• El presidente revoluciona su Gobierno y hace caer a Calvo, Ábalos y Redondo, premia a Bolaños, recupera a Óscar López y potencia el municipalismo

  • La presencia del partido y de las mujeres gana peso en un nuevo Ejecutivo llamado a tirar de la «recuperación» y que simboliza la «renovación generacional«

La secuencia estaba escrita desde hace semanas. Indultos y después crisis de gobierno. Pero Pedro Sánchez quiso hacer de él mismo. Que nadie le marcara los tiempos, enfriar para luego acelerar, demostrar que es él quien está al mando. Sorprender. Protagonizar un golpe de efecto. Todo marca de la casa, la forja de un líder que se reconstruyó con las primarias de 2017 y que ahora, ya sí, abre una nueva página en una legislatura a la que le quedan, sobre el papel, 30 meses de vida. El presidente precipitó este sábado, este caluroso 10 de julio, una remodelación de su Ejecutivo profunda y rica en interpretaciones -también en incógnitas-, acometida con rapidez y diseñada prácticamente en solitario. Sacrifica a quienes han sido los puntales en este camino de tres años desde que arribó a la Moncloa –Carmen Calvo, José Luis Ábalos, Iván Redondo-, confecciona un Gabinete mucho más político, refuerza la presencia del PSOE (y del PSC) y resguarda dos de los ministerios de Estado, Interior y Defensa, del tsunami. De los cambios queda fuera el ala morada del Gobierno: Unidas Podemos, con Yolanda Díaz a la cabeza, mantiene sus cinco carteras y sus cinco titulares.

Los números pueden quizá decir poco. Salen siete ministros y se incorporan siete caras, así que el nuevo Ejecutivo se compondrá de 14 mujeres y nueve hombres, de suerte que la presencia femenina salta del 54% al 63,64%. Y la media de edad baja de 55 a 50 años, los que en 2022 cumplirá el propio Sánchez. Pero el calado del cambio trasciende esas cifras. Porque el jefe del Ejecutivo desmanteló su red de seguridad, trasplantó el corazón del poder. Empezando por Calvo, la exministra de José Luis Rodríguez Zapatero que como Ábalos, Adriana Lastra o Santos Cerdán, confió en él tras el sangriento comité federal del 1 de octubre de 2016 que lo desalojó del trono de Ferraz. Ella, a quien Sánchez había situado a su lado desde aquellas primarias que ganó a Susana Díaz, se había convertido en una pieza clave de su Gabinete, en su coordinadora y en su escudera. Su ascendencia, en los últimos meses, había menguado, algunos en el partido la daban fuera. Y así fue.

Pero lo que apenas podía esperarse es que el presidente también hiciera caer al titular de Transportes, Ábalos. Peso pesado del Gobierno y del partido, dirigente con trienios en la política, hombre con aplomo sobrado y rostro fiable para Sánchez en los momentos más críticos. Él pidió marcharse, según su entorno. Se da por hecha su salida también de la Secretaría de Organización del PSOE, aunque su equipo agrega que lo «decidirá esta semana». Sánchez, de cualquier modo, aparta a las figuras que crecieron con él en el Gabinete y que, por su exposición, han sufrido un mayor desgaste. Y es que, como explicó pasadas las tres de la tarde en una declaración institucional sin preguntas (y sin periodistas) en la Moncloa, es momento de lanzar un «Gobierno de la recuperación«, que deje atrás el túnel de la pandemia, construya una economía «justa», «verde» y «digital» y visualice una «renovación generacional». Falta por saber el reacomodo de Ábalos y Calvo.

Entraba dentro de lo previsible la salida de la vicepresidenta, pero Sánchez sorprende con la marcha de Ábalos, también del aparato del PSOE, y de su gurú

