La tranquilidad retorna poco a poco a la ciudad de Ceuta, donde se ha reducido mucho la presencia de los migrantes llegados los pasados lunes y martes.  [Toda las imágenes de la crisis fronteriza de Ceuta: las fotos de José Luis Roca]

Se hacen palpables los efectos del acuerdo con Marruecos para una apertura parcial de la frontera y devolver gente de 40 en 40. El Ejército y las Fuerzas de Seguridad supervisan el goteo de regresos, y solo los indocumentados más persistentes vagan por la ciudad, cientos aún, pero cada vez más confundidos con el paisaje en los barrios pobres.

Una parte no pequeña de los retornados está integrada por menores que han vuelto con sus familias, que los localizaron y reclamaron en el puente telefónico humanitario habilitado por la ciudad autónoma.

Han sido 4.400 llamadas las recibidas desde territorio marroquí y 438 los niños identificados en esas conferencias, de los 800 que han filiado las autoridades locales.

La fundación caritativa de la mezquita Sidi Mbarek de Ceuta ha preparado ya una tumba sin lápida en el cementerio musulmán de la ciudad para Sabir Azouz, de 19 años, natural de Castillejos, de profesión nada, cuyo cuerpo llegó flotando en las aguas del Tarajal.

“Cuando lo traían las olas, parecía como si nadara, pero creo que venía ya muerto”, cuenta una testigo tristemente privilegiada del hallazgo que este jueves heló fúnebremente el conflicto al pie de la verja, bajando el suflé de la tensión diplomática a la realidad de la muerte, la expresión más descarnada de la crisis abierta desde que España acogió al líder Polisario Brahim Gahli y Marruecos decidió que se vieran “las consecuencias”, como dijo la embajadora marroquí, Karima Benyaich.

La ciudad que, tras un aplazamiento judicial, inhumará a la segunda víctima conocida de las mentiras que propiciaron la riada humana presenta un panorama muy diferente del del lunes y el martes.

Son ya 6.500 las personas, de 8.000 que entraron, que han vuelto a Marruecos, según ha divulgado el ministro Fernando Grande-Marlaska. El titular de Interior ha intentado desalentar cualquier posible efecto llamada sobre Melilla asegurando que a los 30 inmigrantes –por primera vez todos magrebíes- que la noche del jueves lograron saltar la valla de este otro punto geoestratégico endeble de la crisis con Marruecos no les espera otro destino que ser devueltos, “si procede”.

Guardias civiles y mehannis no consiguieron parar, solo atenuar, la ola de 200 jóvenes que se lanzó contra la verja melillense. Por eso a este lado se refuerzan las alertas conjuntas Policía + Ejército, que se estrenaron la tarde de este viernes contra otro intento de entrada, de 300 personas; pasaron 40.

Salir de Campo Piniers

Mientras la alarma se apaga en el vecindario de Ceuta, la inquietud se enciende por rachas en los galpones del Tarajal y los barracones de Campo Piniers, según se extienden los nervios entre los niños alojados.

Algunos no se creen lo que les han dicho de que les van a llevar a la península tras el preceptivo test de antígenos, e intentan escapar por los tejados de las naves de chapa o bajando el polvoriento camino que sale de campo Piniers.

La explanada, un descampado en la parte más alta de la ciudad, junto a un almacén de grúas y varios cuarteles, se ha convertido en el campo de refugio y espera más pequeño de cuantos albergan a niños en Ceuta. Barracones de resina plástica con pequeñas ventanas son el alojamiento de los primeros 145 menores extranjeros que saldrán al reparto de destinos en la península. Entre ellos hay una mayoría de niños acogidos en Ceuta con anterioridad a la riada humana de esta semana.

Save the Children, como otras ONGs, ha pedido que en la repatriación o derivación de menores, se evalúen estos “caso por caso”.

De mendigos a polizones

La meta de los millares de migrantes de esta oleada no estaba en la playa del Tarajal, sino en el puerto del que salen los barcos hacia Europa.

El pasado lunes, decenas de recién llegados agolpaban el espacio entre escolleras, sentados en la acera, caminando por el borde, tumbados en el césped de un jardincillo.

Cuentan fuentes de la Policía Portuaria que ese es el territorio de los novatos. Llegan hasta ahí y se quedan, como esperando un Stanbrook que les lleve a algún lugar próspero y en paz. Después, cuando se dan cuenta de que cruzar el Estrecho no será tan fácil, inician una espera en la ciudad, durmiendo en parques, en los barrios altos o en los bosques.

Durante días tratarán de hacerse con el dinero suficiente para comprar un traje de neopreno. A los que lo consiguen se les ve caminar, ahora de forma más decidida y certera, hacia esquinas en las que apostarse para vigilar la cadencia de los buques.

Cuando puedan, aprovechando que las navieras recortan en vigilantes jurados, tratarán de ganar a la carrera el portalón de popa de un ferry para esconderse en el garaje. Y si no, se tirarán al agua para llegar a nado hasta los costados. “Se esconden en el hueco de las turbinas –cuenta un veterano de la Policía Portuaria-, y ahí se sujetan como pueden. A veces se agarran con tanta fuerza a un manguito que lo arrancan, al motor no le llega aceite, y se para”.

