Cualquier pretexto es bueno para recomendar, con la voz rota por el entusiamo, la lectura de ‘Pickwick’la primera novela de Charles Dickens, publicada por entregas entre 1836 y 1837 con el despampanante título de ‘Los papeles póstumos del Club Pickwick, en los que se da cumplida cuenta de las observaciones, peligros, viajes, peripecias y aventuras diversas de sus miembros’. Sucede que la noticia que ahora nos convoca en torno al deslumbrante debut del mayor novelista de la era victoriana no es un pretexto cualquiera, sino un acontecimiento cultural de primer orden.

El Grup Enciclopèdia, en colaboración con la Fundació Pere Coromines y la Universitat de Girona, acaba de publicar, en tirada única de mil ejemplares, una colosal edición bilingüe (y encarada) de la obra, en inglés y catalán, a partir de la traducción que Josep Carner hizo en 1931 para Proa, que constituye un monumento filológico y literario por sí misma. La iniciativa, de una ambición sin igual en el ámbito de las lenguas románicas, ha sido coordinada por los doctores Jaume Coll y Joan Ferrer y se ha concretado en un lujoso volumen de casi 1.600 páginas que incluye, además de los textos de Dickens y Carner, abundantes notas, un estudio introductorio a cargo de Coll, un ‘dramatis personae’, las ilustraciones de Robert Seymour y Phiz que acompañaron a la primera edición de la novela, un mapa de lugares pickwickianos y un extenso glosario de catalán carneriano, entre otros extras.

«Una gran locura cultural», en palabras del director general del Grup Enciclopèdia, Joan Abellà. En cualquier caso, un contundente argumento para acercarse a (o reencontrarse con) Samuel Pickwick, el gurú de la perplejidad feliz. Aquí va otra media docena de buenas razones para unirse a su club.       

EL NACIMIENTO DE UN GENIO

Leer ‘Pickwick’ es como presenciar en primera fila el ‘big bang’ que da origen al fenomenal universo dickensiano. Aunque no siempre bien ordenados, ahí están ya todos los elementos con los que el autor construirá su sideral carrera literaria en los siguientes 30 años. Su condición de obra por entregas que ni siquiera nació con la pretensión de ser una novela (Dickens fue contratado para redactar los textos que debían acompañar a las ilustraciones de Robert Seymour sobre las andanzas de un grupo de aventureros aficionados al deporte) permite ver casi en directo cómo un escritor de solo 24 años va tomando conciencia de su genio hasta imponer de forma aplastante su incontenible voz creadora y subvirtiendo todo el proyecto (el pobre Seymour se acabó volando la tapa de los sesos, literalmente, y tuvo que ser sustituido por Hablot K. Browne, alias ‘Phiz’). Un prodigio.

UN DÚO DESTERNILLANTE

A la manera de Cervantes, y a falta de una trama lineal que unificara el relato, Dickens dotó de equilibrio al conjunto de episodios sueltos que integran la novela articulándolos en torno a una pareja protagonista formada por un caballero ilustrado con sed de aventuras y un criado sin estudios cuyo sentido de la lealtad corre parejo a su irresistible comicidad. La aparición de este último, de nombre Sam Weller, no se produjo hasta la sexta entrega de la obra y permitió al autor liberar a Samuel Pickwick de su condición de personaje bufonesco propenso a sufrir accidentes para alcanzar el estatus de héroe amable y generoso (un «monumento de salud moral», dijo de él G. K. Chesterton). La irrupción en escena de Sam Weller, con su irrefrenable costumbre de completar cada frase con una coda humorística («desembucha, como le dijo un padre al hijo que se había tragado un cuarto de penique»), divirtió tanto a los lectores que en apenas un mes las ventas de de ‘Pickwick’ se multiplicaron por 100

SECUNDARIOS DE PRIMERA

La galería es tan extensa como fascinante: el solterón enamoradizo Tracy Tupman, el aspirante a poeta Augustus Snodgrass (a quien no se le conoce un solo verso en todo el libro), el deportista patoso Nathaniel Winkle, la encantadora Arabella Allen (nombre maravilloso, por cierto), los pérfidos procuradores Dodson y Fogg, el generoso anfitrión Mr Wardle y su adorable familia, el rollizo narcoléptico Joe, la viuda ofuscada Martha Bardell, el embaucador reverendo Stiggins, amante del ron de piña… Y, por supuesto, el atrabiliario cantamañanas Alfred Jingle y sus tronchantes parrafadas en estilo telegráfico: «Las cabezas, las cabezas, cuidado con las cabezas. El otro día. Cinco niños. La madre, una señora alta. Todos comiendo bocadillos. Se olvidó del arco. Crac. Paf. Los niños se vuelven. La madre decapitada. El bocadillo en la mano. Sin boca donde ponerlo. La cabeza de la familia decapitada. ¡Terrible! ¡Terrible!».    

