• Estamos ante otra refundación del capitalismo que impulsa un nuevo reparto de tareas entre estado y empresas

No estas al día si no introduces en tu conversación palabras como stakeholders, ODS, impacto, ESG, intangibles o, incluso, multicapitalismo. Y no es una moda, sino una descripción (un ‘relato’) del nuevo modelo económico global que se está imponiendo en el mundo de hoy. Hablo de una corriente revisionista que viene impulsada desde el Foro de Davos (‘Stakeholders Capitalism’, Klaus Schawab); el Business Roundtable (las 180 mayores corporaciones norteamericanas); o el Global Steering Group for Impact Investment, (‘Impact’, Sir Ronald Cohen) cuya sección española es el Spainnab.

Una de las características más reseñables del sistema capitalista ha sido su elevada capacidad de transformación, adaptación o resiliencia, que ha dejado en muy mal lugar a los sucesivos apóstoles de su inevitable «crisis y derrumbe final» como consecuencia de sus «insolubles contradicciones internas». Y no me refiero solo a los marxistas escolásticos. Alguien tan alejado de esta ideología como Schumpeter, se preguntó en 1942 si podría sobrevivir el capitalismo y su respuesta, en un libro clásico, fue que no lo creía posible ya que moriría fruto de su propio éxito al no ser capaz de satisfacer las expectativas que había creado.

Carlos Marx, en su obra canónica ‘El Capital’ (I tomo 1867) definió el capitalismo industrial frente al feudalismo agrícola, como un sistema basado en cuatro pilares: propiedad privada de los medios de producción; obtención del mayor lucro privado posible, como objetivo y la competencia de mercado como método y, por último, la transformación de la fuerza de trabajo en una mercancía más, propiedad de los trabajadores, que se compra y se vende en el mercado.

A principios del siglo XX, tanto Sombart como Weber definieron lo que llamaron «el capitalismo moderno» como aquel que incluye normas y principios éticos que otorgan legitimidad a buscar el lucro privado y ello le hacía diferente al anterior capitalismo «aventurero». En 1910, es un marxista, Hlferding, quien habla del nuevo «capitalismo financiero» al incluir el crédito en las ecuaciones de inversión y consumo lo que otorga un peso extraordinario a los bancos en la economía e, incluso, en la propiedad de las empresas.

Sobre esta idea, en 1916 Lenin escribe sobre ‘El imperialismo, fase superior del capitalismo’ como la nueva etapa en la que la dinámica competitiva del mercado acaba en fuertes oligopolios que se expanden por el mundo buscando mercados, beneficios y materias primas.

El éxito de la revolución rusa (1917) y la crisis de 1929 parecían darle la razón a quienes venían pronosticando el fin del capitalismo. Tuvimos que esperar al final de la II Guerra Mundial y a la posterior guerra fría entre bloques, para entrar en otra fase del capitalismo basado en las doctrinas de Keynes y con el ejemplo adelantado de lo que representó el llamado ‘New Deal’ del presidente Roosevelt que utilizó en los treinta el estado como instrumento económico y social para contrarrestar los problemas derivados de la inestabilidad intrínseca a un sistema económico de capitalismo liberal basado en la decisión individual de miles y miles de agentes económicos que, de manera cíclica, no cuadran entre sí y provocan crisis periódicas.

Fue el Estado de Bienestar, también llamado capitalismo social de mercado e, incluso, neo capitalismo. Y respondió a una doble necesidad: la generalización de la producción en serie, que obligó a mejorar el poder adquisitivo de los trabajadores para potenciar un mercado interno de consumo, y una operación política para integrar a la clase obrera ofreciendo un nuevo capitalismo donde se cumplieran muchas de sus aspiraciones para apartarla de la tentación de un comunismo representado por la URSS, que entonces, todavía parecía atractivo. Sobre estas premisas, se efectuó el mayor y más exitoso pacto social y político entorno a dos principios comunes: crecer y repartir. 

Para ello, se potenciaba el papel de los sindicatos en la negociación de las condiciones de trabajo, incluyendo los salarios (predistribución) y luego se delegó en el Estado la responsabilidad de regular la actividad económica para suplir los llamados «fallos del mercado»; el poner en pie tres seguros colectivos públicos (sanidad, desempleo, vejez) y asegurar la igualdad de oportunidades utilizando los instrumentos de la redistribución de renta (impuestos progresivos, inversión pública en educación). Dentro de ese pacto social, la responsabilidad de las empresas era crear empleo de calidad y pagar impuestos en el país, por tanto, tenía sentido defender la idea de «empresas de shareholders» cuyo único objetivo era, como dijo Friedman, maximizar el beneficio para los accionistas.

En paralelo con las iniciativas demócratas en EEUU, de la New Frontier (Kennedy) y la Great Society (Johnson), representa uno de los periodos más largos y brillantes de la evolución social, aunque limitado a los países desarrollados, menos de un tercio de la población mundial que, además, disfrutaban de un sistema democrático.

Globalización

Quizá por los excesos cometidos después de casi cuarenta años, en el tramo final de los años 70 del siglo pasado empezó a imponerse, con Reagan y Thatcher una contrarrevolución neoliberal, llamado por algunos retrocapitalismo, que pretendía acabar con el modelo de bienestar. Para ello, se dinamitó tres de sus piezas esenciales: se debilitó a los sindicatos, se redujo el papel del Estado (desregulación y privatizaciones) y se desmontó el sistema progresivo de impuestos directos sobre las rentas del trabajo, del capital y los beneficios de las empresas como modo de ir reduciendo el gasto público («el Estado es el problema», llegó a decir Reagan).

Junto a ello se impulsó una globalización que permitía deslocalizar geográficamente la producción y, a ricos y empresas, el pago de impuestos. Todo ello, acabó conduciendo a la crisis financiera de 2008, a la crisis climática y al auge del populismo como reacción al debilitamiento del papel protector del Estado nacional y a una globalización que reducía empleos de calidad en el primer mundo y, con ello, incrementa una desigualdad que atasca el ascensor social y frustra las expectativas de los jóvenes.

En esta situación de desánimo social, con los riesgos que ello conlleva en términos de revueltas y deterioro de la democracia, surge el nuevo movimiento de «stakeholder capitalism» que, yendo mucho más lejos que las teorías sobre la responsabilidad social corporativa, impulsa un nuevo reparto de tareas entre estado y empresas, en las responsabilidades de cada uno ante los problemas sociales en el nuevo contexto global. Un nuevo enfoque que asume la existencia simultánea de «fallos de mercado» y de «fallos del estado» para focalizar las tareas de lo público en la regulación y el control, mientras deriva hacia las empresas globales una parte de las tareas relacionadas con mantener la cohesión social y combatir el cambio climático.

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De acuerdo con ello, las empresas deben tener beneficios, porque si no, desaparecen, pero su objetivo, explicitado en su propósito, es integrar los intereses de todos sus stakeholders: accionistas, trabajadores, clientes, proveedores y sociedad en general.

Estamos, pues, ante otra refundación del capitalismo, basada en dos premisas (según Ronald Cohen): superar viejos antagonismos para alinear a las empresas y al estado trabajando en armonía y alinear la obtención del beneficio privado con el respeto al medio ambiente y el compromiso con los beneficios sociales medibles de sus acciones de impacto.

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