La actual alcaldesa de Barcelona llegó a su cargo como defensora de indigentes y Juana de Arco de los desahucios. No es el mejor bagaje para un desempeño que necesita discreción, criterio, sobriedad, conocimiento, categoría, capacidad de negociación y de representación. Se la ve más feliz aumentando su ampulosa autoestima al lado de Bernie Sanders que dando la cara para solucionar una huelga salvaje de taxis que afecta ­demasiado a todos los barceloneses. De hecho, desde que los taxistas ocuparon el espacio público, que es lo que debe gestionar ella, ha estado cuidadosamente desaparecida.

Hay que entender que el servicio público de transporte es el factor vertebrador más importante de la ciudad moderna: por eso se oye hablar tanto de los trenes de Rodalies, por ejemplo. La ciudad moderna ya no es un territorio transitable a pie, como la Florencia de los Medici o la Barcelona del Magnànim, sino de gran tamaño desde el momento en que la industria cambia la economía mercantil en sociedad fabril.

Sin el transporte rodado de tranvías, metros, autobuses, bicicletas y taxis la ciudad industrial y postindustrial es un cuerpo inerte, sin vida, que son los movimientos de personas, bienes y servicios que ocurren y discurren por su interior. De ahí que una huelga de taxis sea como un paréntesis, un ictus, la muerte por asfixia del pálpito urbano. El ámbito en que este ataque se debe afrontar es el área metropolitana, que no es una realidad por decreto, sino el resultado de la evolución de la estructura urbana. Y la jefa del Àrea Metropolitana de Barcelona es la alcaldesa de su municipio central y por ello es quien debe resolver esta huelga.

Cuando a las ciudades se les derriban las murallas se esparcen por el territorio en mancha de aceite y lo que surge –que se parece muy poco a la ciudad amurallada– se denomina área metropolitana. Pero no todo el territorio es área metropolitana, pues ­para formar parte de ella se deben cumplir diversos criterios.


(Àlex Garcia)

La densidad de actividades urbanas dentro de las murallas y las precarias condiciones de vida por culpa de la congestión crearon una fuerte presión social para exigir la demolición de las murallas. En 1859 la ciudad amurallada contenía 150.000 habitantes, lo que suponía una densidad de 850 habitantes por hectáreas, una de las mayores de Europa, y parecida a El Cairo. El doctor Monlau, autor de Elementos de higiene pública, publicó ¡Abajo las murallas! Memoria sobre las ventajas que reportaría a Barcelona y especialmente a su industria, de la demolición de las murallas que circundaban la ciudad, en 1841. Incluso Jaime Balmes escribió una serie de artículos en la revista La Sociedad sobre la inadmisibilidad de que Barcelona continuase como ciudad fortificada y la insuficiencia de una demolición parcial.

En 1854 el capitán general, que, desde el decreto de Nueva Planta de 1714, era quien decidía sobre el urbanismo barcelonés, dio permiso al Ayuntamiento para decretar el derribo de las murallas.

Entonces aparece el plan Cerdà para el Eixample de Barcelona en 1859. El Ayuntamiento favorecía otro plan, el de Garriga y Roca, arquitectos municipales, pero al fin el ministro de Obras Públicas impuso el plan Cerdà. De los catorce planes que entraron en el concurso merecen mención los de Josep Fontserè y Rovira i Trias.

Sea como fuere, el derribo de las murallas y los planes de expansión o ensanche crean una nueva forma urbana que, al carecer de murallas, desdibuja los límites de la ciudad. ¿Cuáles son los límites de cada aglomeración? Suburbios crecieron alrededor de las grandes ciudades, uniendo los varios sistemas urbanos centrados en los viejos núcleos. Se necesitó un nuevo vocabulario para describirlos y este apareció.

El patriarca inglés del urbanismo Patrick Geddes acuñó el término conurbación, pero fue sobreseído internacionalmente por el término área metropolitana. Viene del griego metrópolis, la ciudad madre que ­engendra otras ciudades, formando una muralla centrada en la metrópolis inicial. Con las áreas metropolitanas, la distinción secular entre urbano y rural se difuminó y trajo el término suburbia: el área de asentamiento urbano fuera pero cerca de la antigua ciudad central. También se habla de ciudad­región.

Un siglo después de la demolición de las murallas y de la creación del Eixample por Cerdà, se crea, en 1964, la Comisión del Plan Director del Área Metropolitana de Barcelona. Incluye el municipio de Barcelona y otros treinta municipios circundantes conectados con él por vínculos económicos y funcionales. Aunque en el arcaico modo de delimitación de 1964 se tome como criterio el que sean municipios contiguos con densidad demográfica de más de 100 habitantes por kilómetro cuadrado, el criterio moderno se basa en las interacciones económicas entre dos zonas del área metropolitana: commuting casa-trabajo, transporte entre polígonos industriales, estructura del CBD ( central business district). Pero esto quedó por determinar cuando se abandonó el concepto de AMB en los años ochenta. Una asignatura pendiente.

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