El mayor acuerdo comercial de la Historia establecerá vínculos en buena parte del continente más poblado y prometedor. La rúbrica es un éxito de la diplomacia china, que ha salvado los rencores y variados desarrollos para atraer a los diez miembros de la ASEAN (Indonesia, Tailandia, Singapur, Malasia, Filipinas, Vietnam, Brunei, Camboya, Myanmar y Laos), Corea del Sur, Japón, Australia y Nueva Zelanda. La Asociación Económica Integral Regional (RCEP, por sus siglas inglesas) cubrirá a más de 2.000 millones de personas que concentran casi el tercio del comercio y del PIB global. Aligerará el tráfico de mercancías y regulará la propiedad intelectual o el comercio electrónico.

Simbólico y de futuro

El RCEP no contempla el grado de integración de la UE ni tampoco las regulaciones unitarias en condiciones laborales o medioambienales de aquel Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) que diseñara Obama.  

Planea eliminar el 90 % de aranceles en 20 años pero gran parte del trabajo ya está finiquitado con la multitud de acuerdos bilaterales o multilaterales previos. El 70 % del comercio es libre en la ASEAN y la eliminación de los aranceles restantes requerirá de años de ajustes y negociaciones. Pero al tratado, a pesar de sus limitados efectos económicos inmediatos, le sobra simbolismo y futuro. Subraya la voluntad común de priorizar la prosperidad frente a las diferencias. La unión de China, Corea del Sur y Japón, que coleccionan pleitos históricos por los que aún se lanzan los trastos a la cabeza, aceitará futuras alianzas bilaterales.    

Apuesta por el multilateralismo

También acentúa el libre comercio y el multilateralismo cuando abundan las trincheras frente a la globalización. Y ayudará a que la economía regional, menos castigada por la pandemia que la occidental, repare los daños. Tras la pandemia anida la certeza de que esperar la tradicional asistencia de Occidente es una idea caduca y urge profundizar en la autosuficiencia. El tiempo juega a favor de los firmantes del acuerdo, que en 2030 concentrarán la mitad de la producción global.

La herencia de Trump

El RCEP simboliza el daño causado por el proteccionismo de Trump. Aquel TPP, uno de los acuerdos más complejos y ambiciosos nunca firmados,  debía servir como legado económico de Obama y cortafuegos contra la influencia china. La salida del tratado ordenada por Trump en su primer día en la Casa Blanca fue una traición para muchos gobiernos que habían vencido objeciones internas y pagado un alto precio político durante su pesarosa cocción. 

La espantada insufló vida al RCEP, que Pekín había aireado durante años sin levantar excesivo entusiasmo debido a la preocupación regional por sus reclamaciones territoriales, la falta de transparencia local o las trabas a las importaciones. Es sintomático que el mayor acuerdo de libre comercio del mundo no cuente con el país que lo ha abanderado durante décadas. A Joe Biden se le acumula la tarea en Asia pero los indicios no son optimistas. El futuro presidente anunció que renegociaría el TPP pero las referencias al acuerdo han desaparecido.

India queda a la espera

El acuerdo alcanzaría dimensiones aún mayores con los 1.400 millones de indios. Delhi se bajó de las negociaciones en noviembre porque temía que la avalancha de manufacturas baratas chinas devastara su industria. Esas consideraciones pesaron más que la ganancia superior al 1% de su PIB hasta 2030 si firmaba el acuerdo. El escrito final deja la puerta abierta a India y aclara que será «bienvenida». Su inclusión alegraría a varios países que la consideran un sano contrapeso a Pekín. 

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