Habla el agente la misma mañana en que han interceptado a un joven marroquí escondido en la gabarra de servicio del puerto. Había sido de los más listos de la cuadrilla de merodeadores de los muelles, pero le pillaron.

Ser niño y pobre

La ola de migrantes lanzada por Marruecos a España agravó los problemas de orden público en Ceuta cuando, a mitad de semana, según pasan los días, empezó a agudizarse el hambre.

Nubes de adolescentes –los mayores no hacen eso- se han estado agolpando a la puerta del Erosky, del Carrefour y de otros comercios para abordar a los clientes y pedirles algo. Y las tiendas han movilizado a agentes de seguridad privada que, entre patrulla policial y patrulla policial, ahuyentan a la chiquillería desesperada.

Los más mayores, jóvenes ya y no niños, esperan la llegada de ayuda humanitaria. Abdesalam Mohammed, presidente de la asociación benéfica Alas Protectoras, aparece muy temprano en el Jardín de la Argentina, junto a la muralla, y acarrea ayuda: mascarillas, zapatillas y sudaderas para la gente que duerme bajo su arbolado. «Zapatillas porque están descalzos, y sudaderas porque de noche se quedan fríos», cuenta Abdesalam.

“A los que veo que son menores les digo que se vayan a un centro, que no pueden estar aquí. Pero no quieren ir, porque tienen miedo de que les devuelvan”, relata el presidente de Alas Protectoras. Esa misma mañana se ha encontrado a un muchacho moreno solo, tan abatido y despelujado que parece un pajarillo. «Iba andando desorientado y con mucho frío», relata. Es primavera en Ceuta, pero el relente de levante y la humedad son malos compañeros de noche.

La mayoría de estos jovencísimos pobres son una ácida regurgitación de la crisis del covid en el norte de África. Provienen de un área alrededor de Ceuta y Meilla que se sostenía irrigada por el comercio de mercancías europeas que traían en grandes cargas las porteadoras de las fronteras del Tarajal y Beni Enzar.

Al comienzo del negro 2020, cuando Marruecos cerró la frontera, las familias que vivían de este comercio y las familias que vivían de esas familias, tiraron con lo que les quedaba. En una segunda fase, los más acomodados fueron malvendiendo lo que había en la casa. Para muchas, la última capitulación fue «vender la nevera y la tele. Ahí ya están en las últimas», explica Amalia, operadora turística -en paro, como tantos en su sector- muy en contacto con el otro lado de la raya.

El siguiente paso para ellos ha sido desesperarse, y el último, ver en Facebook que alguien cuenta que van a ir Cristiano Ronaldo y Messi a jugar al campo de Ceuta y que se puede pasar, o simplemente tirarse al mar en el espigón del Tarajal porque a peor no pueden ir. Y sí pueden ir a peor: alguno, atrapado entre el mar y el hambre, intentó otra escapada a las tres de la tarde colgándose por el cuello de un cable en una barandilla del malecón; la Policía Local interrumpió el suicidio. 

Esta mañana, en el Jardín de la Argentina, cuatro chavales se han juntado para preparar un pobre condumio. Agarran una botella de plástico recortada, machacan gallegas, echan un litro de leche y remueven con un palo. Eso es lo que iban a comer hasta que llegó Abdesalam. Él no les trae leche y galletas, sino ayuda de calidad.

Guerra sorda

A 40 kilométros de mar al norte, en Algeciras, se hace patente el encono que está en la base profunda de este conflicto. A la puerta del consulado de Marruecos se manifiestan los partidarios del Frente Polisario, coreando «Polisario libre, Sáhara vencerá». Y enfrente, un grupo de marroquíes les gritan flalmeando banderas rojas con la estrella verde: “¡Gahli asesino, pasaporte falso!”. Los dos bandos chillan en español.

Los agentes UPR de la Policía Nacional han tenido que interponerse para evitar un minitraslado a la Avenida Villanueva de Algeciras de la guerra sorda que se libra en el Sáhara.

Y entre tanto, en la Loma Colmenar de Ceuta, por donde se apiñan las tumbas musulmanas que miran al este, en una zona nueva de fosas en lo que fue jardín de una chabola, espera la tumba 4368 al joven Sabir. Las normas sanitarias anticovid se han impuesto a la tradición, y su cuerpo no caerá en tierra, sino en un rectángulo de cemento. Acostado mirando a levante, eso sí. Y alguien pondrá en la arena, por encima, en el lugar de la cabeza, una botella boca abajo de esencia de azahar, como manda la costumbre.

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A lo lejos, el alminar blanco y verde de Sidi Mbarek. Cerca, una carretera transitada por furgonetas. Amín hace de orante entre las tumbas. Es cincuentón, lleva una mascarilla raída y relata que es otro marroquí de los centenares que quedaron atrapados en la ciudad hace un año y dos meses, cuando Marruecos cerró la frontera. Desde entonces se gana la vida echando rezos a cambio de una propina.

 Por los muertos que se traga el mar, como el joven Sabir, canta el religioso Amin una farija: “Alá, el clemente, dueño del día del juicio, dirígenos por el camino recto…”

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