La Barra tiene unos 26 o 27 metros, según las zancadas de un camarero. No es el modo más científico de medir, pero da idea de las dimensiones del establecimiento estrella de Carles Abellan en su segunda vida, tras salir del paseo de Joan de Borbó y entrar en el Hotel W.

Es poco más de un kilómetro y en el mismo barrio, la Barceloneta, pero se trata de lejanos mundos (económicos). El menú degustación de 76 euros casa mejor con un cinco estrellas que con la sangría y la fritanga.

Temas relacionados

Atsushi Takata, con uno de sus cuchillos, en La Cuina de lUribou.

 Este diario fue el primero que contó el por qué del cambio –pocas plazas en el original, lo que imposibilitaba la amortización–, así que ocupémonos ahora de la gastronomía. El resumen: comí muy bien. Hasta aquí el titular idiota.

Los que deben de estar encantados con la mudanza son los fabricantes de los azulejos marineros: han horneado de nuevo la serie, ¡y ampliada! La Barra, a diferencia de antes, no es solo barra: qué cosas. La complementan con mesas y una terraza sobre la playa y la herradura de la Barceloneta con el pez de Gerhy estallando, al fondo, en dorados.

La Barra

Hotel W. Plaza Rosa dels Vents, 1. Barcelona

T: 93.295.26.36

Precio medio (sin vino): 70-80 €

Menú del mar: 76 €

Dirige Tomàs Abellan, cocina Jaime Tejedor (y en estas semanas de arranque, también Toni Morago) y Adrià Martín sirve botellas estupendas. Carles maneja sus propios vinos, selecciones de las botas de elaboradores importantes. Esta vez pruebo, con gran placer, el syrah 2012 y el petit verdot 2014 (solo una cincuentena de botellas) de Raül Bobet. Qué grande es el ‘petit’.

 Es mediodía y la ocupación es alta para ser temporada de baños y toallas. Entre el centenar de clientes, un grupo de jubiladas aventureras y dos guiris despistados, que toman un refresco de cola y el cebiche de pez limón. No sé si los extraterrestres se han dado cuenta de que, gracias al cremoso de calabaza, ese cebiche es otra cosa. 

Tengo anotados varios golpes de ‘gosadera’: el carpacho de gambas, el ‘allipebre’ de anguila con patata confitada, el calamar a la parrilla relleno de cebolla (fuera las superfluas tiras de alga ‘nori’) y el arroz seco de gamba al ajillo. Esa paella cuesta ¡36 euros! con una guirnalda de 16 gambas peladas y abiertas: por precio, mejor compartirla. Por placer, mejor que no.

Con los enunciados, se comprende enseguida que los planos parten de la cocina popular para bailar hip hop sobre la barra. El ‘allipebre’ de anguila (a la brasa) es el mejor que he comido.

«Arrancamos de la tradición y sumamos complejidad. Es una cocina honesta con el producto como protagonista», marea Carles. «El mar con un toque», condensa. Habla también de Km 0. Creo más en la proximidad de las personas, y la barra permite eso.

Para los tristes, tres platillos picantes: el pulpo encurtido (sobra col), los tomatitos (qué frescor) y las ostras fritas.

LO+

Los tomatitos picantes, el ‘allipebre’ de anguila, el carpacho de gamba y el arroz seco.

LO-

El alga sobre el calamar a la brasa relleno de cebolla y el exceso de col en el pulpo.

De postre, la ya imprescindible tarta de queso brie con trufa (amigos del ‘cheesecake’: anotad esta, la de PurFismulerOriol Balaguer y Bodega 1900) y el no menos impresionante ‘dorayaki’ de avellana y café.

Como puente entre sus negocios –entre barras–, propongo a Carles una interpretación suprema de la ensaladilla rusa con la que ganó un campeonato, tal vez con cangrejo real, o bogavante.

La Barra es como un yate con 26 o 27 metros de eslora: lujoso, estilizado, rápido.

De la pesadez de la cazuela –del buque de carga– al guiso aligerado. 

 

All copyrights for this article are reserved to Portada