La publicidad, con dos campañas convertidas en fenómeno viral con vistas a las fiestas de Navidad, ha metido el dedo en la llaga. Una marca de licores pensados para la sobremesa ha impulsado a través de las redes, y ahí está parte de la paradoja, la exitosa campaña “Tenemos que vernos más”. Se invita a la audiencia a reflexionar acerca del tiempo que dedicamos a amigos y familiares y a calcular cuántas horas y cuántos días pasaremos junto a ellos hasta el final de nuestras vidas si no cambiamos los hábitos. El sumatorio sorprende, por menguado, y deja a la mayoría entre la insatisfacción y la preocupación al comprobar que, mientras decimos no tener tiempo para quedar con nuestro mejor amigo, sí lo encuentramos para ver series, curiosear en las redes sociales, mirar el móvil o la televisión.


















“La percepción que tenemos del paso del tiempo y las horas que dedicamos a una actividad determinada varía en función de muchos factores y de la naturaleza de la actividad que estemos desarrollando; parte de la clave está en las denominadas ‘células del tiempo’, que están en el hipocampo, una parte del cerebro clave para estructurar la memoria”, destaca Diego Redolar, doctor en Neurociencias (Universitat Autònoma de Barcelona).


“Cada vez somos más conscientes del valor de nuestras horas; surgen apps que nos ayudan a mejorar su gestión”





Si la actividad es placentera y nos entretiene, la percepción del paso del tiempo se hace muy difusa y desaparece la sensación ingrata de estar perdiendo el tiempo e incluso el cansancio o el sueño. Esto explica que pasemos horas y horas seguidas viendo capítulos de una serie sin apenas darnos cuenta, sacrificando horas de descanso y tiempo para la pareja o los hijos. “Cambia la percepción de cansancio cuando estamos sumergidos en una actividad que nos motiva, la propia percepción del paso del tiempo se ve alterada”, añade ­Redolar.







El consumo de entretenimiento audiovisual, pegados a una pantalla en sus múltiples variantes (móvil, televisión, ordenador o tableta), y el tiempo de conexión a la red no han parado de crecer en los últimos años, como lo acreditan múltiples estudios. En paralelo crece también la sensación de que cada vez disponemos de menos tiempo libre. “Es una paradoja, pero está sucediendo, nos quejamos y debatimos de la falta de tiempo, pero nunca antes como sociedad habíamos dedicado tanto tiempo a las pantallas, las series, los videojuegos o las redes sociales”, destaca Manuel Armayones, profesor de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación, especializado en el ámbito de la salud electrónica.




















Una pareja comparte un instante, con el móvil entre ellos
Una pareja comparte un instante, con el móvil entre ellos
(AntonioGuillem / Getty Images/iStockphoto)

¿Realidad o engañosa percepción? Psicólogos, sociólogos, expertos en internet y redes sociales observan desde hace tiempo este fenómeno. Se repiten y se actualizan continuamente los estudios que analizan la gestión del tiempo que dedica cada individuo de media a estar conectado. La obsesión por el tiempo, su uso y gestión se plasma también en nuevas aplicaciones que ofrecen periódicamente datos acerca de las horas que cada usuario dedica diariamente al móvil y a clasificar la atención a los distintos contenidos. Queremos saber cuántos pasos damos cada día y cuántos kilómetros andamos, pero también si vemos más Instagram que Facebook o cuántos minutos (u horas) dedicamos cada día a enviar y recibir watsaps. “Cada vez somos más conscientes del uso y del valor de nuestras horas, de nuestro tiempo; por eso surgen nuevas apps que nos ayudan a mejorar su gestión”, explica Armayones, profesor en la UOC.

La gestión de las horas en el día a día, en lo cotidiano y rutinario, en el ámbito doméstico pero también en el profesional, el uso del tiempo a medio y largo plazo está generando una nueva toma de conciencia. “Después de haber superado una etapa inicial de fascinación ante los cambios tecnológicos ahora nos empezamos a hacer muchas preguntas porque tenemos la sensación de que algo no estamos haciendo bien, crece la tecnopreocupación porque vemos que no vamos bien”, subraya Armayones.




















