• El ayuntamiento ultima la rehabilitación de los últimos cinco grandes equipamientos pendientes: Horta, Sant Andreu, Abaceria, Montserrat y Besòs

  • La capital catalana es una de las ciudades que más y mejor ha conservado el patrimonio de sus espacios dedicados a la alimentación

Los mercados de Barcelona son la envidia de media Europa. Tal cual. Lo son sobre todo porque están. Vamos, que Barcelona fue una ciudad tardía en cuestión de construir mercados cubiertos, pero a la vez es de las pocas que ha sabido conservar este patrimonio, cultural y arquitectónico, mantenerlo y modernizarlo. Es más, se ha servido de ellos para reconvertir el comercio de proximidad en los barrios y contener el oligopolio comercial de las grandes superficies.

No en vano, en materia de mercados, la capital catalana siempre ha ido al revés de sus correligionarias europeas. Mientras, en la mitad del siglo XIX, en Francia o Inglaterra se construían grandes estructuras de hierro y cristal para cobijar las ferias callejeras; aquí no se levantaron las dos primeras hasta 1876 y 1882, el Born y Sant Antoni, respectivamente. Y cuando en el siglo XX, las nuevas formas de consumo acabaron con el sistema de mercados en los principales países europeos y con parte de su patrimonio arquitectónico (especialmente sangrante fue la demolición de Les Halles de París en 1971), aquí se iban abriendo nuevas instalaciones (26 entre 1939 y 1977) y manteniendo las existentes.

Así hasta la actualidad, con 39 mercados alimentarios repartidos por los 73 barrios barceloneses en pleno funcionamiento. Llegar hasta aquí -67 millones de visitantes anuales en tiempos prepandémicos- no ha sido fácil. En los 80, los equipamientos iban de bajada. Sobrevivían pero poco más. La solución llegó, en 1991, con la creación del Institut Municipal de Mercats de Barcelona (IMMB), una colaboración público-privada de gestión entre ayuntamiento y paradistas. Lo hecho ha sido (y es) modernizar todos los equipamientos y mantenerlos como amalgama de barrio. El resultado es el llamado ‘modelo Barcelona’. Si no envidiado, sí estudiado y reconocido por muchos municipios. Y el resultado es, también, una paradoja: siendo Barcelona una de las últimas ciudades europeas en subirse al carro de las lonjas cubiertas, es de las que mejor ha mantenido su legado arquitectónico. Ahí están los 12 edificios con entrada propia en el catálogo patrimonial de la ciudad. 

De lo pétreo a lo digital

Todos rehabilitados. Pues lo más vistoso, que no lo único, llevado a cabo por el IMMB es la transformación de los mercados. Una tarea que se halla en la recta final: “Las grandes transformaciones de piedra ya se han acabado; a partir de ahora las grandes transformaciones serán digitales”, asegura Montserrat Ballarín, concejala de Comercio. Y habrá mantenimiento, por supuesto. Casi 23 millones de euros presupuestados hasta 2023 para mantener la red de mercados en condiciones. “Una cantidad importante. Significa que uno de cuatro euros que se invierten se destinan a mantener unos estándares de calidad en todos los mercados, se hayan o no transformado, a partir de 300 indicadores que todos los equipamientos deben alcanzar”, indica Ballarín.

Pero aún hay proyectos de envergadura en marcha, como el presentado este agosto: el nuevo Mercat d’Horta. Una rehabilitación con innovación. La estructura de madera de 1.400 metros cuadrados que alojará provisionalmente el intercambio comercial mientras se rehabilita el edificio original, uno de los 12 catalogados, tiene vocación de permanencia. Así, cuando acabe su función primigenia no se desmontará, se integrará en la zona verde que la acoge y se le dará un nuevo uso. Algo imposible de hacer en las otras dos carpas provisionales que ahora sustituyen a otros tantos mercados en transformación integral: el de la Abaceria y el de Sant Andreu. La primera, ocupando la parte superior del paseo de Sant Joan; la segunda, constreñida en la calle de Sant Adrià. Hay un cuarto mercado patas arriba, el de Montserrat, pero este no necesita espacio provisional porque se ubicará en una nueva construcción. 

Pese a la innovación de la estructura provisional con vocación de permanencia en Horta, las rehabilitaciones actuales no son las más vistosas ni sus edificios los más patrimoniales. El palmarés de espectacularidad se lo disputan las transformaciones de Santa Caterina y Sant Antoni (el Born y los Encants no entran en la categoría de mercados alimentarios). El de la Ribera goza el reconocimiento de ser el primero que se cubrió en la ciudad (1844) y de haberse cimentado sobre lo que había sido el convento de Santa Caterina (quemado durante la bullanga de San Jaime de 1835), pero ninguno de los dos hechos son méritos suficientes para tener entrada propia en el catálogo. Sí la tiene Sant Antoni, representante junto al Born, de las grandes arquitecturas de hierro y cristal del siglo XIX levantado justo donde Idelfons Cerdà lo previó.  A este le basta su monumentalidad para ser admirado; el de Santa Caterina tiene en su haber la cubierta más fotografiada de la ciudad y la firma del último gran arquitecto contemporáneo catalán: Enric Miralles, aunque tras su muerte -en el año 2000- la reforma la terminó su esposa, la también arquitecta Benedetta Tagliabue.  

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Intervenciones quirúrgicas

La Concepció y Hostafracs comparten catalogación, tipología arquitectónica y autoría, Antoni Rovira i Trías, con Sant Antoni pero no su monumentalidad. No anda lejos el de la Llibertat, también levantado según la llamada arquitectura de hierro y cristal pero con otra firma, la de Miquel Pascual Tintorer, nombre quizá poco conocido pero con un edifico salido de su lápiz, la Casa Burés, ejemplo de esplendor modernista de la derecha del Eixample. Completan la lista de mercados protegidos Sants, Sarrià, Galvany, Ninot, Poblenou y Clot.  Y, por supuesto, la Boqueria, aunque su patrimonio es más inmaterial que material. Como el de Santa Caterina debe su ubicación a la bullanga de 1835 y a la quema del convento de Sant Josep. En el solar, en un inicio, se proyectó una gran plaza porticada con jardines y fuentes que aspiraba a ser la más grande de Barcelona. Al final, acabó albergando primero de forma provisional y después de forma definitiva los puestos de venta de la Rambla. Pero el mercado de mercados de Barcelona es uno de los grandes que no se ha transformado integralmente. Imposible cerrarlo y trasladar los puestos a un emplazamiento provisional. Así que ha ido sufriendo numerosas intervenciones quirúrgicas para modernizarlo. La próxima, cambiarle el suelo.

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