Ella es de Vic y él, de Barcelona: se conocieron en un mitin de ERC y se dieron su primer beso, tres días después, en un mitin de Vox en Sarrià (la vida es así y el amor la rebasa: no quedaban plazas para preinscribirse en el de ninguna otra formación).

Entre todas las hipotéticas opciones de ocio, entre todos los lugares posibles para conocer el romance, nadie habría dicho que los actos políticos volverían con tanta fuerza. Desde que la Generalitat anunció que, después de semanas y semanas, la gente se podría saltar el confinamiento municipal para ir a eventos relacionados con la campaña electoral, situaciones tan improbables se han vuelto factibles.

El incentivo de salir de tu zona

Hasta ahora, la táctica para poder llenar tu mitin pasaba por fletar autobuses y ofrecer bocadillos. Ahora la mera promesa de salir de tu zona es el gran incentivo. Con las restricciones a librerías y eventos culturales, también a la hostelería, ese pícnic con tartera y vino en cantimplora mientras el candidato insiste en «cumplir el mandato democrático» o «anular el perverso estado de las autonomías» ya se observa bajo una luz romántica y preñada de sueños y posibilidades reales. Desde los años de la Transición, desde esos flechazos en un mitin de Felipe González en el 82, no se pensaba en el mitin como lugar de socialización.

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La cosa podría empezar con ese ritual añejo y casi folclórico que es la pegada de carteles, tan de otra época como l’ou com balla o la procesión de los borrachos de Semana Santa. Últimamente, en plena era digital, pegar carteles parecía algo como de otra época, pero ahora puede ser un buen momento para conocerse.

Mirar el calendario de actos

A partir de ahí, toda la campaña (esperemos, eso sí, que no usen mucho el cliché «salud democrática», porque la que se resentirá por este carnaval será la salud sin metáforas) puede ser un brindis. Hermanos que viven en regiones distintas y ya casi han olvidado su vínculo de sangre, hipotéticos amantes dispuestos a estrechar lazos y partes de la anatomía, padres e hijos, miran el calendario de actos para tramar posibles encuentros.

Una paella cuando Borràs hable con vistas al mar en Tossa de Mar, calzarse las chirucas cuando Illa decida hablar desde un restaurante para motoristas del Montseny, turismo en la gran ciudad cuando Ciudadanos suelte sus arengas bajo el dedo de la estatua de Colón. Los actos, claro, deben respetar las medidas de seguridad, así que estamos hablando, nada menos, de cifras que van entre los 500 y los 1.000 (un sueño para muchos partidos en horas bajas; como cuando las presentaciones literarias en librerías se limitaron a 20 o 30 personas, una multitud para muchas de ellas en condiciones normales).

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Hay quien apunta que hay un destino muy disputado para el acto final de campaña: Llinars, donde se celebró la ‘rave’ de Fin de Año que tantísimo tardaron en desalojar. Uno podría malpensar e imaginar un acto allí con Iceta bailando y, de ahí, tirando de caricatura, deducir que por eso han cambiado al candidato, para evitar vídeos incómodos.

Hasta ahora, el sintagma «la fiesta de la democracia» se empleaba para el día de la votación. La decían todos y cada uno de los candidatos, todos y cada uno de los analistas. Daba igual que votaras a disgusto, casi deseando la abstención. Estas elecciones, que se desarrollarán como un oasis en las restricciones de movilidad, podrían subir la apuesta y conocerse como: «La ‘rave’ de la democracia».

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