia, ahora que los tipos de interés son cero o negativos, ahora que el BCE acumula en sus balances una parte importante de la deuda pública de los países, ahora que es cuando hace falta como cuestión de supervivencia, ¿cuándo?

La crisis no está siendo en V, como se pensó al principio, ni siquiera asimétrica y no podemos seguir confiando en el ciclo para recuperarnos, en que el final de la pandemia permita trasladar al consumo una parte elevada del sobre ahorro a que se han visto forzadas las familias (menos las de rentas más bajas y aquellas que dependían más de la economía sumergida) durante el confinamiento y lo que dure el periodo especial de medidas restrictivas.

Una estrategia sensata de recuperación económica puede visualizarse como un triángulo virtuoso cuyos tres vértices serían: sostener a las empresas, extendiendo las medidas ya en marcha (ERTES, avales etc.) hasta que sea necesario y añadiendo las nuevas ayudas directas en estudio ya muy avanzado, según se filtra desde el Ministerio de Economía. Reactivar a los sectores, incluyendo un paquete de estímulos, fiscales y otros, para que los sectores más perjudicados y con mayor capacidad de creación de empleo puedan recuperar cuanto antes los niveles previos a la pandemia. Hablo del turismo, pero también de la cultura, hostelería y comercio, sin olvidar la construcción tanto de obra civil, como de vivienda, incluyendo ayudas a la compra de vivienda nueva para jóvenes, adicionales a las ya existentes para alquiler y rehabilitación.

El tercer vértice del triángulo lo debe formar la reestructuración de la economía, en clave verde y digital, aprovechando los fondos europeos Next Generation, cuyos primeros desembolsos deberíamos empezar a ver, como anticipos, antes de finalizar este año, para ser una fuente constante de financiación de proyectos transformadores a partir del año 2022. Se trata de una gran oportunidad para incrementar el valor añadido de nuestros productos y servicios que no debemos poner en riesgo por peleas partidistas o rigideces burocráticas, sin menoscabo de las garantías y controles necesarios que, en último término, ejercerá también Bruselas.

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Y en el centro del triángulo, las personas, su salud, su nivel de vida y sus oportunidades de alcanzar un futuro digno.

Sostener empresas, reactivar sectores y reestructurar la economía son los tres ejes de la política económica para las personas que necesita España hoy. Sin olvidar, como condición absolutamente imprescindible, ir reduciendo a la pandemia conforme vaya avanzando el proceso de vacunación. En este sentido, si la vacunación es la mejor política económica que podemos aplicar, no es la única. 

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