La gente se pasa la vida con lo último en la boca. Pero yo he recorrido Barcelona de parte a parte mil veces y jamás me he sentido más a gusto que en esas tascas abiertas desde que Franco era corneta. A menudo lo viejo atrae a lo joven: eso pretendo explicarte. Bueno, ya desvarío y ni siquiera hemos tomado una.

Mientras nos ponen la primera en La Ravala (La Lluna, 1), ese nuevo templo viejoven ubicado en una peculiar esquina de Ciutat Vella, te concreto de qué va esto. Se trata de echar unas rondas por esos bares viejos que parecerían destinados únicamente al repiqueteo de las fichas de dominó a la hora de la siesta, pero que por lo que sea conservan ese extraño fluido que hace que se peten de tropa joven, especialmente las noches del fin de semana.

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Por ejemplo, cualquier viernes o sábado puedes salir de mirar discos por Riera Baixa y encontrarte un ambiente caldeadito y contagioso en La Ravala. Grupos animados de veinte y treintañeros, que se aprietan entre las mesas y la barra, siempre dispuestos a pedir otra ronda, con tendencia a la risa y al ligoteo, en un jolgorio que se termina de coser entre la música enrollada, la inconmensurable simpatía del personal y esas graciosas banderolas con figuras del flamenco que ondean por el techo. Por si fuera poco, tienen unas tortillas de órdago para parar el golpe. Uno de esos bares donde cada gesto alcanza la categoría de pequeño ritual, desde hacer cola para el lavabo conociendo gente y charlando con la entrepierna apretada, a pedir fuego cuando sales a fumar a la puerta.  En voz baja, que ya sabes, los vecinos.

Hablando de liturgias, si te parece encaramos ya Joaquín Costa. Este nervio del Raval más gentrificado suma cada año alguna nueva coctelería cool, pero para nosotros la apuesta segura siempre ha sido Olimpic Bar (Joaquín Costa, 25B). El rayo tractor que desprende su viejo cartel de anillas olímpicas, rodeado de un tubo de luz sin pretensiones, siempre consigue abducirnos hasta bien adentro de su galaxia retro. Si no has estado nunca en Olimpic, es que acabas de llegar a la ciudad. Y si acabas de llegar a la ciudad, es probable que entres a Olimpic y no salgas nunca.

El sitio es tan viejo que nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo está abierto. La última reforma debió de hacerse antes del 92. Por lo demás, el garito es tan especial que no le hace falta nada especial. A Eric y Jimena, sus últimos revitalizadores, les bastó con poner unas bombillas rojas sobre la barra de inox, dejar encendido un proyector para que el más despistado se encandile viendo a Flash Gordon luchar a ritmo de Pulp, y rematar la decoración kitsch con colores vivos, unas butacas para confidencias a la entrada, el gran sofá del fondo y algunos reflejos de luz titilando en la pared. La vida pasa, y Olimpic Bar se sigue reventando cada fin de semana con bebedores solitarios, parejas intensas y cualquier grupo de estudiantes, guiris, freaks y modernos en busca de un nido.

LO+

Siempre están ahí.

LO-

A veces, cuesta salir.

Vamos a andar un poco y nos aireamos. De pasada saludamos al tipo que lleva ahora La Masia (Elisabets, 16), otro fortín irredento de lo antiguo hecho moderno. Subiendo atravesamos el Eixample, un octágono de las Bermudas de bares pijos y nuevas propuestas, que pese a todo conserva algunos viejos mesones que se vuelven hervideros nocturnos de hípsters y púberes. A ti te molará el lavado de cara cuqui que le han hecho a un clásico como Casa Jaime (Consell de Cent, 222), porque eres víctima del moderno desalmado. A mí me duele un poco, aunque es verdad que se está bien en ese rollo entre lounge y bodega. Otro fortín es Cal Barrera (Enric Granados, 56), con su terraza a rebosar de jarras enormes y chavalada de instituto. Llevamos unas cuantas y ya te veo esos párpados de Garfield. Pero calma, ya casi estamos en Gràcia.

Birras a precio de ganga

De camino encontramos Bar Roure (Luis Antúnez, 7), mesas de toda la vida y gran prosapia en el servicio, más un bullicio totalmente actual. Algo parecido pasa en Bar Bodega Quimet (Vic, 23) y en esa maravillosa estampida de modernos buscando crushes de Tinder frente a la puerta de ese paraíso atemporal que es Bodega Marín (Milà i Fontanals, 72). La última parada la podemos hacer en el Pietro (Travessera de Gràcia, 197), donde el uso de codos y la invasión de acera son casi reglamentarios. Difícil pillar taburete en este refugio en medio de Gràcia, donde la birra a precio de ganga solivianta por igual a nuevos tunantes y ligones talluditos, y prepondera el griterío, el entusiasmo y las miradas confiadas. En realidad, yo pongo nombres, pero tú ya conoces tus viejos bares con nuevos fulgores. Cierran la persiana. No te preocupes. Aquí hay confi. Son de toda la vida.  

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