Algunos porcentajes de las encuestas parecen el reflejo de posiciones insignificantes en la sociedad española. Es lo que ocurre con los tópicos machistas, la negación de la violencia de género o las posturas contrarias a las reivindicaciones feministas.

Pero cuando los porcentajes que comparten esas posiciones se proyectan sobre el censo electoral, las cifras resultantes no son nada desdeñables. Sobre todo si, además, esos sectores se movilizan políticamente y compactan su voto. Y eso es lo que parece haber ocurrido con la eclosión de la ultraderecha antifeminista en España.


Las encuestas dibujan un panorama engañoso





En realidad, las encuestas dibujan un panorama engañoso. Por ejemplo, menos de un 2% de los consultados por el CIS se sitúa en el punto 10 (extrema derecha) del eje ideológico. Pero ese porcentaje supone casi 600.000 electores (y casi un millón si se añaden quienes se colocan en el punto 9, o más de dos si el espacio observado alcanza al punto 8 en una escala de uno a diez). Seguramente, una parte de esos electores no se sentían hasta ahora identificados con ninguna oferta política y se abstenían o bien apostaban por un voto útil de apoyo a las formaciones de centroderecha. Pero ahora han descubierto una oferta viable para hacerse oír. La cuestión es si comparten la virulenta agenda antifeminista de esa marca. Y la respuesta de los sondeos parece ampliar los apoyos a este programa.




















Electores potenciales de la ultraderecha antifeminista
Electores potenciales de la ultraderecha antifeminista
(Rosa M.ª Anechina)

Por ejemplo, casi un 18% de los españoles opinan que las feministas pretenden sustituir el dominio de los hombres por el de las mujeres. Es decir, uno de cada cinco consultados, lo que, sobre un censo de 34 millones de electores, supone más de seis millones de potenciales votantes. Lo significativo, además, es que más del 14% de las propias mujeres (frente al 21% de los hombres) comparte ese diagnóstico. En cifras absolutas, más de dos millones y medio de españolas.







El resto de tópicos negacionistas sobre la desigualdad o la violencia de género suscitan menos respaldo, pero no son irrelevantes cuando se traducen en cifras absolutas. Así, más del 5% de los consultados (casi 1.800.000 electores, de los que cerca de un 55% serían mujeres) se muestran comprensivos con las agresiones sexuales si “una mujer viste de forma provocativa”, y un 5,5% cree que “las mujeres exageran la violencia machista”. De hecho, más de medio millón de españoles creen que las denuncias por agresiones sexuales que interponen las mujeres suelen ser falsas (aunque un 28%, casi diez millones de ciudadanos, sospechan que “algunas veces son falsas”). Finalmente, más del 8% (casi tres millones de electores, de los que 1.200.000 serían mujeres) descartan que cuando un hombre presiona a su pareja para tener sexo, eso sea violación.


















El problema de esas magnitudes es que en muchos casos desbordan el espacio ideológico de la extrema derecha. Es decir, aunque en porcentajes mucho menores, el cuestionamiento de la desigualdad de género también tiene seguidores entre los electores de centro e izquierda. Aun así, las cifras apuntan a una visible colusión entre antifeminismo y radicalismo derechista. Por ejemplo, mientras el 40% de los electores que se sitúan en los puntos 8 y 9 de la escala ideológica (y el 60% de quienes se ubican en el punto 10) están muy o totalmente de acuerdo en que el feminismo persigue someter a los hombres, los porcentajes caen al 25% entre los votantes de centro y centroizquierda, y muy por debajo del 20% entre los de izquierda. Y algo similar ocurre respecto a la violencia machista. Un 30% de los electores situados en la extrema derecha creen que se exagera, pero ese porcentaje cae muy por debajo del 10% entre los ciudadanos que se definen de centroizquierda o izquierda. Finalmente, la consideración de violación a las relaciones sexuales de pareja no consentidas registra también sensibles diferencias a partir de la ubicación ideológica: un 45% de quienes se sitúan en la extrema derecha no las considera una agresión, pero solo un 10% de quienes se identifican de izquierda o centroizquierda comparten esa inquietante apreciación.




















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