La primera partida geoestratégica tras la pandemia se está jugando en Ucrania. En general, los expertos entienden mejor los acontecimientos que el común de los mortales. Pero en algunas ocasiones sufren lo que podríamos denominar una suerte de síndrome de Estocolmo intelectual. Estos días pasa entre expertos en diplomacia y relaciones internacionales y los ciudadanos que simplemente aplicamos el sentido común. La brutal invasión de Vladimir Putin de Ucrania merecería una respuesta algo más contundente de la que hemos visto, y no hablo de empezar a tirar bombas, sino de una respuesta más empática hacia un país que la única cosa que ha hecho ha sido reivindicar su europeidad para huir de la órbita de un régimen basado en el terror, la desinformación y la violación sistemática de los derechos humanos. 

Las ‘razones’ de una tímida respuesta 

Cuando alguien expresa sus dudas sobre que el bombardeo de la población civil en Ucrania no merezca siquiera que se bloquee el uso del código “swift” con los bancos rusos, los expertos aluden a dos motivos principales: Ucrania históricamente ha estado en la zona de influencia rusa y, tanto en los acuerdos de Yalta como en la caída de la URSS, se aceptó que eso debía seguir siendo así. Por otro lado, la OTAN solo contempla responder militarmente al ataque contra un Estado miembro y Ucrania no lo es. Argumentos sólidos que chocan triplemente contra el sentido común de los no expertos: ¿la historia condena eternamente a los Estados a vivir bajo regímenes totalitarios? ¿Era Bosnia un Estado miembro cuando Solana ordenó bombardear Serbia? ¿No están siendo atacados los ucranianos por querer ser un Estado miembro?

¿Cuándo aceptamos a Rusia como socio?

La timidez de la respuesta occidental ante la agresividad de Putin se basa en el derecho internacional pero no se explica desde ese punto de vista. El economista Joseph Stiglitz advirtió hace un par de décadas del error que supuso tras la caída de la URSS, admitir a Rusia como socio comercial a nivel global, y muy especialmente europeo, sin preguntar por su régimen político y de protección de los derechos humanos. Como en el caso de China, la avaricia de ganar un gran mercado hizo que Occidente aceptara hacer negocios en pie de igualdad con estados donde no se respetan los derechos sociales ni económicos pero tampoco los humanos. Y esos estados montan ahora una guerra cuando les apetece porque no podemos vivir si su gas ni cerrarles la puertas de nuestros bancos que quedarían en quiebra si lo hiciéramos. Si la comunidad internacional hubiera hecho lo mismo, por ejemplo, con España, aún seguiríamos bajo una dictadura. El libre comercio no se puede disociar del acervo democrático. Esa es la lección. 

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La debilidad estratégica de la UE 

Los padres de la UE (Adenauer, Schuman. De Gasperi) optaron por la vía pragmática: avanzar siempre en lo que es más fácil llegar a un acuerdo. Primero el carbón, luego el acero, después el mercado interior, la moneda única solo para los que la quieran, Schengen para los que estén cómodos,… Seguramente. es la única vía posible para convertir un continente que ha protagonizado las guerras más brutales de la historia en una federación de Estados. Pero uno de los puntos débiles de esa manera de hacer Europa es la irrelevancia en política internacional. Durante años, en Washington ridiculizaron a la UE diciendo que no sabían a qué teléfono tenían que llamar. Ahora pueden llamar a Josep Borrell, pero el drama es que no sabe si contestar pensando en el gas de Alemania o en las centrales nucleares de Francia. En el mundo bipolar posterior a la Segunda Guerra Mundial, la UE podía ser un mercado libre protegido por el paraguas militar y geoestratégico de la OTAN. En el mundo mutipolar de la globalización, la UE debe decidir cuál es su opción geoestratégica e incorporarla a su acervo legal. De la misma manera que están dispuestos a sancionar a Polonia por desligar los fondos de los derechos humanos, deberían poder reprender a Macron por el ridículo de hace siete días reunido con Putin. 

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