• Bajo la batuta de Junqueras, los republicanos han endurecido o modulado su mensaje con cada fase del ‘procés’ y cada golpe judicial

El próximo 1 de octubre no solo se cumplirán cuatro años del punto álgido del ‘procés’ independentista, sino también una década de la llegada de Oriol Junqueras a la presidencia de ERC. Asumió el timón de la quinta fuerza política, que 10 años después ha alcanzado la presidencia de la Generalitat después de varios cambios de orientación en la brújula estratégica. El último le ha llevado a apoyar los indultos y a cuestionar la vía unilateral, culminando un viraje táctico que ha atravesado por al menos cinco etapas distintas en este decenio.

Por cálculo electoral u obligado por las circunstancias, el partido ha ido endureciendo o modulando el mensaje durante las diferentes fases del ‘procés’. Estos han sido los principales cambios de diapasón de ERC durante la ‘era Junqueras’.

Junqueras tomó las riendas de Esquerra cuando la formación tenía 10 diputados, había salido muy mal parada del tripartito, el ‘procés’ ni existía y Artur Mas gobernaba tijera en mano con la ayuda del PP. El entonces ‘president’ enarbolaba el pacto fiscal y la ponencia política del congreso que ungió al nuevo líder de ERC esbozaba la independencia como un objetivo sin plazos ni compromisos. La frase más contundente en este sentido era: «A medio plazo, podría abrirse una etapa propicia de lucha, movilización y construcción nacional, con las características propias de una verdadera transición hacia la independencia«. Aquel cónclave sirvió para solemnizar el cambio de etapa del partido: de la apuesta por los pactos de izquierdas a la búsqueda de una alianza con CiU que permitiera, con el tiempo, pugnar por la hegemonía soberanista. «Entre la izquierda y la derecha, siempre en la izquierda. Pero entre la izquierda y el país, siempre al lado del país», se escuchó decir aquel día.

Dos años después, el panorama había empezado a cambiar para Esquerra. En tan solo un año, Junqueras había logrado convertir a ERC en la segunda fuerza de Catalunya. Seguía en la oposición, pero tenía la valiosa llave del Govern del nuevo Mas, que en 2012 había dado carta de naturaleza al ‘procés’. En una conferencia nacional en L’Hospitalet de Llobregat, los republicanos aprobaron un documento que incorporaba por primera vez la unilateralidad como posible vía hacia la independencia. Tomando como referencia experiencias tan distintas como las de Escocia, Quebec y Kosovo, el texto abogaba como opción preferida por un referéndum pactado con el Estado, pero abría la puerta a una consulta «tutelada internacionalmente» y, en caso de fracaso de ambas vías, contemplaba la «declaración de independencia en el Parlament». «A aquellos que no estén a la altura, la historia los juzgará», llegó a afirmar Junqueras cuando Mas diluyó la consulta del 9-N tras la prohibición del Tribunal Constitucional.

El congreso que inauguró el segundo mandato de Junqueras en ERC coincidió con el abrupto final de la legislatura de Mas y la recién nacida coalición de Junts pel Sí, a la que Junqueras se sumó a regañadientes. Convergència había conseguido arrastrar a Esquerra a una alianza que la comprometía con un Govern compartido que tenía el encargo de proclamar la independencia de Catalunya en 18 meses. La ponencia de aquel cónclave era diáfana en cuanto a la misión de los republicanos en dicho Ejecutivo: «Asegurar el desarrollo de la hoja de ruta unitaria hacia la independencia y, por tanto, una declaración y un ejercicio unilaterales«. El referéndum acordado había dejado paso a un referéndum para ratificar la constitución catalana al final del «proceso constituyente de la nueva república». En efecto, Esquerra se aferró a la DUI hasta el punto de amenazar a Carles Puigdemont con abandonar el Govern si convocaba elecciones. Fue el día de las «155 monedas de plata».

El ciclón del 1-O, la DUI y el 155 acabó con Junqueras y parte del Govern en prisión y la estrategia de la unilateralidad hecha cenizas. Ungido Pere Aragonès como puntal republicano del Govern de Quim Torra y futuro candidato a la Generalitat, los encontronazos con JxCat se sucedieron cada vez que se extremaba la disyuntiva entre legalidad o desobediencia. ERC había virado y así lo plasmó en el documento aprobado en una conferencia nacional en L’Hospitalet de Llobregat: «La opción dialogada con el Estado es la preferida y deseada por Esquerra, y nos comprometemos a trabajar incansablemente». Pero las bases forzaron a la dirección a explicitar que no podía descartarse «ninguna vía pacífica y democrática» para alcanzar la independencia. «Si no es posible un referéndum de autodeterminación, no se puede descartar una DUI», rezaba el texto, que, eso sí, la supeditaba a cumplir las condiciones de la sentencia del Tribunal de La Haya sobre Kosovo.

El intenso calendario electoral de 2019 desplazó el congreso de ERC a finales de año y coincidió con las negociaciones abiertas con Pedro Sánchez para apuntalar su coalición con Unidas Podemos. Quedaba claro que no habría un nuevo viraje y que los republicanos se anclaban al pragmatismo, por más que Junqueras afirmase aquello de que el Estado «podía meterse los indultos por donde le quepan». «Esquerra no renuncia ni renunciará a ningún instrumento político y democrático para conseguir la independencia de Catalunya». Marta Vilalta puso voz a lo que quedó sancionado negro sobre blanco en la ponencia, que fijaba tres vías para arribar a la independencia: un referéndum pactado como «prioridad»; un referéndum «forzado» mediante la movilización y «avales internacionales»; y como último recurso, la vía unilateral: «No podemos descartar nunca la vía de volverlo a hacer«. Pero se añadía un matiz clave: «El elemento esencial que decantará una vía u otra será la correlación de fuerzas con el Estado».

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Las elecciones catalanas de febrero supusieron el gran duelo entre ERC y Junts por la hegemonía independentista. Y casi acabó en tablas. Casi, porque Junqueras y Aragonès lo ganaron por la mínima con un programa que mantenía el equilibrio de la última ponencia congresual: «La apuesta por la democracia, el diálogo y el reconocimiento político del conflicto son nuestras mejores armas, sin renunciar a la desobediencia civil y a la unilateralidad si una mayoría democrática así lo avala». El mismo documento dejaba claro que el escenario «deseable» era un referéndum pactado, pero que la unilateralidad «es viable» y una «herramienta totalmente válida y democrática», pero siempre que cuente con apoyo mayoritario. Esta última etapa del viraje republicano la remachó Junqueras el lunes al aseverar que los indultos son aceptables y la vía unilateral no es ni deseable ni plausible. Argumentos que a buen seguro facilitarán al Gobierno central justificar el perdón a los presos del ‘procés’.

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