«Aquel dolor de entonces ya no está, porque era muy reciente, pero todavía hoy si escucho música de aquella época me emociono. ‘I tant'», confiesa Lourdes Tebé. Como a todas las familias afectadas, le cambió la vida a las tres menos cuarto de la tarde del 5 de diciembre de 1990. En ese espacio letárgico tras la comida, el momento del café tras el mostrador de las paradas de Sant Antoni, se produce una explosión de gas en el número 111 de la calle del Comte Borrell.

El edificio se desploma y los cristales de casas, locales y vehículos en un radio de más 50 metros se rompen. Quedan de pie apenas unos metros de la parte trasera del bloque. Los edificios colindantes, el 109 y el 113, también se ven parcialmente afectados.

«Todavía hoy si escucho música de aquella época, me emociono», explica Lourdes Tebé

Tres personas mueren en el acto, Rosa Pujol y María Martí, ambas de 65 años, que estaban en sus respectivas viviendas, y el joven de 16 años Sergio Andrés Ariño, que pasaba por la acera. Sergio iba de camino al instituto con un compañero para hacer un examen. Se dio cuenta de que se había olvidado la carpeta y había vuelto sobre sus pasos para buscarla.

Bomberos trabajando en el desescombro de los edificios devastados por la explosión. / JUAN VALGAÑÓN

A los tres minutos llegan los bomberos y comienzan el rescate de las personas atrapadas. En la misma silla en la que estaba inmovilizada, los bomberos bajan a la madre de RosaPaula Miñana, de 99 años. La foto de la operación llenará portadas de diarios. Muchos vecinos sufren fracturas y heridas y son trasladados a hospitales, pero también se dan pequeños milagros, como el bebé ileso tras la caída al vacío arropado en los brazos de su padre.

Siete años después, solo ocho familias del 111 y el 113 volvieron a los nuevos edificios. El 109 fue un solar durante mucho tiempo

Los vecinos se quedan con lo puesto y se les alojan inicialmente en el Hotel Aragón. Los más ancianos van a la residencia Francesc Layret. Si bien la tristeza no es oficialmente una causa de defunción, en solo unas semanas tres víctimas mueren de pena. Una de ellas es Paula Miñana, que no supera el ‘shock’ ni la muerte de su hija Rosa. Otra, Manuel Berna, de 86 años.

Al ‘shock’ emocional se suma la incertidumbre sobre el futuro. En un primer momento, el deseo de la mayoría es volver a Sant Antoni. Dos años antes de los Juegos Olímpicos, los precios de la vivienda habían comenzado a subir ante la cita deportiva. La promesa del alcalde Pasqual Maragall de expropiar los solares para construir vivienda pública se topa con recursos presentados por los propietarios de las fincas. Se buscan otras fórmulas.

Siete años después, solo ocho familias de las fincas 111 y 113 regresan al mismo lugar, a los nuevos edificios. Otras deciden no retornar. Los inquilinos del 109 no llegan a un acuerdo inicial con la propiedad, así que el escenario de volver a la misma dirección se disipa pronto. Durante años, el solar permanecerá vacío y cambiará de titularidad varias veces. 

Iceberg emocional

Bajo los datos resumidos en los párrafos anteriores hay un iceberg emocional y temporal. Los afectados no solo afrontan el trauma de lo vivido, sino que, además, han de organizarse para ser compensados por la compañía de gas. Si, por un lado, las informaciones en los medios ayudan a que su situación no caiga en el olvido, la atención mediática también causa desasosiego. Se lanzan cifras infladas de indemnizaciones y culpas sobre el origen de la fuga que echan sal sobre la herida. 

Son muchas pérdidas concentradas, el hogar, las pertenencias impregnadas de recuerdos y futuros proyectados. «Mi marido era un aficionado a la fotografía, tenía más de 3.000 diapositivas y no recuperó ni una. ¿Esto cómo se paga? Te quedas sin pasado. No se puede compensar», lamenta Lourdes Tebé.

«Mi marido tenía más de 3.000 diapositivas y no las recuperó. Te quedas sin pasado», lamenta Tebé

Marta Fàbregas, que entonces tenía 13 años, recuerda muy bien el día porque había quedado con unos compañeros de la escuela para mostrarles a Bimba, una perrita de 23 días a la que aún alimentaban con biberón. Los bomberos la sacaron entre los escombros, pero al quedarse sin casa no pudieron quedarse con ella. 

Y, aun así, Marta asegura que su mayor pérdida tiene forma de libreta escrita por su madre desde que se quedó embarazada de ella: «Estaba todo: pensamientos, dibujos, un mechón del primer corte de pelo, listado de enfermedades, las primeras risas, los primeros pasos, las primeras palabras…».

Aspecto actual del número 111 de la calle de Borrell. / RICARD CUGAT

Con el derrumbe, desaparecen diapositivas, tesis de carrera que estaban en un ordenador, cuadros que alguien ha pintado… Por eso, un gesto de los bomberos durante el rescate desata un aplauso, desgrana Lourdes Tebé: «Escucharon que unos vecinos nuestros [del 109] lloraban porque lo único que les había quedado de su vivienda era una estantería con discos, libros y una mandolina en la pared y subieron a buscarla». 

