Cuando los centros de atención primaria (CAP) cierran sus puertas a las 20 horas en Barcelona, hay un servicio que se pone en marcha: la Assistència Continuada Domiciliària (ACD), dependiente del Institut Català de la Salut (ICS). La ACD, que funciona hasta las 7 de la mañana y también los fines de semana y los festivos, está formado por médicos y enfermeras de cabecera, y técnicos-conductores que se desplazan a los domicilios de aquellas personas que no se pueden mover y que han llamado al 112 o al 061.

«¿Los pacientes que más estoy viendo? Personas mayores con ansiedad, mucha soledad, mucha tristeza, con la tensión alta. También mucho covid-19 -o gente con síntomas compatibles-, y esto subirá por el Puente de la Constitución», comenta Sandra Moreno, médica que trabaja en la asistencia continuada domiciliaria, antes de subirse al vehículo que conducirá el técnico Echeyde Tobal. Afuera, la noche ya ha caído, las luces de las viviendas parpadean y hace un frío invernal. Son las 20 horas del jueves 10 de diciembre y, a dos horas para que entre en vigor como cada día el toque de queda, la gente ya se ha recluido en sus viviendas. Es entonces, cuando la ciudad se apaga, el momento en que Moreno y Tobal empiezan su jornada laboral. Durará 12 horas y arranca en el CAP Casernes de Sant Andreu.

Primer destino: un domicilio de la avenida de la Meridiana, al que llegan a las 20.30. Un hombre de 87 años, con infección de orina, sufre temblores y fiebre. Su familia ha llamado al SEM, que ha recogido la llamada, le ha hecho unas preguntas de cribado y el CAP Manso (donde se encuentra el centro de operaciones de la ACD) ha decidido enviar a una médica para valorarlo en lugar de mandar directamente una ambulancia. Sandra Moreno no lo ve claro. «Es fácil que sufra una sepsis», asegura antes de entrar en la vivienda, con la mosca detrás de la oreja. Afuera, en el rellano del portal, se queda Tobal.

Una noche con una médica de casa en casa.

Una noche con una médica de casa en casa.

«Es el protocolo covid. Solo el médico puede entrar», dice mientras saca del maletín unos test antígenos de diagnóstico rápido del covid. «Solo se hacen si el paciente presenta síntomas como tos o fiebre», explica este conductor que hace años trabajó como administrativo en un CAP. «En la ACD, como en toda la primaria, falta personal», asegura Echeyde Tobal. En la ACD de Barcelona hay una plantilla fija de 39 personas (16 médicos de familia, 12 técnicos de soporte, ocho administrativos y tres coordinadores), a la que se suman médicos de los CAP que hacen guardias en ella o enfermeras. En total, en Barcelona trabajan unas 240 personas en la ACD.

Tobal, aunque tiene un contrato de conductor, hace «más» de lo que le toca porque también da «soporte» a la médica. En ese momento, sale la doctora del hogar. «Las constantes no están bien», cuenta. Y decide llamar a una ambulancia para que el paciente de 87 años sea trasladado al hospital. «Por favor, que se lleve el móvil y un cargador», le indica a la familia, quien no podrá entrar en el hospital.

Sandra Moreno trabajaba en un CAP hasta marzo, justo antes de que estallara la pandemia que en Catalunya ha segado 16.432 vidas y ha contagiado a 328.943 personas. Como tantos otros médicos de familia, acabó harta de las condiciones laborales de los médicos de cabecera, con agendas repletas de pacientes a los que, por falta de tiempo, no se les puede dedicar la atención que necesitan; con pruebas que tardaban demasiado en hacerse por las largas listas de espera; con falta de personal. «Me gusta mucho la medicina de familia, pero había demasiada presión asistencial. Me cansó mucho», cuenta. Ahora, en la asistencia domiciliaria atiende a un paciente cada hora, aproximadamente, y puede dedicarle el tiempo que ella considera necesario.

