Tras el fallecimiento de sus progenitores, la antiheroína de ‘Mi año de descanso y relajación’ -una chica de 26 años guapa, rubia, delgada, con un aire a Kate Moss– cuelga su trabajo como galerista y se dispone a pasar un año entero de letargo narcótico en su apartamento de Manhattan, en el Upper East Side, viendo películas de Whoopi Goldberg e Indiana Jones. Tiene dinero de sobras para hacerlo y mucho asco mundanal encima. «Me duchaba una vez a la semana como mucho […] Nada de afeitarme las piernas», dice la protagonista sin nombre, otra chica rarita como la criatura de su anterior novela, ‘Mi nombre era Eileen’ (Alfaguara, 2017), premio PEN/Hemingway al mejor debut literario en 2016. Con una frescura muy de agradecer, la autora se esfuerza en construir personajes femeninos incómodos y escasamente convencionales. En la obra más conocida de Iván Goncharov, ‘Oblómov’, una sátira contra el inmovilismo de la nobleza zarista publicada por entregas en 1859, un joven aristócrata ruso se encierra en su habitación a ver pasar la vida, por cuanto es incapaz de hacer algo útil con ella. Envuelto en un batín raído, Iliá Oblómov bosteza y dormita en el diván. Hace tiempo que el mundo y sus enredos han dejado de interesarle, y no es hasta bien avanzado el libro cuando decide levantarse por vez primera de la cama; es su forma de rebelión. Pues bien, de un presupuesto parecido arranca la nueva novela de la norteamericana Otessa Moshfegh (Boston, 1981), un nombre exótico que responde a sus orígenes croatas e iranís.

Cóctel para la hibernación 

En este caso, la protagonista apenas interactúa con otros seres humanos durante la hibernación química, salvo con Reva, una amiga bulímica que compra bolsos falsificados para aparentar estatus, y con una psiquiatra desquiciada, quien le receta somníferos y ansiolíticos como si fueran gominolas. «De vuelta a mi casa, planeé combinaciones de pastillas que confiaba en que me anestesiaran. Zolpidem más Placidyl más Bisolgrip. Fenobarbital más Zolpidem más Ilvico. Quería un cóctel que me frenara la imaginación y me indujese un sueño profundo, aburrido, inerte. […] Nembutal más Orfidal más Benadryl». Y así, durante páginas y páginas. Un hermoso pez atrapado en un estanque de sopor, dando vueltas y más vueltas al hastío. Aquí y allá, pinceladas hirientes sobre las desigualdades de género.

El personaje emerge de la galbana el 1 de junio de 2001-atención a la fecha- con una conciencia renovada, para la que tal vez no era necesaria tanta siesta. «Había bondad. El dolor no es la única piedra de toque del crecimiento, me dije a mí misma. El sueño había funcionado. Estaba ablandada y tranquila y sentía cosas». Los acontecimientos avanzan hacia el atentado contra las Torres Gemelas, en un golpe de efecto que acaba de dar sentido a esta fábula moderna sobre el tedio.

Aunque el libro se resiente de la falta de pulso narrativo -en realidad, no hay nada dramático en juego-, el lector sigue enganchado al juego del adormilamiento por la habilidad innata de Moshfegh para la frase ingeniosa, para el disparo cáustico de francotirador, para el retrato social corrosivo. Una empresa harto difícil, sin trama ni grandes zambullidas en la psique de los personajes, de la que, sin embargo, la autora sale airosa. En una apuesta de riesgo, ha construido una voz espléndida.

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