Las tribulaciones de Pablo Ibar se empezaron a forjar en un frontón de la Rambla. Ahí fue donde Cándido, su padre, inició su carrera como jugador de cesta punta.

“Debuté como profesional en Barcelona, en el Principal Palace, el 21 de noviembre de 1963, el día antes de que mataran a Kennedy”, recuerda Cándido Ibar.

“Se me quedó clavado. Un chico joven, que debuta de profesional, su gran momento, y va y matan a Kennedy y luego no se habla de otra cosa”, evoca.


El jurado no le creyó en el 2000 y tampoco esta vez: “Culpable”. Este es el nuevo veredicto






















El progenitor del recluso hispano-estadounidense, que de 46 años se ha pasado casi 25 encarcelado en Florida, la mayoría en el corredor de la muerte (16), atiende esta llamada al viernes a la hora de comer. No es más que un alivio y de vuelta al tribunal del condado de Fort Lauderdale, para seguir las deliberaciones del jurado. Es la cuarta vista oral. Pablo siempre se ha declarado inocente del triple crimen ocurrido en junio de 1994. “Yo no era un ángel, frecuentaba malas compañías, pero no soy un asesino”, ha repetido en diversas entrevistas.

El jurado no le creyó en el 2000 y tampoco esta vez: “Culpable”. Este es el nuevo veredicto.







Tras su debut en Barcelona, Cándido continuó su carrera de cestapuntista con altibajos. “Perdí un tiempo”, afirma. Entre otras razones, “porque hice un poco de deporte con mi hermano”. Su hermano, José Manuel Ibar, alcanzó fama en el cuadrilátero como Urtain, tres veces campeón de Europa de los pesos pesados en la época del tardofranquismo.


Cándido. El padre de Pablo Ibar el jueves pasado junto a su esposa durante el nuevo juicio que ha vuelto a perder su hijo
Cándido. El padre de Pablo Ibar el jueves pasado junto a su esposa durante el nuevo juicio que ha vuelto a perder su hijo
(Giorgio Viera / EFE)

















A los cinco años del Palace, Cándido dio el salto al frontón de Dania Beach, en Florida “1968, diciembre dos”, rememora. Esa fecha le cambió aún más la vida.

Aunque jugó varios años en el frontón de Hatford (Connecticut), su hogar lo estableció en la área de Miami. Se casó con Cristina Casas, de origen cubano, con la que tuvo dos hijos. Uno de ellos, Pablo. Se divorció y se volvió a casar. Otros dos hijos. Cuatro nietos y espera una nieta, “¡por fin!”, exclama. Todos unidos en la causa.

“Después de esto, pues igual sí”, responde al reflexionar sobre el destino ante el sufrimiento de Pablo y si habría sido mejor quedarse en el País Vasco.

Pero Cándido, de 74 años, no cree en maldiciones. Hacia adelante, es su filosofía. Porque sabe lo que es sufrir. Su padre murió de repente siendo ellos jóvenes, su hermano boxeador se suicidó y su hijo se ha pasado encerrado más de la mitad de su existencia. Y continuará. Pero no va a cesar en la lucha pese a este duro golpe.

“Lo más difícil era ir a visitarle al corredor de la muerte –remarca–, el ruido de esas siete puertas y, al salir, todavía peor, porque pensabas que con lo que se oye que pasa, igual no lo volvía a ver”.


















Desde el 2016 no ha de hacer esa visita. A Pablo Ibar lo trasladaron a un módulo normal, una vez que el Tribunal Supremo de Florida anuló la sentencia a muerte y ordenó repetir el juicio por considerar que el acusado no contó con una defensa eficaz y lo condenaron con pruebas débiles.


Anulada la muerte.El Supremo de Florida anuló la pena de muerte en el 2016 y ordenó que se celebrara un nuevo juicio
Anulada la muerte.El Supremo de Florida anuló la pena de muerte en el 2016 y ordenó que se celebrara un nuevo juicio
(Gaston De Cardenas / EFE)

Esto no influyó para que la fiscalía se replanteara el asunto. Chuck Morton, el acusador que logró la pena capital, ha vuelto de su jubilación para insistir. “No dejen suelto a este asesino”, requirió al jurado. Le escucharon.

