La ultraderecha no es un fantasma que recorre Europa. Es una realidad política que ha venido para quedarse y para la que no existe una fórmula mágica que la frene a corto plazo. Esta es la conclusión a la que llegan los especialistas en este fenómeno político, cuya última réplica ya ha llegado a España vía elecciones andaluzas.

Precisamente la reciente experiencia en Andalucía, en la que un doble acuerdo entre PP y Cs por un lado y PP y Vox, por el otro, ha situado a la emergente formación de extrema derecha en una posición clave para la gobernabilidad, ha reabierto el debate sobre cómo deben actuar las formaciones tradicionales, ya sean de izquierdas o derechas, para impedir su auge.




















Se está configurando en Europa un escenario tripolar: izquierda verdes y socialpopulismo; liberales y cristianodemócratas, y extrema derecha. Y normalmente le toca a la derecha decidir si incluye a este tercer bloque”




Los politólogos consultados enumeran entre tres y cuatro modelos en Europa de actitud respecto a la ultraderecha. El primero sería el que representan Austria e Italia, donde se les considera un actor político más y se les integra en el Gobierno. El segundo modelo, representado por las experiencias de Dinamarca y Países Bajos, implica que la extrema derecha da apoyo externo a un gobierno de derechas moderada pero no entra a gobernar –ésta también sería la fórmula ensayada en Andalucía–. Hay quien ve este modelo como una simple derivada del primero.







El tercer modelo es el que se aplica en los países más fuertes de la Unión, como son Francia y Alemania, lugares en los que se establece un llamado “cordón sanitario” para aislar políticamente a estas formaciones e impedir de todas maneras que gobiernen. Finalmente, algunos expertos también incluyen aquí una cuarta opción en la que, sea cuál sea la posición en la que quedan estos partidos, sus políticas se asumen por el resto de fuerzas. En este punto también podrían incluirse países del este de Europa, como Polonia o Hungría, en los que fuerzas de supuesta derecha clásica en el Gobierno asumen sin ruborizarse políticas extremistas en materias como la inmigración o restricción de derechos.




















Mitin de Vox en Soria
Mitin de Vox en Soria
(Wifredo Garcia. / EFE)

Para el politólogo Pablo Simón, este panorama configura el “nuevo escenario tripolar de Europa”, en el que por un lado se encuentran “las izquierdas, verdes y el nuevo socialpopulismo”; por el otro “un grupo de moderados, liberales y cristianodemócratas” y, finalmente, la “nueva extrema derecha o populismos de derechas”. Esta situación provoca que “cuando uno de los dos primeros bloques no suman entre sí, entonces hay que saltar de bloque y normalmente es a la derecha a quien le toca decidir que hace con este tercer bloque”.

El debate está servido: qué hacer. “Es una arma de doble filo. Cuando los metes dentro del sistema, eso les genera dificultades y contradicciones, pero al mismo tiempo, lo que ocurre en Italia con Matteo Salvini demuestra que también ganan mucha visibilidad y autonomía”, subraya Simón. Por el contrario, aislarles puede ser contraproducente, ya que “son capaces de capitalizar la oposición y se convierten en los únicos anti-establisment”.


















De la misma opinión es Helena Castellà, asesora en el Parlamento Europeo y autora del informe La extrema derecha, un fenómeno europeo. “Todas las opciones tienen pros y contras. Por un lado, si pactas con ellos, puede ser que renuncien a algunas cosas, se les vea el plumero y caiga todo su discurso, pero incorporar a un partido ultra siempre supone legitimarlos”, mantiene Castellà. “En cambio, si bien aislándolos evitas que tengan poder, pueden desarrollar un discurso victimista que les da réditos”, mantiene.


Tanto la derecha moderada como la izquierda deben respetar las normas de la democracia. Una cosa son las leyes y otra son las normas estructurales de la democracia, y eso se está traspasando en algún caso”





Soluciones






Por lo tanto, no existe una receta buena y las posibles soluciones pasan por un trabajo conjunto de las fuerzas democráticas. “Los ejemplos nos dicen que ahora mismo no hay solución”, concluye el profesor de Derecho y Ciencias Política de la UOC, Ernesto Pascual, que reclama evaluar el riesgo según cada caso. “Hay que definir la dimensión de estos grupos y evaluar, al mismo tiempo, la capacidad que tienen las estructuras institucionales de soportar estos ataques a la tolerancia”, sostiene. Pascual cita el ensayo Cómo mueren las democracias, de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, en el que ambos catedráticos sostienen que EE.UU. aún goza de una estructura lo suficientemente sólida como para parar el trumpismo pero alertan de que todo puede tener un límite si se acaba por desvirtuar las instituciones.


