Recuerda, y cómo olvidarla, aquella primera oleada del virus, nueve meses atrás. Cómo murió una compañera suya, técnica de ambulancia de 38 años y con una hija de 12 meses, por coronavirus. Cómo acudía a domicilios a visitar a pacientes, muchos de ellos infectados, y siempre la orden era la misma cuando requerían de ingreso hospitalario: «‘Lleve móvil y cargador’. Me acuerdo de las caras, del miedo que había de ir al hospital por si no salían», destaca Sandra. «Llegábamos a lo que podíamos y a veces los enfermos tenían que esperar hasta seis horas por una ambulancia. Costaba mucho derivar pacientes. Me iba a casa llorando. Y ahora estamos reventados física y emocionalmente».

También la sociedad lo está. «En zonas obreras como esta, Sant Andreu, Horta, Bon Pastor, notamos muchas depresiones y soledad. Más que en otras como Sarrià o Sant Gervasi», añade Tobal. Lo dice antes de coger el volante para acudir al Guinardó, donde la familia de una anciana con alzhéimer ha llamado porque tiene tos. Son ya pasadas la medianoche. Antes habrán visitado a un hombre con depresión severa en otra vivienda de la avenida de la Meridiana, también finalmente derivado al hospital por la médico, y a una joven en Torre Baró que estaba mareada porque se había automedicado un fármaco opioide.

Moreno y Tobal llegan al Guinardó a medianoche. Concha, de 88 años, estuvo en una comida familiar hace unos días y, aunque todos se hicieron una prueba serológica y dieron negativo, ahora la mujer tiene una tos sospechosa. «Ella entiende que hay un virus, pero a veces se le olvida. Le tuve que dejar un letrero en la puerta que dice: ‘Mamá, el virus, no salir'», comenta su hija María Jesús mientras Concha es auscultada por Sandra, quien le hace también una prueba de antígenos para saber si se ha contagiado. Da negativo. «No me parece covid, pero hay que confirmarlo con una PCR», explica la médica. Una ambulancia se lleva a la anciana al Hospital de Sant Pau. «El móvil y el cargador», vuelve a decirles Moreno a las hijas de la mujer. Días después se confirmará que Concha efectivamente no tiene covid, pero sí una neumonía bilateral.

Sobre las 2.30 de la mañana, este equipo médico se desplaza a Sant Andreu, porque una mujer de unos 70 años con vértigos apenas puede levantarse de la cama. La hermana, que está con ella, explica que se quedó viuda hace muy poco. Esta vez, la doctora no la deriva al hospital. Le receta un medicamento y le recomienda no moverse de la cama. Pero lo peor de la noche está por venir: un paciente de 57 años con un cáncer terminal al que le sale líquido por una herida.

«Quiere luchar, está preocupado por la herida», comenta la médico. «No quiere ir al hospital, ha estado hace nada. Le he visto bien la herida y he pactado con él que mañana sí irá al hospital», añade. En la ACD los médicos ven muchos pacientes terminales. A algunos los tienen que sedar. «Aunque no lo creas, para mí es una parte bonita de mi trabajo, pese a que es muy dura. Ayudar a que se vayan tranquilos, y que la familia también lo esté: eso es igual de importante que curar a alguien». Ya son las cuatro de la madrugada.

Los periodistas se despiden ya de Moreno y Tobal, que continuarán su jornada cuatro horas más. Antes de decir adiós, la doctora no oculta su temor ante lo que puede venir a partir de ahora: un incremento de casos positivos de covid-19 porque la gente, lamenta, «le ha perdido el miedo al virus». Además, los pasados días festivos, opina, tendrán su efecto, que se sumará al de las Navidades. «Veo cómo están los bares a reventar y me preocupo», dice. Los sanitarios temen otro impacto del virus como el de marzo, cuando durante días e incluso semanas lo más cerca que muchos contagiados estuvieron de sus familias fue a través de un móvil y un cargador.

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