(Àlex Garcia)

Antes de ser un programa de televisión, peor aún, de telerrealidad, el Gran Hermano fue una invención de George Orwell en su novela 1984, valga esa degeneración –porque no tengo duda de que es una degradación– como ejemplo de que los tiempos cambian y todo se trivializa. Pero hoy preferiría hablarles de los hermanos pequeños, y si tomo prestado y maltrato el concepto orwelliano del Gran Hermano es porque sirve para establecer comparaciones probablemente odiosas. Intentaré explicarme… John F. Kennedy era el hermano mayor, alcanzó la presidencia de Estados Unidos y fue tiroteado. Su hermano pequeño, Robert, lo acompañó durante buena parte de su peripecia política. Intentó probar suerte como candidato y murió también asesinado. Y las sospechas y los ecos de la conspiración o conspiraciones todavía resuenan. Fidel Castro también era el hermano mayor de Raúl Castro, y también compartieron activismo revolucionario y el asalto al cuartel de Moncada, para acabar siendo Fidel el digamos presidente de Cuba y líder de la revolución y ser sustituido, por sus problemas de salud, por su hermano pequeño, Raúl, que, como Robert, acarreaba la fama de ser mucho menos carismático que su hermano mayor pero más dotado para la intriga y la gestión política. Supongo que ya habrán adivinado de qué hermanos les voy a hablar… En efecto, ante las próximas elecciones municipales, el apellido Maragall vuelve a ser candidato a la alcaldía de Barcelona. Pero no es el hermano mayor quien encabeza la candidatura de Esquerra Republicana, sino su hermano pequeño, Ernest, que lo acompañó durante toda su carrera y que lo siguió también a la Generalitat cuando Pasqual Maragall consiguió la presidencia. Entraron juntos en el Ayuntamiento de Barcelona hacia 1965, y desde entonces han convivido en estos más de cincuenta años de fraternidad en la cosa pública, al menos hasta que la enfermedad de su hermano mayor contribuyó a poner el foco sobre su hermano pequeño, en un momento en el que también, en una tensión hija de los ajetreados últimos años de la política catalana, Ernest Maragall acabó por abandonar su partido de casi toda la vida, el PSC, para finalmente integrarse y militar muy recientemente en ERC. Cosas veredes…

Ha habido más hermanos en la política catalana, por supuesto. Desde Pau Claris, que también era el pequeño respecto de Francesc, su hermano admirado, hasta los Nadal o los Clotas pasando por los Carod-Rovira, pero si no les presto hoy atención es porque el tema de ser el hermano pequeño que acaba llegando o intentando llegar a donde estuvo su hermano mayor es el mecanismo psicológico que me fascina. Los psicólogos, o al menos algunos psicólogos, dicen que hay un síndrome del hermano pequeño, especialmente en familias numerosas y sobre todo cuando el hermano mayor alcanza fuerte relevancia familiar o social. Como nuestro destino no está escrito, en casos extremos se desarrolla un complejo de Caín para acabar traicionando al hermano o lo que este representa a ojos del hermano pequeño. En otras ocasiones podemos hablar de un complejo de Patufet desarrollado por el hermano pequeño que vive y medra a la sombra de su hermano mayor. En fin, juegos para pasar el rato, evidentemente, porque lo que se dirime en las municipales de mayo de este año es cuántos alcaldes de Catalunya van a ser carlistas de Puigdemont, cuántos de alguno de los otros diversos, previsiblemente, restos del naufragio de lo que fue Convergència y cuántos serán de Esquerra o Ciudadanos o el PSC, sin olvidar a las demás fuerzas en liza y destacando que la gran batalla electoral es la de la alcaldía de Barcelona y las grandes ciudades, en especial las del área de influencia de la gran metrópoli. No sé qué saldrá de toda esta división, que recuerda la creación de las doce tribus de Israel por los doce hijos varones de Jacob. Esa es otra historia sensacional, inverosímil pero muy ilustrativa… Jacob tuvo doce hijos varones y una única hija. Y dos esposas, Lía (o Lea) y Raquel, que eran a su vez hermanas entre ellas y primas de Jacob. Y entre ellas y sus criadas –pues el hijo de la criada ofrecida al esposo por su mujer podía ser reconocido como propio por la señora– hubo esos trece partos. Sólo dos ­veces dio Raquel a luz. Una fue para alumbrar al patriarca José y la última para dar la vida a Benjamín, en cuyo parto murió la madre. Jacob tenía ya cien años cuando ­Raquel tuvo a Benjamín, que ahora da nombre al más pequeño de los hermanos de una familia. Y sin entrar en todos los otros aspectos de esta historia bíblica llena de amor, deseo y frustración, me paro para decirles que Jacob tuvo que trabajar dos veces, engañado por su tío, en ciclos de siete años (lo de los siete años es una constante bíblica y no sólo bíblica; háganme caso) y que, aunque no sepamos bien cómo, el pequeño Benjamín engendró diez hijos cuando todavía nos lo presentan casi como un niño. Moraleja de la historia: algunos hermanos pequeños pueden procrear sin que te des cuenta, y ponerse a parir es un viejo hábito bíblico y político, porque todos somos hermanos, sí, pero algunos más pequeños que otros.

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