A partir de ahí, Castellà tiene claro que el tiempo para una solución preventiva ya pasó. “Llegamos tarde. Se trataba de consensuar ciertos asuntos sensibles que la extrema derecha ha acabado por apropiarse, lo que ha facilitado su ascenso”, señala la politóloga. En todo caso, ahora se trata de “construir un discurso alternativo no en base a un populismo de izquierdas, sino basado en argumentos y riguroso”. Tanto Pascual como Castellà citan el caso del ascenso de los Verdes en las elecciones de Baviera del pasado octubre como ejemplo. “Han hecho un discurso abierto y desacomplejado en asuntos clave, han planteado un modelo alternativo y parece que empieza a haber respuesta de los votantes”, subraya el profesor de la UOC.


Llegamos tarde. Se trataba de consensuar ciertos asuntos sensibles que la extrema derecha ha acabado por apropiarse, lo que ha facilitado su ascenso. Ahora no se acabará de un día por otro”





¿A quién le toca?






Pero… ¿a quién le corresponde frenar la extrema derecha? ¿Al centroderecha? ¿A la izquierda? ¿A todos? Hay cierto consenso en que debe ser una tarea “concertada” y “coordinada” de todos los sectores que vean en peligro la democracia y la UE. “Se deben marcar los puntos de no retorno en aspectos fundamentales. Tanto la derecha moderada como la izquierda deben respetar las normas de la democracia. Una cosa son las leyes y otra son las normas estructurales de la democracia, y eso se está traspasando en algún caso”, alerta Pascual. “Estamos hablando de cuestionar derechos humanos, lo que afecta a todos”, remacha Castellà, que extiende a la ciudadanía y los medios de comunicación dicha responsabilidad.




















El viceprimer ministro y ministro de Interior italiano, Matteo Salvini, es el ejemplo de inclusión de la extrema derecha en el sistema
El viceprimer ministro y ministro de Interior italiano, Matteo Salvini, es el ejemplo de inclusión de la extrema derecha en el sistema
(Riccardo Antimiani / EFE)

Simón va más allá y apunta que la derecha moderada es la que tiene “mayores dificultades” para abordar este asunto, ya que suele ocurrir que al analizar resultados electorales adversos, lo achacan a no haber sido “más contundentes en términos ideológicos”. Eso es lo que provoca que asuman parte de su discurso. “Otra cosa es que eso sea eficaz en términos electorales –subraya– y la evidencia empírica demuestra que no: los votantes acaban teniendo más incentivos para votar al partido duro”.

El politólogo apela a la izquierda también a que valore si debe “echar un lazo” a los partidos liberales moderados y evitar “empujarles fuera de los grandes consensos de una sociedad democrática”. “El caso español es significativo: habrá una tendencia natural a la polarización pero la izquierda debe preguntarse si empuja a Ciudadanos o PP fuera de consensos antes incuestionables como por ejemplo el feminismo”, explica.


Existir una contradicción entre defender los valores europeos y hacer excepciones, pero es una contradicción que se ha asumido con naturalidad en los últimos años. Si no existe coordinación europea es porque se impone la realidad nacional”























Coordinación a escala europea






En este aspecto, las elecciones europeas de mayo se presentan como un reto y, ante el previsible aumento del apoyo electoral de estas formaciones, se pondrá a prueba la cohesión de los partidos europeístas. “No existe una coordinación a escala europea porque hasta el momento la realidad nacional siempre se impone” explica el investigador del CIDOB, Hèctor Sánchez Margalef. A su juicio, “puede existir una contradicción entre defender los valores europeos y hacer excepciones o pactos con estos partidos, pero es una contradicción que se ha asumido con naturalidad en los últimos años y que está vinculada a cómo se ha controlado en cada país”.

Si finalmente los partidos ultra llegan a tercera fuerza –como indican algunos sondeos– y son capaces de configurar un único grupo en el Parlamento Europeo –ahora están divididos en tres sin contar con los no adscritos–; el desafío será mayúsculo. “Le toca a la izquierda y a la derecha dar una respuesta, en definitiva la construcción europea parte de un pacto entre democristianos y socialdemócratas”, subraya Sánchez Margalef. “Es necesaria una reflexión de las élites de Bruselas. Ahora parece que esto empieza a entenderse pero hasta el momento la idea mayoritaria era que Europa no conseguía explicar ‘lo bien que lo hacía’. ¿Y si no en realidad había algo bueno que explicar? Ha faltado autocrítica. Si la gente lo percibe es que algo estás haciendo mal”, concluye.

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