En su piso de Londres, Salvador y Cristina miran de reojo la pequeña bolsa que les han dado en el laboratorio. Es una PCR que ellos mismos deben practicarle a Sofía, su hija de cuatro meses. Pero no están seguros. ¿Quién puede estarlo? Han llamado a 40 laboratorios y han recibido la misma respuesta: “No hacemos pruebas a bebés de cuatro meses”. En algún sitio les han dicho que con niños menores de seis años ni se lo plantean. Solo dos han accedido, a condición de que sean los padres los que ejecuten la operación. No son precisamente la clase de mensajes que dan confianza. Si las circunstancias fueran otras probablemente no se moverían de casa, pasarían las navidades en Londres, pero el viaje tiene un alto contenido emocional, pues los abuelos –unos en Ripoll, los otros en Barcelona– quieren conocer a la recién nacida. ¿Qué hacer? ¿Van a hacerle la prueba cuando en 38 laboratorios les han dicho que eso no se hace?

El futuro está lleno de historias con la palabra covid, o coronavirus, o pandemia. O PCR. Historias que esta generación contará como otras han contado las de las guerras que les tocó vivir. Los hijos y nietos del porvenir se acostumbrarán a escuchar relatos sobre confinamientos, toques de queda y angustias sanitarias, también sobre vacunas, y con toda seguridad sobre la Navidad que brotó en medio de aquel paréntesis extraño. Será, para muchos, el diciembre más insólito de sus vidas, y así ha quedado reflejado en las cartas de los lectores sobre sus perspectivas para estas navidades. Las del diciembre del virus. Las navidades más extrañas.

Cartas al Síndic, a la UE…

Los Pérez Morera han hecho todo lo que está en sus manos para evitar llegar a este momento de duda. Se han puesto en contacto con el Ministerio de Sanidad, con la Generalitat, incluso con la UE. Desde la UE les han recomendado reclamar ante el Defensor del Pueblo, y eso hacen: se dirigen al defensor español y al Síndic de Greuges. El motivo de su malestar, de todo esto, es la resolución del 11 de noviembre del Gobierno español, esa que establece que “todo pasajero procedente de un país o zona de riesgo deberá disponer de una Prueba Diagnóstica de Infección Activa (…) realizada en las 72 horas previas a la llegada a España”. Todos, incluidos los bebés de cuatro meses. La exigencia para los menores será eliminada en una resolución posterior, pero en los momentos previos al viaje está vigente. Los padres de Sofía no tienen alternativa. Tienen que hacerse ellos mismos la prueba y certificar que la bebé está bien.

“Como la exigencia es solo para viajeros que lleguen en barco o avión, nos planteamos la posibilidad de hacer el viaje en tren, pero son 15 horas, hay que dormir en París, todo esto con una bebé de cuatro meses…” Al final, Salvador se ha hecho la prueba a través del Imperial College, donde trabaja. Le ha salido gratis. Cristina ha comprado la suya por 130 libras, algo más de 140 euros, y por la de la niña han pagado 140. Y ahora están allí, preguntándose quién es el loco que ha entendido que exigir una PCR a una niña de cuatro meses es normal.

La silla vacía del tío Antonio

Ainara González, la mujer que perdió a su tío durante la primera ola de la pandemia.

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ALVARO MONGE

De la última Navidad, Ainara conserva un vídeo en el que el tío Antonio le dice a Alexa: “Alexa, ponme la canción de la Pantoja”, y cuando la canción suena el tío Antonio se pone a bailar. Son los recuerdos que quedan: no las grandes ocasiones, no la grandilocuencia: los detalles. “Creo que es el último vídeo que tengo grabado de él”. Como cada diciembre, la familia hizo de la comida navideña un sucedáneo de reunión de masas, casi 30 personas entregadas a las risas, el afecto y el calor de hogar. Seguro que fueron horas felices. Tres meses después, un poco más, el 7 de abril, el tío Antonio falleció en el Hospital de Santa Tecla víctima del coronavirus.

