La extrema derecha se prepara para asaltar a través de las urnas el Parlamento Europeo en las elecciones previstas para el próximo mes de mayo y con buenas sensaciones, si nos atenemos al avance que ha experimentado estos últimos años en gran parte de los países de la Unión Europea (UE). 

Las razones de este auge son varias, pero entre las principales se encuentran los diez años de sacudida económica y financiera, la crisis de las personas refugiadas, el descrédito de la clase política tradicional afín al capital y manchada por la corrupción, el fracaso de la izquierda y la desconfianza en unas instituciones europeas cómplices de las políticas de austeridad que han torpedeado el estado del bienestar, sobre todo en los países del sur de Europa. Una tormenta perfecta de la que se aprovechan también ahora fuerzas externas a la UE.

Hoy en día, los partidos ultras están presentes en 21 parlamentos de países comunitarios, son socios de gobierno en Austria, Italia, Finlandia, Eslovaquia, Letonia y Bulgaria, mientras que en Dinamarca ofrecen apoyo puntual parlamentario al Ejecutivo. En Hungría, República Checa y Polonia, gobiernan fuerzas de derecha tradicionales pero que han asumido el discurso de la derecha más radical. Nunca antes fuerzas políticas nacionalistas, xenófobas y populistas habían llegado tan lejos en el continente, si exceptuamos los convulsos años treinta del siglo pasado.

La estrategia confesa de los ultras de cara a los comicios de mayo es conseguir los eurodiputados suficientes para poder dinamitar desde sus entrañas los principios fundacionales de la UE y acabar o debilitar al máximo los valores que representa. Un bloque fuerte euroescéptico podría provocar el colapso de las instituciones de Bruselas. 


Ramón Lobo

Un proyecto, sin duda, ambicioso y que no es ajeno a los intereses de la Rusia de Vladimir Putin ni tampoco a la derecha radical de Estados Unidos que logró aupar a la Casa Blanca a Donald Trump con la colaboración también del Kremlin, según apuntan las investigaciones en marcha de la fiscalía en EEUU. El magnate-presidente ha impuesto una nueva manera de hacer política en su país basada en el principio nacionalista de «América primero», cuyos efectos son notorios en todo el planeta. 

Éxito electoral

En la carrera hacia las elecciones europeas, los partidos de extrema derecha cuentan con la ayuda de Steve Bannon, que contribuyó como jefe ejecutivo de campaña a la sorprendente victoria de Trump en las elecciones del 2016. Según todos los indicios, Bannon también ayudó a que se impusiera de manera inesperada el ‘brexit’ meses antes en el Reino Unido, en esa ocasión como vicepresidente de la polémica compañía Cambridge Analytica (CA).

Esta consultora, fundada en el 2013, por el multimillonario ultraconservador estadounidense Robert Mercer -uno de los grandes donantes de la campaña de Trump- y la canadiense Aggregate IQ, revolucionaron y con notorio éxito la forma de acometer las campañas electorales, aunque con malas artes.

Las dos empresas, hijas de una misma matriz, utilizaron el ‘big data’ para elaborar perfiles psicológicos y crearon cuentas ficticias y automáticas (bots) para difundir mensajes en Twitter y páginas web fantasmas para lanzar falsas noticias a través de las redes sociales. Es más, se valieron de los datos personales de 87 millones de usuarios de Facebook, un escándalo que ha salpicado a Mark Zuckerberg, fundador de la red social. Todo ello con el fin de manipular a los electores e influir en sus votos.

En el Reino Unido se está investigando el grado de implicación de Cambridge Analytica en la campaña Leave.EU, una de las no oficiales del ‘brexit’ capitaneada por Arron Banks, otro multimillonario con vínculos con Moscú. Aún así, su método de trabajo básico sigue vigente. De hecho, un modelo similar de captación de voto se habría utilizado en las elecciones de Andalucía, con el resultado conocido.

Desde su cuartel general en Bruselas, donde tiene previsto lanzar oficialmente la plataforma ‘The Movement’ los próximos días, Bannon lleva meses gestando una suerte de internacional ultraderechista europea –de la que excluye los partidos de ideología antisemita- a la que ofrece, “gratis, todas las herramientas que ayudaron al crecimiento político de Trump”, según sus propias palabras.

Bruselas a la defensiva

No todos los partidos ultranacionalistas europeos ven con buenos ojos la intromisión de un extranjero venido de otro continente en sus planes políticos, como es el caso de Alternativa para Alemania (AfD), pero Bannon ha sabido sumar al proyecto a figuras destacadas de la corriente ultraderechista europea, como la francesa Marine Le Pen, el primer ministro húngaro, Viktor Orbán o el viceprimer ministro y ministro del Interior italiano Matteo Salvini, “el heredero de Trump en Europa”, según lo ha definido el propio Bannon. A Angela Merkel, una de sus bestias negras, la ha definido como “la peor figura política del siglo XXI”.

Ante lo que se viene encima y visto los precedentes, Bruselas se ha puesto en guardia para blindar las elecciones de mayo y evitar posibles interferencias similares a las que afectaron al ‘brexit’ y a las elecciones estadounidenses.

Pero no es solo la sombra de Bannon y su plataforma la única amenaza, sino también la de Rusia, a quien las instituciones europeas no tienen reparo alguno en acusar directamente de estar detrás de ciberataques y de campañas de desinformación.

Moscú siempre lo ha negado y habla de la “omnipotente amenaza rusa” como un “mito irracional” que abarca “desde el ‘brexit’ hasta el referéndum catalán”, en palabras del propio ministro de Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov. El diplomático calificó el año pasado de “chismorreos” la presunta interferencia de Moscú en las elecciones de EEUU. En Francia hay quienes han señalado a Rusia como incitador de las protestas de los ‘chalecos amarillos’.

Entre los objetivos de esta ofensiva ultraderechista está también el Vaticano. Bannon, junto al británico Benjamin Harnwell, actual director del ultraconservador Instituto Dignitatis Humanae, y la colaboración del cardenal estadounidense Raymond Burke, muy crítico con el papa Francisco, tiene previsto abrir en un antiguo monasterio al sur de Roma un centro de formación para futuros dirigentes de la extrema derecha. 

Un proyecto de futuro inquietante y que demuestra el optimismo y confianza con la que Bannon y su entorno encaran el nacimiento de su nueva Europa, enemiga de la  globalización, la multiculturalidad y basada en la civilización judeo-cristiana.  

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