En esa situación, reconocer alguna de tus pertenencias a la venta añade dolor. «Nos robaron y aparecieron objetos nuestros en Els Encants», rememora Luisa, nombre ficticio de una afectada que no quiere revelar su identidad.

El proceso del duelo

Cada persona tiene un proyecto de vida que queda truncado abruptamente. «La pérdida es la experiencia más estresante en la vida mental y emocional de las personas» -explica Mireia Cabero, psicóloga y directora de Cultura Emocional Pública-, pero no nos han enseñado a procesar el duelo, por lo tanto, aquí cada uno lo hace como puede». 

Así lo hicieron los vecinos de Borrell. En aquel momento, no tuvieron asistencia psicológica que les ayudara a gestionar el impacto emocional. Lourdes Tebé recuerda la estancia en el hotel trufada de momentos difíciles, a los que se añadieron más pérdidas, y de enorme desorientación: «Un día me vi en el mercado de Sant Antoni yendo a comprar… No sé ni cómo llegué y, además, pensé: ‘Qué haces aquí si no tienes cocina, si no tienes nada’; pues no fui la única». 

Rescate de vecinos por la parte trasera de los bloques afectados. / JULIO CARBÓ

Destaca, por encima de todo, el apoyo mutuo entre los vecinos de su finca, con una relación previa de convivencia que iba mucho más allá del saludo en el rellano. «Muchas cosas que nos pasaban lo comentábamos con humor porque los más mayores estaban hechos polvo y los más jóvenes procurábamos cuidarlos». Atesora especialmente el recuerdo del abogado, Josep Ricart, «una magnífica persona», y de los bomberos: «Preparamos un homenaje con un pastel especial para ellos. Desde aquel día los admiro profundamente». 

Ese sentimiento de comunidad ha permitido a Lourdes Tebé salvaguardar lo mejor de aquella experiencia traumática: «En la vida, al final tienes que sacar lo positivo y en ese momento hubo una generosidad, un compañerismo… Fuimos una piña, era muy bonito, pese a que en muchos aspectos era como estar en una cárcel». 

«Nos hubiera ido muy bien el apoyo psicológico, pero entonces se asociaba a estar loco», admite Luisa

Los gestos de lo vecinos de Sant Antoni también les arroparon. El arraigo al barrio continuó para algunas familias tras la estancia en el hotel, cuando les asignaron unos pisos del patronato en la Gran Via. Iban y venían casi diariamente, al mercado, al colegio de los niños. Volver al barrio siete años después fue una ayuda emocional para algunas familias.

«Nos hubiera ido muy bien el apoyo psicológico a todos», reconoce Luisa, «pero en aquella época ni se te ocurría porque estaba asociado a que estabas loco, hoy ni se te ocurre no pedir apoyo psicológico o ‘coaching’, mindfulness o lo que haga falta».

La vida sigue en la vía del barrio de Sant Antoni de Barcelona. / RICARD CUGAT

Reparar el dolor es necesario para recuperar la alegría de vivir. «Es literalmente imposible que el cerebro repare si no vuelve a mirar lo sucedido y a comprender qué sentido ha tenido en la vida de uno lo que pasó, qué ha quitado y qué ha aportado, cuánto dolor ha generado, cómo ha condicionado las decisiones… y aquí es cuando se empieza el proceso», insiste la directora de Cultura Emocional Pública.

Cambio de vida radical

Lourdes ha transformado aquella vivencia en base de su resiliencia: «A mí me ha cambiado la vida completamente. Evidentemente me ha servido para darme cuenta de muchísimas cosas. A darle a las cosas su justo valor porque aprendes que todo es muy frágil». Su cambio fue radical. Además de la vivienda, ella y su marido perdieron el trabajo, una empresa incipiente cuyo despacho tenían en casa. Se fueron a vivir fuera. Ahora residen en un pequeño pueblo entre Vic y Ripoll.

«Aquello me enseñó a anteponer las relaciones a acumular cosas», confiesa Marta Fàbregas, que en 1990 tenía 13 años  

Para Marta, que hoy tiene 43 años, la vivencia le enseñó a «dar más importancia a las relaciones que a acumular cosas, a encarar adversidades por duras que parezcan y a mirar la vida con otros ojos, mucho más alegres y compasivos».

Hace 30 años, los vecinos de Borrell, como los de dos explosiones más de gas que sucedieron ese mismo mes, se vieron inmersos en una pérdida para la que nadie está preparado. La ciudad también apoyó de la manera que mejor supo. 

Reparar el dolor

La psicóloga afirma que es fundamental que en procesos colectivos los duelos se puedan hacer al mismo tiempo, y para eso hay que ofrecer el apoyo para acompañarlos: «Quiero pensar que la ciudad de Barcelona hoy tendría algún recurso más de lo que tuvo entonces».

«Quiero pensar que Barcelona hoy tendría algún recurso más que entonces», anota la psicóloga Mireia Cabero

La sensibilidad social e institucional para reconocer que hay un enorme impacto psicólogo ha aumentado. «La mirada de la ciudad está mucho más preparada para acompañar», reconoce Cabero. «Ahora bien, que esté más preparada para reconocer e identificar la necesidad de ofrecer espacios para reparar el dolor no significa que no sigamos viviendo en una ciudad de incultura emocional».

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