item

Esta nueva visión de la historia del rebelde forajido Ned Kelly, especie de héroe nacional en Australia, contradice su propio título ya desde los créditos iniciales, en los que puede leerse: «Nada de lo que van a ver aquí es verdad». Partiendo de una novela de Peter Carey, el director del pictórico ‘Macbeth’ del 2015 ha adaptado el personaje a una estética y ética puramente rock, en la que podría ser una visión, en realidad, muy verdadera de la personalidad de este bandolero enfrentado a un orden corrupto.

El Kelly de George MacKay (aquí incluso más físico que en ‘1917’) no es hirsuto e impositivo, sino imberbe y escurridizo. Cada uno de sus músculos parece a la vista, como en el Iggy Pop de principios de los setenta. Él y su banda se ponen vestidos de mujer como aparente provocación, pero una subtrama ‘queer’ recorre todo el metraje. Todos parecen interesados sexualmente en Kelly, desde su propia madre (Essie Davis) hasta su mayor enemigo, el agente Alexander Kitzpatrick (Nicholas Hoult, tan antipático como en ‘The Great’).   

La historia del ‘bushranger’ Kelly da para una aventura en toda regla, pero Kurzel prefiere la interrogación psicológica y la turbación erótica al despliegue eléctrico de la acción, algo que solo llega realmente con el famoso tiroteo que enfrentó a la banda con la policía victoriana en Glenrowan. Merece la pena superar un acto central algo moroso (más ‘slowcore’ que punk o glam) para llegar a este clímax, un éxtasis de acción fantasmal que revisa el final de ‘Sangre fácil’, de los Coen, desde la locura estroboscópica. Su armadura y casco antibalas caseros hacen icónico acto de aparición. Como en el conocido desenlace del personaje, que hiela la sangre, Kurzel arrastra su neo-western hacia algo que solo puede catalogarse como terror puro.

All copyrights for this article are reserved to Portada

Quantcast