Estudiante de Turismo y camarera los fines de semana en un bar de Sant Cugat, vecina de la Barceloneta, Ainara González conoce el vacío tras la frase manida que se pronuncia sin descanso por estos días: que esta Navidad no será igual. “Tenía 68 años. Era de Barcelona, pero vivía en Tarragona. En realidad era tío abuelo, pero le digo tío, no sé, porque sí, porque siempre fue alguien muy cercano”. El tío Antonio contrajo la enfermedad en uno de los peores momentos, el pico de la primera ola, cuando los hospitales estaban saturados. Cuando no había camas ni ucis suficientes. “Pasó varios días en casa hasta que lo aceptaron en el Hospital del Vendrell, y después de tres o cuatro días, cuando vieron que cada vez le costaba más respirar, lo llevaron a Santa Tecla”. Ainara recuerda la última vez que habló con él. “Cuando se encontraba bien nos llamaba, pero no eran conversaciones muy largas. ‘Ya verás que lo supero como tú y no va a ser nada’, le decía a mi madre, porque a ella también le había dado y lo había superado. Yo creía lo mismo. Cuando hablé con él la última vez no creí que fuera la última vez. Pero luego, a los pocos días, murió”.

La Navidad de este año no va ser igual sin el tío Antonio. La Navidad de este año no va a ser igual sin la tía Inés. La Navidad de este año no va a ser igual sin la abuela. Sin la mamá. Sin el papá. La Navidad de este año no va a ser igual sin Juan, sin Pedro, sin Marta, sin Elena. La Navidad de este año no va a ser igual. La abrumadora pandemia ha dejado muchas sillas vacías.

Por amor a las abuelas

Irene Pardo, que celebrará las fiestas con su burbuja familiar, acompañada de su padre Sigfried junto al juego de mesa que juegan cada año en Navidad, ‘Código secreto’.

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JORDI OTIX

Irene Pardo tiene 21 años. Vive donde nació, en Premià de Mar, y estudia Publicidad y Relaciones Públicas. El año pasado celebró la Navidad con sus padres, sus tíos, sus abuelas, sus primos… Más o menos unas 20 personas. Comieron, bebieron, abrieron regalos y no se pararon a pensar en el efecto aerosol, que probablemente ni habrían sabido decir qué era. Un buen recuerdo, el de un diciembre normal, hogareño, en familia. “¿Te acuerdas del año pasado…?”, soltará alguien este jueves, volviendo a unos días que parecerán los de un idílico pasado. El contraste será marcado: los siete núcleos familiares que solían juntarse en diciembre este año celebrarán por separado. Hay gente que se toma en serio todo esto.

“Tenemos que aceptar que es una época en que no podemos ver a nuestros seres queridos. Lo hemos hablado y todos hemos estado de acuerdo en no vernos”. En los pensamientos de Irene están más que nada sus abuelas, de 81 y 76 años. Viven solas, cada una en su propio piso. “Aunque va a ser duro no verlas, estoy convencida de que estamos haciendo algo bueno por ellas. A los que este diciembre sí van a estar con sus abuelos, por un lado los envidio, porque son capaces de hacer a un lado lo aterrador de esta situación y quedarse con lo bueno, pero por otro lado pienso que debemos ser conscientes del peligro de contagiar a una persona mayor y vulnerable”. Las propias abuelas dijeron que preferían quedarse en casa. Cenarán solas y se acostarán temprano. Irene ya les dijo que irá a visitarlas tras las fiestas.

“No verte será un dolor con regusto a tranquilidad”, escribe en la carta que compartió con este diario. Se dirigía a sus abuelas. En cualquier caso, su conciencia del peligro va más allá de las reuniones puntuales de diciembre: convencida de que estaba poniendo en riesgo a sus familiares cada vez que iba a la universidad –no solo sus abuelas, también su padre, al que aqueja una enfermedad crónica–, un día fue al centro de salud y consiguió un permiso para estudiar desde casa, mucho antes de que las universidades dimitieran de las clases presenciales. En su cabeza, la Navidad distinta es la culminación natural de un año distinto.

Navidad lejos de casa

Sergio López (izquierda) con su novio, Sergi Sendrós, con quien finalmente pasará las navidades tras renunciar, obligado, a ver a su familia en Mallorca.

