Miren bien la fotografía. Podría ser el Pinar del Río, con un ayuntamiento, como corresponde, con balcón, “para que el alcalde pronuncie elocuentes discursos”. Si hay escuela, seguro que debe tener en la pared, como exigiría Luis García Berlanga, “un mapa de Europa donde todavía existe el Imperio Austrohúngaro”. En la plaza, qué lástima, no hay una fuente para la que Pepe Isbert pueda desear que tenga un chorrito. No es entonces, queda claro, el Pinar del Río de ‘Bienvenido mister Marshall’, pero a vista de paloma parece un pueblo precioso. Es Barcelona. Bueno, una parte minúscula de Barcelona. En realidad, y perdón de antemano por la provocación, la más auténtica Barcelona, porque es la única porción que ha permanecido inalterada desde hace casi un siglo, algo que de prácticamente ningún otro barrio, calle o plaza de la ciudad se puede decir. Es el Poble Espanyol.

El proyecto no germinó para españolizar Barcelona, sino que fue el fruto de una mayúscula expedición de cuatro amigos a bordo de un Hispano Suiza

Cumplirá 100 años el próximo 2029. Por su situar su edad, nació a la par que el puente de la calle del Bisbe (‘cosas veredes’, como más o menos le dijo Alfonso VI al Cid) y también fue alumbrado al mismo tiempo que el pabellón Mies van de Rohe, pero, como se sabe o merece la pena ser recordado, ese edificio, piedra angular de la de la arquitectura moderna mundial, fue demolido en 1930 y no fue replicado de nuevo hasta los años 80, así que, sí, efectivamente, ¿qué queda más auténtico en Barcelona que el Poble Espanyol?

El Poble Espanyol, en obras, en 1929.

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CARLOS PÉREZ DE ROZAS

La excusa para poner el foco sobre esta alegoría arquitectónica de la vida rural erigida con motivo de la Exposición Internacional de 1929 es que el Arxiu Fotográfic exhibe hasta el próximo 25 de abril un centenar de olvidadas imágenes sobre cómo, cuándo y por qué se construyó el Poble Espanyol, muy recomendable aunque solo sea para desmentir, como a veces se sostiene, que aquel recinto fue un pérfido plan de la dictadura de Primo de Rivera para españolizar la díscola Barcelona. En realidad, el Poble Espanyol, según se mire, es el resultado de una fenomenal correría que a bordo de un Hispano Suiza de 32 caballos de potencia llevaron a cabo cuatro amigos (los arquitectos Francesc Folguera y Ramon Reventós y los artistas Xavier Nogués y Miquel Utrillo) por prácticamente toda España, excepto las islas, en busca de inspiración para un proyecto que inicialmente iba a ser llamado Iberiona, pero que al final, ya frente a la pila bautismal, pasó a ser el Poble Espanyol.

Aquella ‘road movie’ de Folguera, Reventós, Nogués y Utrillo, con el coche a rebosar de utillaje y unas recepciones entusiastas por ahí por donde pasaban, está perfectamente documentada en una estupenda tesis doctoral de Sandra Moliner, exhaustivas hasta el extremo de que incluye hasta las postales que los cuatro expedicionarios enviaban a sus casas con anécdotas del periplo. Lo que viene al caso, sin embargo, no es la dieta colesterólica de aquel cuarteto, que se da por supuesta, sino el proyecto que alumbraron. No iban en busca de lo más monumental y reconocible de España, sino de, perdón por la cursilería, el canon rural de cada provincia que visitaron.

Tejados del recinto, vistos desde el campanario.

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POBLE ESPANYOL

El resultado final es el que sigue ahí intacto tras casi 100 años, una suerte de isla del doctor Moreau de la arquitectura (recuerden, personaje de una novela de H. G. Wells que logra la hazaña de coser la genética humana con la de otras especies animales) en la que hay edificios que son perfectos puzles de hasta tres originales distintos repartidos por la geografía española.

