Nos mintieron. Las abejas no son monárquicas. Solo una minúscula parte de las más de 25.000 especies de abejas que hay en la Tierra, cifra bárbara desde cualquier punto de vista, viven en complejas sociedades en las que un reina tiene a su servicio un ejército de disciplinadas obreras y un harén personal de zánganos que solo sirven para copular. Ni aguijón tienen, pobrecillos. Las abejas son en realidad muy republicanas. Se podría decir incluso que más libertarias que Federica Montseny. El Jardí Botànic de Barcelona, brazo vegetal del Museu de Ciències Naturals, le dedica a las abejas una reveladora exposición, no a las desconocidas razones por las que en la escuela a niños y niños se les educa en el conocimiento y admiración de los enjambres como patrón social, sino al gran problemón al que se enfrenta la humanidad si no corrige el rumbo y salva las abejas con mucho más empeño que en su día mostró por evitar la extinción de las ballenas.

‘Más que abejas: polinizadores y flores, la vida en juego’. Así se titula la exposición comisariada por Berta Caballero y David Bertran. Lo de ‘la vida en juego’ parecerá tremendista, pero es ni más ni menos lo que hay. Un 75% de las plantas que habitan en todas las latitudes del mundo necesitan ayuda para polinizar sus flores, que, como en el reino animal, las hay macho y las hay hembra. El sexo en el reino vegetal (perdón por el galicismo que viene ahora) es muy bizarro. Podría aceptarse que en realidad lo más común es que la coyunda propiamente dicha sea un trío en el que participan dos flores de distinto sexo y un (habitualmente) insecto, sobre todo, una abeja, con ese cuerpo rechoncho y peludo que literalmente se reboza de polen cuando se sumerge entre los pétalos. Todo es cuestión del punto de vista, pero la naturaleza brinda estos momentos eróticos muy a menudo y pasan inadvertidos.

Una abeja gigante en la expo, que habría hecho las delicias de Jack Arnold / JORDI OTIX

En la exposición (cuya apertura pasó no fue noticia porque coincidió con la segunda ola de la pandemia, pero que permanecerá abierta hasta octubre del 2021), Caballero y Bertran han tenido la feliz idea de reproducir a una escala superlativa una abeja. A seis patas, mide más de un metro de altura. Si fuera bípeda, miraría a los visitantes por encima del hombro. Su presencia incomoda como la de aquellas arañas gigante del clásico del cine atómico que rodó Jack Arnold en 1955, ‘Tarántula’, pero esa bestia no debería eclipsar (dicho esto por volver a lo exótico de la polinización) otra pieza también escultórica que se exhibe en la expo, la de la llamada orquídea de la abeja. Es esta una de las flores más sofisticadas que ha brindado la evolución de las especies. A ojos de un ejemplar macho de abeja, parece una insinuante hembra. Son irresistibles y, a la par, un trampantojo insuperable. Los machos fornican con una flor. ¿Descubren en algún momento su bochornoso error? Quién sabe. Cuando se dan cuenta, están ya empanados en polen y a punto de buscar otra flor.

‘Parque Cretácico’, un futuro aterrador

La exposición, no obstante, no es una enciclopedia sobre las abejas y sus excentricidades. Es más que eso. Es una advertencia. Es bien sabido que la población mundial de de este insecto han sido diezmada durante el último cuarto de siglo por diversas causas, casi todas relacionadas por la actividad industrial humana. En ese sentido, lo que el Jardí Botànic propone es el aterrador juego de imaginar cómo sería el mundo sin polinizadores. Sería, según se mire, un regreso al amanacer del cretácico. ¿Por qué?

El cretácico inferior fue una era no exenta de vida. Al contrario. Los dinosaurios, que los había en abundancia, eran felices. Los hervíboros pastaban en grandes praderas. Desde el punto de vista vegetal, fue una etapa muy verde, pero monótonamente verde. No había floración. Insectos y flores evolucionaron entonces casi de la mano, en paralelo, para dar pie al mundo como lo conocemos hoy. Lo hicieron, además de una forma explosiva. Que haya hoy más de 25.000 especies de abejas se comprende mejor que es una cifra gigante si se tiene en cuenta que supera con creces el número conjunto de especies de mamíferos, reptiles y aves.