Pese a la percepción de falta de tiempo para ocio, familia y amigos, no para de crecer el consumo audiovisual





El tema de fondo, el uso del tiempo, finito, del que dispone cada ser humano, sobre todo en los momentos de ocio y entretenimiento, pero también cuando vamos o regresamos del trabajo, cuando estamos en una comida y cuando nos relacionamos físicamente con nuestro entorno. Y cómo el tiempo de conexión a la red y el consumo audiovisual, en sus múltiples formas, nos está arrebatando gran parte del tiempo, la energía y la atención.

“No sólo es una cuestión de tiempo, también de salud, están apareciendo problemas de visión por el elevado número de horas de exposición a las pantallas y dolores de cabeza, y nos replanteamos por qué nos está sucediendo esto. Es una evolución lógica, hemos vivido el boom y ahora llega la reflexión”, explica la antropóloga Trina Milan, experta en innovación y nuevas tecnologías. Milan sostiene que pasamos la mayor parte del tiempo conectados sin que sea una acción voluntaria. “Ya no podemos desconectar, la mayoría de los servicios están vinculados al móvil y a la red; no podemos aparecer en la Seguridad Social sin haber pedido antes cita previa en internet o desconectar de Hacienda; hasta mi lavadora está ahora conectada a la red”, ejemplifica Milan.


















“Parte de la sociedad se siente decepcionada con el uso de la tecnología porque pensaba que le permitiría tener más tiempo libre y observa que ha pasado justo lo contrario. No hay horarios de trabajo porque el trabajo nos entra por múltiples canales, estamos siempre conectados, contestando mensajes de WhatsApp o correos a horas intempestivas”, subraya Armayones. “La parte de desconexión que podemos hacer de forma consciente cada vez es más pequeña, aunque la percepción pueda ser otra. Y la franja automática de conexión no para de crecer porque la máquina no te pregunta si quieres conectarte o no”, añade Milan.

La publicidad está incidiendo justamente en la parte que sí está, al menos aparentemente, en nuestras manos, la que dedicamos al tiempo de ocio. Ikea acaba de retar a la audiencia a desconectar para volver a conectar, con un anuncio en forma de concurso televisivo, otra paradoja, que pone en evidencia a sus participantes: conocen mejor lo que sucede en las redes que a sus madres, parejas, hijos o abuelos. De nuevo pantallas y mundo digital frente a lo que vivimos físicamente sin necesidad de estar conectados.

La conclusión de los publicitarios es que existen maneras de cambiarlo y que podemos empezar el reto esta Navidad, mirando menos la pantalla del móvil, el televisor o la tableta, para hablar más y conocernos mejor.


















El éxito de estas campañas, todas audiovisuales, virales gracias al pantalla a pantalla contagiado por las redes sociales, a golpe de emoción, se fundamenta en un debate que se está acelerando en la sociedad más hiper-conectada tecnológicamente de la historia.

El tiempo, prevén los expertos, tendrá en un futuro nada lejano mayor valor porque la sociedad será cada vez más consciente de que se trata de un recurso escaso y estratégico para las empresas, sean tecnológicas o no. “Entenderemos nuestro tiempo libre como una moneda, se producirá una mayor monetización del tiempo, la gente preferirá pagar un dinero a darte su tiempo. En el momento en que nos genere un conflicto esta nueva realidad, del uso inconsciente de las pantallas, nos plantearemos qué pasa, porque hasta ahora los únicos conflictos que se están generando son aquellos en los que utilizamos las pantallas de forma consciente”, pronostica Milan.

La percepción del paso del tiempo no es igual en un niño, un adolescente o una persona mayor y la explicación está también, en gran parte, en el cerebro. “Las células del tiempo funcionan de distinta forma con la edad porque tienen una plasticidad muy elevada. El hipocampo degenera más rápido, y la percepción del paso del tiempo cambia”, razona el doctor Redolar. Lo que explica que al hacernos mayores tengamos cada vez más la percepción de que el tiempo pasa más rápidamente y que, al contrario, para un niño el tiempo pase lentamente, especialmente si no lo está pasando bien.




















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