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ELISENDA PONS

Son tiempos de pandemia, de mascarillas, de distancia y de incertidumbre. La realidad es una especie de yo-yo aquejado de locura transitoria, porque sube y hoy se puede hacer esto, luego baja y mañana no se puede; de modo que lo que se planea un día es imposible al día siguiente. Hay gente que lo sabe mejor que otra, como Sergio López, cuyos planes de Navidad han ido y venido al son del yo-yo demente. En parte para quitarse el mal sabor de boca del año de la pandemia y en parte porque quería ver elrostro de su sobrino recién nacido, sus planes eran ambiciosos, más que otros años, y pasaban por una estadía que empezaría el 14 de diciembre y se prolongaría hasta el 7 de enero. Un largo e intensivo régimen de calor de hogar.

Pero del yo-yo empezaron a manar perturbaciones. Primero, la aerolínea canceló el vuelo. A regañadientes, López cambió las fechas, y de un viaje hizo dos: del 21 al 28 primero y del 2 al 7 después. Ya no era el intensivo familiar, pero seguía siendo algo. El problema es que su desplazamiento se basaba en la premisa de la libertad de movimiento, un supuesto bajo asedio desde el inicio de la pandemia. Un día se puede viajar, al día siguiente no. Al final, fue la noticia de que Catalunya estaría confinada el tiempo que duraran las fiestas la que acabó con sus planes. Si estuviera empadronado en Palma no habría tenido problema, habría tenido que someterse a una prueba PCR en origen o a una de antígenos a la llegada, pero las cuestiones médicas, justamente, lo llevaron a empadronarse este año en Barcelona. Adiós pues a la Navidad familiar.

“Las navidades que más tiempo quería estar en mi casa y con mi familia, y no puedo estar. Me puse a llorar cuando lo supe, pero me lo he metido en la cabeza y he decidido disfrutar lo más que pueda. Por suerte voy a estar con mi pareja y con la familia de mi pareja. Y lo que es seguro es que en enero vamos a ir a Palma. A ver a la familia y a conocer a mi sobrino”.

Los Reyes más tristes

Uno de los argumentos más escuchados cuando se trata de la Navidad y la pandemia es el imperativo de proteger a los familiares vulnerables. Los mayores y los enfermos. Todo se reduce a ese sombrío escenario en el cual un joven sano, fuerte y asintomático contagia el virus a su abuela, que desarrolla un cuadro de covid con complicaciones y, en el peor de los casos, muere. Es así de cruda la realidad por estos días. Por supuesto, nadie que a estas alturas haya programado una celebración con sus abuelos piensa en estos términos, pero hay personas que pueden hablar desde la demoledora experiencia. Personas que perdieron a un ser querido en la última Navidad.

“Sí, son unas fiestas muy bonitas, y queremos estar con la familia, pero no se trata de salvar las navidades, las fiestas y las comidas, sino de salvar a la gente que queremos”, dice Montse Grau, vecina de Vilanova i la Geltrú, 24 años, empleada en un departamento de márketing. Grau es el espejo donde deberían mirarse los inconscientes. Los audaces, los salvajes. “Mi abuela estaba perfectamente. Tenía 77 años, y la víspera de Reyes murió”. Más que la Navidad, más que la Nochevieja, Reyes era el día señalado en el calendario. “El más importante de las navidades, el día que nos juntábamos todos. Fue muy raro, porque nos volvimos a juntar, pero no para celebrar nada sino para enterrarla”. Una imagen como esa debería tener el poder de la disuasión, aunque el mundo no funciona así, pues la desgracia es algo que siempre le ocurre a los demás. “Ahora que veo a la gente preparando las fiestas, pienso que nunca sabes cómo acabará una de esas comidas, ni cómo acabarán las navidades. Y mucho menos en una situación de pandemia como esta”.

María Teresa Solé. Maite. A la cita de Reyes solía llamarla “reunir al rebaño”. Acostumbraba agasajar a la familia con canelones caseros, pero el año anterior había dicho que ya no estaba “para tantos trotes”, que era la última vez. Mentira. “Al final resultó que los había preparado y los tenía guardados como una sorpresa para ese día. Semanas después de su muerte, nos reunimos todos para comerlos, como a ella le habría gustado”.

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Salvador Pérez, Cristina Morera. La pequeña Sofía. La PCR. ¿Qué hacer? Al final se impone el sentido común. ¿Quién es capaz de introducir un bastón por la nariz diminuta de una niña de cuatro meses? De modo que la madre se toma la muestra a sí misma y la hace pasar por la de su hija. De todas maneras, en el aeropuerto apenas miran el test de la niña.

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