Me encantaban las hamburguesas. No lo escribo en pasado por capricho. No ha acontecido nada que me haga desconfiar de los ‘burgers’ barceloneses, tenemos restaurantes que facturan piezas de gran calidad. Utilizo el pasado porque desde que el Bar Torpedo irrumpió en mi vida solo tengo ojos y pituitaria para una hamburguesa, la suya… El resto, como “cantaba” Mario Vaquerizo: ¡me-da´-igual! 

Acudo a primera hora, para asegurarme sitio; me roo las uñas esperándola; las patatas, que siempre llegan antes, no me valen como distracción… Todo se reduce al momento en que la hamburguesa de la casa aterriza envuelta en un papel, las conversaciones mueren y el espacio-tiempo se colapsa. El ‘burger’ del Torpedo es como el Arca de la Alianza: una radio para hablar con Dios.

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Torpedo, fistro, pecador…

La increíble carne madurada de este bocadillo es una detonación de sabor que te hace zumbar los oídos. Viene dividida en dos discos, lo que le añade sensualidad en boca… Y el punto, oh, ese punto, siempre ajustado a la perfección: tostadita por fuera, sangrienta como una peli gore por dentro. El queso -¿gouda, cheddar?- se despatarra sobre la pieza con descaro. Te encuentras el ‘crunch’ del pepinillo encurtido todo el rato. Hay jugos, hay salsas, hay emanaciones de grasienta felicidad que recoges con la lengua. Y un brioche supremo que remata la faena y te conduce al éxtasis. 

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Nunca he preguntado los ingredientes; quiero mantener el misterio. Me pregunto si dentro de unos años, mi matrimonio con la hamburgesa del Torpedo perderá el ardor de las primeras veces, si acabaremos protagonizando una danza maquinal, con la luz apagada, el tercer sábado de cada mes. Que no se nos rompa el colesterol de tanto usarlo

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