AQUÍ LA BONDAD TIENE PREMIO

No es una casualidad que de la pluma de Dickens saliera el que acaso es el cuento navideño más celebrado de todos los tiempos, pues nadie como el escritor de Landport supo impregnar a sus historias y personajes de ese aire de risueña benevolencia casi infantil que asociamos a la fiesta de la natividad. Y pese a la disparatada juventud de su autor (24 años, hay que insistir en eso), ‘Pickwick’ es ya un ejemplo supremo de esa portentosa capacidad para entender y retratar la vida a partir de la piedad (o de la empatía, por usar un término actual desprovisto de connotaciones religiosas) que caracterizó toda su obra.

Hay que tener el corazón de tungsteno para no conmoverse ante este despliegue de afecto, generosidad y alegría

Hay que tener el corazón de tungsteno para no conmoverse ante el despliegue de afecto, generosidad y alegría que guía las correrías de Samuel Pickwick y sus amigos y para no congratularse al ver cómo el destino acaba recompensando sus buenas acciones, por más que frunzan el ceño los enemigos de la felicidad en el arte. Es cierto que a lo largo de su carrera Dickens se mostró decidido partidario de los finales felices (si entendemos como tales aquellos en los que el sentimiento noble obtiene premio y la mezquindad es castigada), pero en ningún caso puede decirse que ‘Pickwick’ acaba bien, porque, sencillamente, ‘Pickwick’ no se acaba nunca.

LA EXALTACIÓN DE LA AMISTAD

Es difícil encontrar una novela que resulte más ajena a los rigores del confinamiento domiciliario (o del cierre sistemático de los lugares de encuentro, que viene a ser lo mismo) que ‘Pickwick’, la crónica de un mundo en el que la felicidad hay que compartirla con los amigos porque los amigos son la verdadera fuente de la felicidad. En su admirable monografía sobre Dickens, Chesterton incluye un pasaje que sintetiza mejor que nada lo que aquí se intenta subrayar: «Me atrevo a esperar que no haya persona en este mundo a la que no haya ocurrido alguna vez encontrarse con sus amigos más irresistibles, en torno de una mesa, charlando libremente en una de esas veladas en las que las almas de las gentes se abren solas como grandes flores tropicales. […] El que haya conocido alguna de estas veladas podrá entender las exageraciones de Pickwick; el que no las haya conocido no será capaz de disfrutar de Pickwick, y me parece que tampoco del cielo».

En ‘Pickwick’, se ingieren bebidas de alta graduación en 295 ocasiones, según ha consignado un estudio

La referencia de Chesterton a la mesa no es gratuita. En esta novela se come y se bebe mucho y bien. En las mesas de las posadas, pero también en las casas particulares, en los pubs, en los picnics campestres, en los viajes en diligencia y hasta en un partido de críquet en el que se consumen «torrentes de cerveza, filetes de buena carne, asado de cerdo, riñones asados, fiambres y bocadillos en abundancia». Un estudio ha cifrado en 295 las ocasiones en que en ‘Pickwick’ se ingieren bebidas de alta graduación. Una reseña aparecida en la ‘Edinburgh Review’ dijo sobre el libro: «Una novela sobre buenos licores que acaba convirtiéndose en una novela sobre buenas personas». Brindemos por ella.

DEL JUEZ AL CERRAJERO

‘Pickwick’ tuvo una acogida clamorosa. Como escribió el novelista y ensayista francés André Maurois a propósito del libro, «se adivinaba que el autor quería a los hombres y los hombres se lo agradecían». Y esos hombres pertenecían a todas las edades y a todos los estratos sociales. Lord Denman, jefe de la cúpula judicial del Reino Unido y presidente del Tribunal Supremo, leía las entregas de ‘Pickwick’ en el estrado mientras el jurado deliberaba; uno de los primeros biógrafos de Dickens relata la impresión que le causó al escritor ver a un cerrajero de Liverpool leyendo ‘Pickwick’ para un embelesado auditorio de no menos de 20 personas, hombres, mujeres y niños, la mayoría analfabetos. Con su primera novela, Dickens consiguió el raro milagro de reunir en el abrazo de la literatura a los más poderosos y los más desfavorecidos. Un público amplio (transversal, diríamos ahora) y entusiasta cuyo favor iba a acompañar al autor a lo largo de toda su carrera. 

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