Primera denuncia policial por abusos sexuales contra un trabajador de la escuela Claret de Barcelona, una congregación que acumulaba ya acusaciones de pederastia contra dos profesores y un empleado pero ninguna demanda formal presentada ante los Mossos d’Esquadra. Hasta ahora. Los tres hombres bajo sospecha son el sacerdote Francesc Figueres y un conserje -ambos del colegio Claret de Barcelona- y un docente laico de una escuela de Sallent (Bages), que fue claretiana hasta 1992.

Todas las acusaciones existentes que pesaban sobre ellos se habían formulado únicamente a través de tuits colgados en las redes sociales o de correos enviados a los Claretianos al buzón ‘prevenim@claretians.cat’. La primera denuncia policial recogida el jueves 7 de febrero la ha presentado la exalumna Mireia, una mujer de 42 años, después de relatar su caso a EL PERIÓDICO. La mujer señala al conserje del Claret de Barcelona por un delito de abusos sexuales con acceso carnal -ya prescrito para el Código Penal- cometido presuntamente durante el curso escolar 1984-1985, cuando ella tenía 8 años.

El armario bajo la escalera

La conserjería estaba en un garita bajo la escalera principal del colegio Claret de Barcelona. En la cavidad angular que formaban el suelo y el techo de la rampa, como si fuera una buhardilla, el conserje -el mismo que estuvo en ese cargo desde finales de los 70 y hasta principios de los 80- tenía un armario para guardar cosas de una estatura tan menuda que solo entraban niñas como Mireia. Dejando que usaran ese escondite, se ganó su confianza, para acabar abusando de ella. 

Tras años de terapia psicológica, los abusos del conserje son ahora un recuerdo del que Mireia puede hablar sin problemas. Aunque fue un secreto hasta que cumplió los 36 años, cuando se lo contó a su pareja. “Se lo dije durante una discusión. Le solté que si no entendía de dónde salía tanta rabia hacia mi infancia y, en especial hacia mi paso por la escuela Pare Claret, era porque desconocía algo: el conserje abusó de mí cuando tenía 8 años“. Al oírlo, su pareja “se desmoronó”.

Un buen tipo

El bedel era “muy amable”, comienza a describirle. Enfundado en una bata azul, era la primera cara que veían los alumnos al pisar la escuela cada mañana. Y cuando llegaban tarde a clase, era quien les acompañaba a las aulas con la lección ya empezada.

Durante el curso escolar de 1984-1985, Mireia y dos amigas se hicieron merecedoras de un trato especial por parte del conserje. “Nos dejaba entrar en la garita y escondernos en el armario de debajo de la escalera”, cuenta. A pesar de su edad, Mireia notó enseguida que las caricias que les hacía el hombre mientras merodeaban por ese espacio le generaban incomodidad. Pero nada más. Hasta el día que acudió a curarse un golpe en la rodilla.

El botiquín estaba en la conserjería y era donde se atendían los trompazos del recreo. El bedel hizo entrar a Mireia y la sentó junto a él, en una silla. “Con una mano me hizo friegas en la rodilla, y con la otra… supongo que llevaría vestido… me metió los dedos [en la vulva]”. “Me levanté, me incorporé y me marché”, explica. “Fui consciente de que tenía que alejarme de él porque aquello que me había hecho no estaba bien. Y recuerdo que, por dentro, me dolió mucho que lo hiciera”. Aunque no dijo nada en casa, tampoco en la escuela.

A partir de ese día, Mireia comenzó a rogar a sus padres que la dejaran quedarse en casa para no ir al colegio. Antes tampoco le gustaba el Claret. Pero tras el abuso, el miedo a ir a la escuela, ese dolor en la tripa -“ahora sé que era angustia“-, se agravó. “De pequeña era una niña muy movida, supongo que sería una candidata idónea para la etiqueta del TDAH que cuelgan actualmente los psicólogos, pero entonces se dijo únicamente que era solo una mala estudiante. Además, me comparaban demasiado con mi hermano mayor, que sí seguía las clases sin problemas”.

Si Mireia no pidió ayuda a sus padres no fue solo por miedo a que no la creyeran. “Era yo quien iba a jugar cada recreo a la garita, quien le había restado importancia a las caricias que nos hacía mientras nos escondíamos en el armario. Me sentía culpable, si me había pasado aquello era porque yo había estado yendo allí a jugar y eso estaba mal”.