Los zánganos, esos incompredidos

La cuestión es que las abejas que producen miel son una anécdota en ese árbol evolutivo. Son, es cierto, las más populares en la literatura infantil y, por lo que parece, en la enseñanza escolar obligatoria, quién sabe si con ocultos propósitos de adoctrinamiento cara a la vida adulta. Que el nombre de los ‘vivalavida’ que son los zánganos sea un término despectivo da mucho que pensar. Pero lo interesante es que las abejas de la miel son, además, muy tiquismiquis a la hora de ir a por alimento. Les apetecen un número muy reducido de plantas, con el problema así de que, como son más agresivas que sus primas de otras especies, colonizan los alrededores del panal e impiden que sobrevivan otras plantas de flor. La apicultura intensiva ofrece una falsa imagen de edén natural. En realidad, mal gestionada puede ser una agresión al medio ambiente. Caballero lo explica con más gracia. Sostiene que la pelea territorial de las abejas que no viven en grandes enjambres es una guerra de guerrillas. Cuando un apicultor instala un panal, el impacto es equivalente a la llegada de una cohorte romana. No impone la paz. Conquista esa tierra.  

La abeja común, vamos, la republicana, en realidad es una gran solitaria, minera la mayor parte de las veces, capaz de excavar nidos particulares bajo tierra y de acomodar a sus larvas en minúsculos cubículos empapelados con pétalos de flor. Si no anidan en el suelo, lo hacen entre ramas o en agujeros en la madera. Es de estas abejas que pasan más inadvertidas de las que depende la gran biodiversidad vegetal de la Tierra o, si se prefiere dicho de otro modo, un colosal pellizco del PIB español, país exportador de frutas y verduras.

El empleado perfecto de todo buen invernadero

En un mundo sin abejas poquísimas frutas sobrevivirían. Las uvas y los caquis, por ejemplo. Y los plátanos. Menuda dieta. Sería una curiosa manera de volver al mono. Otras plantas de flor sobrevivirían, pero es una certeza que sin una experta polinización los frutos son más pobres. Eso lo saben bien los dueños de los invernaderos más modernos. Los consumidores suelen desconocer que en el proceso de producción participan unos empleados sorprendentes. Por menos de 30 euros, el agricultor puede comprar ‘on-line’ una caja de abejorros para que fecunde, por ejemplo, las tomateras. Es algo pasmoso. Por la mañana salen de la caja y dedican el día a ir de flor en flor. Al caer el sol, vuelven a la caja sin rechistar. Es algo digno de conocerse.

Una abeja camina sobre las pipas de un girasol. / BARTLOMIEJ ZBOROWSKI

La exposición, lo dicho, permanecerá abierta hasta octubre del 2021. Hay que subir casi hasta la cima de Montjuïc, sí, pero merece la pena. De entre todo el material expuesto, maravilla un video que resume la biografía de una abeja desde que nace hasta que muere, un año condensado en unos pocos minutos, que es, más o menos, su esperanza de vida habitual. En cualquier caso, ninguna expedición será verdaderamente completa si no se visitan antes de marchar los dos hoteles de abejas que hay en los jardines del museo. En Barcelona hay unas 10 instalaciones similares. La de cinco estrellas está el parque de Cervantes, pero las dos del Jardí Botànic son un perfecto ejemplo de este tipo de arquitectura hotelera.

Uno de los dos hoteles de abejas del Jardí Botànic, este, se podría decir, que de estilo racionalista. / JOSEP MARIA DE LLOBET

Berta Caballero opina que llamarles hotel, que es como se bautizó a esta solución medioambiental en el Reino Unido y Francia, es un error etimológico. Son, más bien, refugios. Eso defiende. En una misma estructura se reproducen toda la variedad de tipologías residenciales que las abejas no monárquicas buscan en la naturaleza para poner los huevos. Vamos, que llamarlas falansterios tampoco habría sido un error, pero la palabra, hay que reconocerlo,  tiene menos pegada periodística que ‘hotel de abejas’. ‘Nursery’ sería otra opción, pero eso en realidad es la colmena común y se prestaría a confusión. Hay otra alternativa, al menos eso se deduce de una observación que Caballero ha hecho en los hoteles de abejas del Botànic. Los machos rondan a veces el hotel a la espera que de los cubículos aparezca ya con cuerpo adulto una hembra que ha dejado atrás la etapa de larva. ¿‘Meublé’  de abejas? Tal vez. Vayan y opinen.

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