El otro símbolo del cambio de era es la inesperada caída de Redondo, el todopoderoso gurú que, sin embargo, tenía al PSOE y a varios ministros enfrente. Su control de la Moncloa era total y mayúscula era su influencia sobre el presidente. Sobre él descansaba la estrategia del Ejecutivo y a veces del partido: dirigió la campaña de las generales de 2019 -en las que el líder pinchó a la segunda-, las catalanas del 14-F -que se saldaron con éxito de Salvador Illa– y las madrileñas del 4-M -que concluyeron en hecatombe-. Parecía intocable. Pero Sánchez demostró que no lo era. El director de Gabinete aseguró que había pedido él marcharse y que en la vida también hay que «saber parar«. El PSOE respiró de alivio al conocer la noticia del ‘superasesor’ que nunca había llegado a vestir la camiseta del partido porque era un consultor que incluso antes había trabajado para el PP. Le sustituirá Óscar López, hombre fuerte de Alfredo Pérez Rubalcaba y hasta ahora destinado en Paradores. Ambos eran amigos desde la época en la que ambos trabajaban a las órdenes de José Blanco, aunque luego se distanciaron en la pugna que desangró al partido, cuando el exsecretario de Organización apoyó al exlendakari Patxi López.

Sánchez se desprende de Calvo y Redondo, muy enfrentados, pero premia a un colaborador mucho más discreto. Félix Bolaños, secretario general de la Presidencia y, desde el lunes, cuando el nuevo Gabinete prometa su cargo ante el Rey y tome posesión, nuevo ministro de la Presidencia. El movimiento sorprendió menos. Bolaños, el arquitecto jurídico de la confianza de Sánchez, el obrero «tenaz y eficaz» de todos los encargos delicados –desde la logística de la exhumación de Francisco Franco hasta los expedientes de indultos-, asciende en la escala. Ya estaba del lado del jefe desde 2014, le siguió en su viacrucis de 2017. Pero trabajaba a la sombra y ahora tendrá todos los focos. Es un hombre de partido, pata negra, como Óscar López, muy apreciado en la casa.

Otro dirigente de la máxima confianza de Sánchez, y cien por cien PSOE, es el nuevo titular de Exteriores, José Manuel Albares. Fue su ‘sherpa’ entre 2018 y 2020, año en que marchó a París para ser embajador en Francia. Diplomático de carrera, releva a Arancha González Laya, una de las apuestas del presidente que se achicharró en la crisis con Marruecos. Él, como Bolaños, asumió la coordinación de una parte de la ponencia marco del 40º Congreso del PSOE. Cuando ambos fueron promocionados, el secretario general estaba lanzando una señal de futuro que ahora se ha confirmado.

La otra clave es la entrada de tres alcaldesas, para poner en valor la gestión de lo «cercano«: la de Puertollano, Isabel Rodríguez, que asumirá Política Territorial y la portavocía del Ejecutivo; la de Gavà, Raquel Sánchez, que recala en Transportes, y la de Gandia, Diana Morant, que se incorpora a Ciencia como recambio del astronauta Pedro Duque. Pilar Alegría, hasta ahora delegada del Gobierno en Aragón, releva a Isabel Celaá en Educación.

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Justicia queda en manos de la hasta ahora presidenta del Senado, la madrileña Pilar Llop, en sustitución de Juan Carlos Campo. Miquel Iceta sigue en el Ejecutivo, pero salta de Política Territorial a Cultura y Deporte -desplaza a José Manuel Rodríguez Uribes-, y María Jesús Montero mantiene Hacienda y gana Función Pública, aunque pierde la portavocía. Otra prueba de que los rostros más desgastados pasan a un segundo plano o, directamente, son apartados. El corazón económico del Ejecutivo pervive: Nadia Calviño asciende un peldaño como vicepresidenta -como Yolanda Díaz y Teresa Ribera-, y se asienta como la nueva mujer fuerte del Gabinete, pese a sus disputas con los morados. Reyes Maroto continúa en Industria, José Luis Escrivá en Inclusión y Luis Planas en Agricultura. Con su continuidad y el paso de Calviño a la vicepresidencia primera, Sánchez quiere subrayar la confianza en el equipo económico en un momento clave por la próxima llegada de los fondos europeos.

Sánchez lanza un mensaje de reconciliación interna -se integran figuras que se alinearon en las primarias de 2017 con Patxi López (caso de Óscar López), o Susana Díaz (Pilar Alegría e Isabel Rodríguez), y da un «golpe de autoridad». «Deja claro que nadie es imprescindible», «hace ver que quien manda es él», subrayan distintos dirigentes del partido y del Gobierno. Pero, ante todo, el presidente busca armar un equipo «para ganar las siguientes elecciones» y para recobrar el pulso de la legislatura en un momento crítico y superado, en las encuestas, por el PP.

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