Desde que en 1973 se estrenó ‘Juan Salvador Gaviota’, película que por fortuna ninguna cadena decide incluir nunca en su parrilla de programación, la relación de los barceloneses con la ‘Larus michahellis’, o sea, la gaviota patiamarilla o simplemente la gaviota del terrado para el ciudadano común poco puesto en cuestiones ornitológicas, ha sido una cuesta abajo de animadversión, tirria y asco de la que aún no se conoce el final. El último episodio se ha escrito esta semana. Los responsables de los cementerios municipales recomiendan ir a presentar los respetos al familiar difunto con un paraguas en la mano. Si es con motivo de un funeral, mejor abierto. Muchos antes de rodar ‘Los pájaros’, película por supuesto referencial si de gaviotas malcaradas se trata, Alfred Hitchcock rodó ‘Enviado especial’, célebre por una escena de paraguas. En tiempos de sequía informativa, vamos, años ha, esta ensalada de detalles habría sido una serpiente periodística de verano, un tema sin fin. ¿Hay para tanto?

Sufrí el ataque de una gaviota el pasado 16 mayo. Primero pasó rozándome. Luego me sobrevoló. Me golpeó dos veces. Defecó en mi cabeza”. La carta de Ángela Barriuso, lectora del diario, llegó a la redacción horas después de que se viralizara, casi como un chiste, la recomendación de la dirección de los cementerios municipales. Podrá parecer que no hay nada más humillante que ese ataque escatológico final. Pues lo hay. La gaviota, continúa Barriuso en su relato, terminó por posarse en la cornisa de un nicho y le clavó la mirada. Sin exagerar (bueno, un poco, sí), por la forma de los ojos y el amarillo de la esclerótica, las gaviotas patiamarillas tienen una mirada algo diabólica.

Los nidos de la Modelo

Este tipo de incidentes, por lo que parece, son la sal de la sección de cartas al director en mayo y junio de cada año desde hace una década. Hace un mes, en la competencia, Ángel Martín Gracia, se vio como Tippi Hedren cuando fue con su familia al panteón familiar. “Desde lo alto de las cruces de los mausoleos, un grupo de gaviotas nos miraba de forma inquietante y nos amenazaban con graznidos”. Una de ella terminó por darle un picotazo en la cabeza que le abrió una herida sangrante. Ha sido esta semana saltar a las redes el consejo de los paraguas y, como si fuera un embalse que abre compuertas, parece como si todo el mundo tenga una agresión que contar, al tender la ropa o, como le ocurre, parece, a los vecinos de la antigua Modelo, que desde que a causa de las obras las gaviotas del panóptico se han quedado sin las comodidades que aquel tejado les ofrecía para anidar.

Lo preguntado antes. ¿Hay para tanto? A la vista de lo denunciado, nada mejor que consultar a dos ‘gaviotólogos’ de largo recorrido, Sergi Garcia, miembro de la solvente asociación Galanthus Natura, y Joan Navarro, quien a través del Institut de Ciències del Mar del CSIC pilotó en 2018 un interesantísimo trabajo de seguimiento de 60 gaviotas de Barcelona, que permitió constatar que esta especie oportunista había pasado de alimentarse preferentemente de los descartes de los barcos pesqueros a hacerlo de los descartes turísticos o, dicho de otro modo, de todo ese ‘fast food’ que termina en el suelo de las zonas más visitadas de la ciudad y, también, de los patios de las escuelas cuando los niños regresan a clase después de desayunar.

Y, además, ‘okupas’

Hace ahora 40 años, recuerda Navarro, fue toda una sorpresa que una pareja de gaviotas patiamarillas anidara por primera vez en el el casco urbano de Barcelona. Pasados 40 años, explica Garcia, no dejan de sorprender. Hace poco en Galanthus descubrieron que una de las cajas instaladas para que la saga de halcones de Barcelona siga creciendo había sido ocupada por un matrimonio de ‘Larus michahellis’, lo cual es un problemón, porque si algo distingue a esta especie es la estricta monogamia con la que transcurre su edad fértil, y visto que viven entre 20 y 25 años, ese hogar no será desocupado hasta mitad del siglo XXI.

La pregunta, claro está, es cómo se manejan este par de investigadores de campo cuando visitan las colonias de gaviotas patiamarillas. Las asustan con la mano o, mejor aún, agitando un palo. Todo se resume a un problema de actitud. Las gaviotas, aunque están en la cima de la cadena trófica de los aires (no tienen depredadores), son un peso pluma (nunca tan bien dicho) al lado del peso pesado humano. En la literatura científica solo hay constancia de un certificado y tremebundo caso de ataque de gaviotas con letales consecuencias. Murieron los cuatro miembros de una familia. Fue un suceso que parcialmente inspiró a Hitchcock para rodar ‘Los pájaros’. Entre 100 y 300 gaviotas se comportaron durante unos días en la costa este de Estados Unidos cual ángeles del infierno. Un equipo de la Universidad de Luisiana terminó por resolver el enigma años más tarde. Estaban literalmente locas por la ingesta de ácido domoico, una neurotoxina que de forma natural puede producir un alga marina.

Las gaviotas de Barcelona, por fortuna, son más cabales. Su agresividad de mayo y junio responde simplemente a que son los meses en que nacen sus polluelos. Estos días están a punto de alzar el primer vuelo. Son sobreprotectoras con sus crías. Eso lleva a una conclusión incuestionable. Los cementerios son lugares en realidad muy desiertos la mayor parte del año. Las gaviotas del Viver de Tres Pins, explica Garcia, están tan habituadas a la presencia humana que no temen por sus huevos, por cierto, de un aspecto marmóreo precioso. Las del camposanto de Montjuïc, en cambio, se toman fatal las visitas. Por fortuna los polluelos no nacen en vísperas de Todos los Santos.

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En cifras absolutas, la colonia barcelonesa de gaviotas de esta especie no es gran cosa. Se supone que son unas 200 parejas, 800 patas amarillas, pues. La cifra crece, pero como son territoriales, pocas más caben en tan prieta ciudad. Desde su perspectiva, o sea, la aérea, Barcelona es un lugar estupendo. Inmobiliariamente nada mejor pueden desear, tejados casi nunca ocupados, solo por antenas, alguna que otra caja de ascensores y, en el peor de los casos, tendederos de asustadizos ciudadanos. A eso hay que sumar que esta es, también, una metrópoli con una inaudita sobrepoblación de palomas, que han terminado por incorporarse a su dieta cotidiana. Raro es no haber visto ese sanguinolento festín en alguna ocasión. O descubrir sobre el capó del coche la carcasa y parte de las vísceras de una paloma. Es un leve consuelo pensar que suelen ser palomas enfermas. Una sanota, en la plenitud de la vida, difícilmente será cazada por una gaviota con la técnica común, que es someterla a una persecución incesante y no dejarla descansar. Pero nunca hay que descartar que esto cambie. Hace 40 años nidificaron por primera vez en la ciudad. Hace poco ocuparon la casa de unos halcones. Hace menos, en un video que tuvo sus cinco minutos de fama en internet, se pudo asistir a una suerte de National Geographic en la plaza de Catalunya cuando una gaviota patiamarilla fue grabada cazando una paloma con la técnica de un felino. ¿Qué será lo próximo? Solo por terminar tal y como se comenzó, con una película, que lo próximo no sea como Robert Pattinson en ‘El faro’, que un clímax narrativo que causó estupor en las salas de proyección, protagonizaba una mortal pelea, como no, con una gaviota.

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