“Para él es una cuestión personal y para su reputación”, sostiene Cándido sobre Morton. “Si fuera un americano cualquiera, a lo mejor no le daban tanta importancia, pero el caso de Pablo ha tenido mucha repercusión en Europa, en España, han venido legisladores. Si el fiscal pierde sería de enorme relevancia”, reitera.

“Estamos bien de ánimos”, recalca previo a saber la decisión del jurado, al pensar que la repetición de la vista oral había salido bien. “No se puede confiar plenamente. La primera apelación ya salió mal. Yo no decido, así que no puedo estar seguro. Hemos de tener los pies en el suelo”, frase que hoy suena a premonitoria.


















“Dieron por probada su culpa cuando tenía un abogado que no valía para nada, ahora tenemos unos respetables”, indica. La defensa la ejercen letrados de prestigio, financiados por la Asociación Contra la Pena de Muerte Pablo Ibar. Arrastran, sin embargo, una terrible herencia.

La madrugada del domingo 26 de junio de 1994, en Miramar, área metropolitana de Miami, dos individuos con la cara cubierta y armados, entraron en la casa de Casimir Sucharski, de 48 años, dueño de un club, Casey’s Nickelodeon. Estaba acompañado por dos modelos, Sharon Anderson y Marie Rogers, ambas de 25.

A la jornada siguiente, el policía Christopher Schaub acudió a la casa de Sucharski, cuyo coche –un Mercedes convertible– había sido hallado ardiendo en una carretera. El agente investigaba la desaparición de Rogers, tras acudir el sábado al Caseys’s. Nadie respondió al timbre. Miró por la ventana y vio los tres cuerpos.

En los hechos probados se sustenta que los dos intrusos rebuscaron por la vivienda, se metieron objetos en los bolsillos y pegaron un tiro a cada uno de los presentes. La irrupción la captó la cámara que el dueño instaló.


La familia. En el 2016, su esposa Tanya, su hermano Michael y Cándido, su padre, contaban en Madrid los esfuerzos por salvarle
La familia. En el 2016, su esposa Tanya, su hermano Michael y Cándido, su padre, contaban en Madrid los esfuerzos por salvarle
(Emilio Naranjo / EFE)

















El 14 de julio arrestaron a Pablo y a su amigo Seth Peñalver. Habían ido con unos colombianos a resolver un trapicheo de drogas. A partir de las imágenes de mala calidad del vídeo de seguridad de la residencia de Sucharski, el detective Paul Manzella, que había detenido a Ibar, distinguió a Pablo. Este parecido también lo observó la fiscalía. Surgió además el testimonio de un vecino, que identificó a Pablo circulando en un coche de cristales tintados.

En la escena del crimen no se detectaron sus huellas dactilares, restos de cabello, sangre o cualquier rastro biológico. La Policía tampoco dio entre sus pertenencias nada robado. Y cinco testigos aseguraron que Pablo estaba en la casa de su novia Tanya –su esposa desde 1998 y ferviente luchadora–, al producirse el asalto.

Pero hubo un vuelco hace unos pocos años. La mejora tecnológica en los análisis de ADN dieron con un rastro mínimo de Pablo en la camiseta de uno de los agresores. La defensa replicó que esa prueba está contaminada por los errores durante la investigación.

Cristina Casas, la madre de Pablo, ya fallecida, recurrió en aquel 1994 a Kayo Morgan, abogado que había ganado casos graves y mediático. En 1992 asistió al juicio contra él por desacato llevando a su mascota, un mono llamado Smooc, como recordó el Sun Sentinel en su obituario del 2014.


















El primer juicio de 1997 quedó nulo por la imposibilidad para alcanzar un veredicto. La cita de 1999 se aplazó por los problemas personales de Morgan, que abusaba de las pastillas. El asunto contra Peñalver se escindió y, aunque le impusieron la máxima pena en el 2000, como a Ibar, en el 2012 le exoneraron y recobró la libertad tras 18 años. Ibar no tuvo igual suerte y en el 2006, con un defensor que reconoció su incapacidad, le confirmaron el fallo.

“Cristina murió hace 16 años. Tenía un cáncer, pero aguantó hasta el juicio y cuando no salió bien…”, confiesa Cándido. Pablo, al que ni encadenado permitieron asistir al funeral, siempre dice que esa es la única muerte que pesa sobre su conciencia. Pese a soñar con salir y visitar su tumba, él continuará en la larga noche de un destino que arrancó en la Rambla, antes incluso de su nacimiento.

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