Las secuelas

A los 16 años, Mireia tuvo una depresión. Tras cambiar de colegio en dos ocasiones, finalmente logró encauzar el rumbo académico. Pero aun así, se deprimió. “Con los años entendí que el abuso sexual, y me incapacidad para contarlo, habían condicionado mi forma de relacionarme con los demás, situándome frente a ellos desde un plano de inferioridad… un síntoma claro de que, en el fondo, lo que fallaba era mi autoestima“.


Núria Iceta

Más o menos sobre los 36 años, cuando se planteó la maternidad, sintió la necesidad de acudir al psicólogo. Y se lo explicó a su pareja. Hace una semana, se lo dijo a sus padres, a quienes “les supo muy mal que hubiera llevado esa carga en solitario tanto tiempo”. Y a la escuela, se lo ha contado hace pocos días con un correo electrónico poco antes de acudir a una comisaría de los Mossos d’Esquadra.

“El colegio me genera cierta rabia. Tal vez no supieran qué pasaba. Pero también hizo falta que miraran hacia otro lado para no verlo. Que tres niñas se pasaran el recreo jugando dentro de la garita del conserje no era normal. Además todo sucedió dentro de la escuela, un lugar en el que me sentía protegida”.

Twitter enciende la mecha

Para comenzar a destapar los abusos sexuales ocurridos en el seno del colegio Claret de Barcelona a Pau Bosch, exalumno del centro, le bastó un tuit, publicado hace un mes. En este mensaje se preguntaba si serviría de algo divulgar que en la década de los 80 el sacerdote Figueres les desnudaba a él y a otros chicos, valiéndose de excusas absurdas, para “mirarlos” mientras se duchaban.

Obtuvo respuesta a esa cuestión enseguida. El tuit generó una cadena que logró reunir diversos testimonios de otros exalumnos que describían situaciones similares ocurridas entre finales de los 70 y comienzos de los 90, una época en la que el padre Figueres era además el director de la escuela. Entre ellos, emergió al menos un caso incontestable de abusos sexuales relatado por un exalumno a TV3 y a BTV: durante una excursión, explicó, se despertó de noche y descubrió que Figueres le estaba “tocando” los genitales mientras se masturbaba. Pau Bosch y Sergi Álex, otro exalumno que usó su blog en internet para tratar de dar con más víctimas, han hallado asimismo testimonios contra otro profesor laico -el que ejerció en el centro de Sallent- y contra el conserje del Claret. Este último acusado por dos mujeres, Mireia una de ellas.

El testimonio del exalumno de Sallent, recogido también por la televisión pública catalana, explica que él estuvo escolarizado en el colegio del Bages entre 1967 y 1972. Los abusos que sufrió por parte del maestro denunciado ocurrieron en el interior del aula, en la mesa del docente, e insiste en que muchos de sus compañeros de clase pasaron por lo mismo. Tras dar a conocer su caso, los Claretianos sacaron un comunicado en el que se mostraban “avergonzados” por la actitud de un profesor que entraban en “gravísima contradicción” con los “valores cristianos” de la institución.

Casi una veintena de avisos contra tres profesores 

El buzón del colegio Claret ha recibido hasta la fecha una quincena de quejas contra el sacerdote Figueres, dos contra el conserje y una contra el profesor laico de Sallent. La reacción de los Claretianos ha sido activar a las autoridades civiles y eclesiales. La orden trasladó los tuits a la Fiscalía -que difícilmente moverá ficha sin denuncias formales sobre delitos, además, ya prescritos- e informó a la Doctrina de la Fe, el órgano del Vaticano encargado de investigar los casos de pederastia, que sí podría castigar -aunque solo canónicamente- a Figueres, el único religioso.

Figueres abandonó completamente la docencia en el año 2011. Actualmente vive en una residencia de la orden, ronda los 80 años y, según fuentes de los Claretianos, “tiene prohibido mantener cualquier contacto con un menor”. Sobre el caso del conserje, acusado por dos mujeres, que describen abusos idénticos, subrayan que no pueden hacer nada porque no es religioso y no mantienen ninguna relación contractual con él en la actualidad. Lo mismo alegan sobre el docente laico que había trabajado en Sallent. 

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