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No hay que quedarse en el reguetón de ‘Medellín’, el primer adelanto del disco, semanas atrás, a dúo con Maluma, para hacerse una idea del nuevo trabajo de Madonna. Si sus discos suelen ser caleidoscópicos, ‘Madame X’ lo es más si cabe, y multiplica su imagen con renovada inquietud. Madonna, una vez más, sin mostrar signos de derrota ni de acomodo, empeñada en seguir capturando el mensaje que dictan los tiempos y convertirlo en un extravagante producto pop.

‘Madame X’ es su primer disco en cuatro años, tras la obra menor que fue ‘Rebel heart’ (2015), y llega 37 años después del primer ‘single’, aquel ‘Everybody’ que la catapultó como ‘pin up’ supuestamente efímera. Su enésima reinvención llega a través de un personaje, esta Madame X, que presenta como una agente secreta que viaja por el mundo cambiando su identidad y luchando por la libertad. Enunciado ampuloso, pero a la altura de un contenido atrevido. La proyección transcultural es un trazo del álbum, inhabitual, aunque cada vez menos, en una estrella anglosajona: Madonna canta en español y en portugués, e incorpora a su mundo ritmos tropicales supuestamente asimilados a partir de su última residencia en Lisboa, ciudad entendida como mirador a África y las Américas.

Introspección barroca

El fado se insinúa en una de las canciones, ‘Killers who are partying’, que maneja ecos de guitarras portuguesas y ‘beats’ rotos en una dinámica melancólica. Porque ‘Madame X’ combina el descaro y la introspección, y junto con las bombas rítmicas más estridentes dispone la mayor cantidad de claroscuros y de secuencias enrarecidas que podemos recordar en un disco de Madonna. Canciones como la que toma el relevo de ‘Medellín’ en el arranque del álbum, ese ‘Dark ballet’ con piano de ensueño y quiebros barrocos, o la orquestada ‘Looking for mercy’. En otra dirección, la Madonna más mundialista, tirando de reggae en ‘Future’ (dueto con Quavo, miembro de Migos), abriéndose paso entre polirritmos tribales delirantes en ‘Batuka’, coqueteando con el angoleño kuduro y el carnaval carioca en la invasiva ‘Faz gostoso’ (con la brasileña Anitta). Ahí están los registros más sorprendentes (añadamos la segunda cita con Maluma, ‘Bitch I’m loca’), en contraste con los encuadres ‘dance’ más clásicos de ‘God control’ y ‘I don’t search I find’, celebración house bajo la bola de espejos.

Cada canción es un mundo y permite su consumo aislado, tan propio de los hábitos modernos, si bien ‘Madame X’ presenta una viscosa amalgama unitaria en la que la microelectrónica y los ritmos del sur, los climas envolventes y los estribillos obsesivos, se funden sin fracturas internas. Con la ayuda, de nuevo, de Mirwais y de cómplices modernos como Diplo y Billboard, Madonna entra en la sesentena con un nuevo impulso, poniendo un sello propio y excéntrico a un pop en transformación.

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El excantante de Jane’s Addiction regresa rearmado en su primer disco en solitario en 18 años, una producción de Tony Visconti (Bowie) que funde impetuosos acentos glam-rock con orquestaciones y brotes electrónicos. Farrell desatado y entre amigos, junto a miembros de Smashing Pumkins, Soundgarden o The Cars.Jordi Bianciotto.

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El ‘beatmaker’ $kyhook ha reunido en ‘Moonchies’, un álbum desde ya de culto, a buena parte de la escena urbana española. Un total de 19 artistas ponen voz a las 13 canciones con toques futuristas creadas por este productor zaragozano afincado en Barcelona. Destacan las colaboraciones de Soto Asa, Israel B, MC Buseta, Yung Beef, Sticky M. A., Erik Urbano o la flamenca Maria José LlergoIgnasi Fortuny.

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El concepto es cuando menos complicado -canciones para curar distintas partes del cuerpo- y la música no se queda corta: arreglos sumptuosos, cadencias a la Prince, el aire de misterio de Joni Mitchell… Y aunque tras una hora larga empacha, la ambiciosa visión artística de Spalding da algunos frutos realmente asombrosos. Roger Roca.

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En su segundo álbum como YohunaJohanne Swanson salta del synth-pop a un sutil ‘shoegazing’ con añadidos clásicos (cuerdas, arpa), y de la ansiedad a algo que se parece a la serenidad. Se parece. Bajo su aparente dulzura, la gloriosa ‘Dead to me’ es un rabioso rechazo de la paz. No hay canción mala, solo buenas y eso, gloriosas. Juan Manuel Freire.

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