Las hermanas Bruna y Maria Fontanarossa no abren la puerta a a nadie, porque tienen miedo de en lo que se ha convertido el mundo. Se refugian en su casa, una antigua construcción de dos espacios que han reformado para vivir cómodamente, con calefacción y agua corriente. Pero no siempre fue así. “Mi madre bajaba a buscar agua a la fuente. Era una vida muy sacrificada”, recuerda la señora Bruna, de 86 años. Su hermana Maria, de 88, apenas habla y va en silla de ruedas. Viven solas y se niegan a abandonar la casa donde nacieron.

Las dos ancianas son las últimas que quedan de los que nacieron en las casas construidas en las rocas de los Sassi de Matera, literalmente excavadas en la piedra. Durante siglos, los habitantes de esta localidad en la sureña región italiana de Basilicata vivieron en estas construcciones, donde la insalubridad y las enfermedades favorecieron una alta mortalidad.


















Aquí moriremos”, prometen.

En los años cincuenta todavía 15.000 personas vivían en los Sassi. Las familias numerosas utilizaban cajones para que los niños durmieran, y tenían las gallinas debajo de la cama. Los cerdos o caballos compartían la misma habitación que los pobres campesinos de Matera. Así lo describió el artista y escritor Carlo Levi, que fue desterrado en la comarca durante el fascismo, en sus memorias, Cristo se detuvo en Éboli (1945).


Matera

El Gobierno mandó reubicar a todos los habitantes de la zona en 1952, pero ellas se quedaron





“Son grutas excavadas en la pared de arcilla endurecida por el barranco… Las calles son a la vez suelos para quien sale de las habitaciones de encima y tejados para los de abajo… Las puertas estaban abiertas por el calor, yo miraba mientras pasaba: y veía que el interior de las grutas no tenía otra luz y aire sino el de la puerta. Algunas no tienen ni siquiera eso, se entra por arriba, entre trampillas y escaleras”, escribió Levi. Luego, el histórico comunista Palmiro Togliatti tachó a Matera de “vergüenza nacional”, un apelativo que todavía pesa sobre los más mayores, y el entonces primer ministro Alcide De Gasperi ordenó en 1952 reubicar a los habitantes de los Sassi en edificios en la ciudad nueva. Todos se marcharon, excepto las hermanas Fontanarossa.







“Se fueron porque tenían casas feas. La nuestra era bonita”, asegura Bruna, ayudada por su vecina, Nina, que ha venido con unos familiares para comer el domingo. “Ellas se sentían muy apegadas a sus pertenencias, las cómodas, los muebles de sus padres. Si se hubieran ido los habrían tenido que dejar, y se quedaron aquí”, explica.


Las casas de  los Sassi de Matera  fueron excavadas en las piedras
Las casas de los Sassi de Matera fueron excavadas en las piedras
(ermess / Getty Images/iStockphoto)

















Cuando se quedaron solas, siguieron trabajando los campos. Hasta hace siete años todavía iban a recoger aceitunas, pero ahora pagan a un campesino para que trabaje el terreno. Ganaron un poco de dinero con la venta del establo, que ahora es una casa para el turismo, como muchos de los antiguos habitáculos de estas calles rocosas de Matera. También vendieron el carro y compraron el televisor. Al principio se peleaban por el mando, pero ahora no. “Sólo dan noticias feas”, asienten refiriéndose a la muerte de más de cien personas en el Mediterráneo de este fin de semana.

Pese a su avanzada edad, las señoras Fontanarossa siguen bebiendo vino y comen tarta rellena de mermelada todas las semanas. Duermen juntas en la única habitación de la casa, donde exponen los retratos de sus padres y de sus dos hermanos, que ya están muertos. Lo que ahora es un desván antes era el granero. De Carlo Levi no se acuerdan, pero sí de la guerra. “Nos llevábamos pan para escondernos en las grutas de la casa de la abuela”, dicen. En un reportaje sobre Matera, el alcalde contó a The New York Times que eran las últimas de los Sassi. Cuando se enteran, las señoras Fontanarossa se abrazan con su vecina. “¡En América!”, repiten emocionadas. “Hemos llegado a América, ¡y ahora también a Barcelona!”. Ellas nunca han salido de la provincia. Ni siquiera han ido a Bari, a una hora en coche.


















Desde el sábado, Matera es por un año la Capital Europea de la Cultura. Las Fontanarossa son el testigo de cuánto ha cambiado esta ciudad. Ahora el 70% de los Sassi pertenece al Estado, son patrimonio de la humanidad por la Unesco, y Matera ya no es “la vergüenza” de Italia, sino un orgullo europeo.




















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