Es la isla del doctor Moreau de la arquitectura o, como dice Sandra Moliner, el Pinocho de Barcelona, un muñeco de 1929 que cobró vida

El Poble Espanyol fue uno de los grandes éxitos de la expo de 1929, a la altura de las fuentes mágicas de Carles Buïgas, capaz de entusiasmar por igual a José Ortega y Gasset,  Carlos Gardel, el guardameta José Samitier y el rey Cristián X de Dinamarca (sin duda, cuatro puntos cardinales bien distintos de la opinión), de modo que como una falla fue indultado al término de la cita internacional. Moliner, en su tesis doctoral, emplea un símil perfecto cuando dice que el Poble Espanyol es el Pinocho de Barcelona, pues aquella pieza artesanal elaborada impulsada por aquellos cuatro ‘geppettos’ que dieron la vuelta a la península en busca de inspiración terminó por cobrar vida. Aunque en ocasiones se dice con desdén que el Poble Espanyol que es un antecedente de los parques Disney, en realidad es más auténtico de lo que a primera vista parece. Cuando el campanario de la villa zaragozana de Utebo sufrió un parcial derrumbe, la mejor opción que tuvo el alcalde es que se viajara a Barcelona para buscar inspiración en la réplica que allí se construyó.

El claustro del Poble Espanyol, una de las estancias del monasterio, construido a partir de fusionar copias de varios monasterios catalanes

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JORDI OTIX

Lo que Barcelona hizo en 1929 no era, ciertamente, nuevo. En la exposición que París celebró en 1889 se construyó la réplica de una ciudad colonial y un pueblo africano, y en Turín, en 1884, se plantó un burgo medieval, pero ninguno de esos proyectos sobrevivió como un Pinocho, metamorfoseado en algo distinto a lo previsto inicialmente, casi de carne y hueso, porque el Poble Espanyol, tras la Expo de 1929, fue, entre muchas otras cosas y en una enumeración no cronológicamente ordenada, cárcel republicana (campo de trabajo número 1, la llamaban eufemísticamente), sala de partos de la primera edición del Sónar, escenario de un concierto mítico de Van Morrison en Barcelona, lugar de culto de la modernidad noctámbula  postolímpica (un fauna que no adquiría un completo pedigrí si en su ruta de copas no había un alto en el camino en las Torres de Ávila) y, en un capicúa perfecto, tálamo desde 1992 de las primera ediciones del festival del porno que organizaba José María Ponce, lo cual tiene lógica si se tiene en cuenta que el recinto lo inauguró en 1929 Alfonso XIII, promotor de las primeras películas de este sórdido género rodadas en España.

Alfonso XIII inaugura el Poble Espanyol en 1929.

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Carlos Pérez de Rozas

Lo singular, sin embargo, es lo apuntado al principio. Con 91 años de edad, el Poble Espanyol puede ya presumir de ser la única Barcelona inmutable. No hay en él urbanismo táctico. Tampoco genera debates sobre por qué calle pasar el tranvía. No hay en él tiendas de Inditex ni tampoco ningún Mercadona. Tras sus fachadas hay lo mismo que había el día de la inauguración, es decir, no ha sido víctima de esa corriente arquitectónica que como una pandemia aquejó al Eixample antes de la crisis del 2008, el fachadismo, en el que se demolía el estupendo interior de muchas fincas y se conservaba solo la pared exterior para aumentar así el precio de venta posterior de los pisos.

En el Poble Espanyol, por no haber, no hubo ni las ‘remuntas’ de José María Porcioles, y eso que el alcalde de Barcelona entre 1957 y 1973 (récord de permanencia en el cargo, por cierto) tuvo como mínimo tres alocadas ideas sobre qué hacer con aquella herencia de la expo de 1929.

Al fondo y a la izquierda, la torre de Utebo, copia fiel de la original, del pueblo zaragozano del mismo nombre.

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JORDI OTIX

Deseó Porcioles que fuera un Parador Nacional. Propuso también que su plaza mayor fuera el gran teatro isabelino de Barcelona. Tampoco cuajó esa idea. Pero la más porcioliana de sus propuestas fue una colosal ‘remunta’, no a partir de levantar pisos extra sobre cada edificación, vamos, lo común, sino a partir de extender al resto de la montaña de Montjuïc el espíritu del Poble Espanyol. Quería edificar en las laderas del monte un cortijo andaluz, un molino de viento mallorquíb, otro manchego, una masía catalana, una barraca valenciana, un caserío vasco y, lo más abracadabrante, pretendía situar en lo alto de un acantilado, quizá en el del Morrot, unas conquenses casas colgantes.

Habría sido, claro está, el acabose, porque habría desdibujado la razón de ser del Poble Espanyol, construido en 1929 en una ciudad aún en proceso de digestión del salto a la modernidad que supuso la construcción del Eixample. La nostalgia por el pasado rural de buena parte de los barceloneses, a fin de cuentas, era más sincera que el impostado apego al pasado medieval que se quiso reivindicar con la recreación gótica que se llevó a cabo en el centro de la ciudad y que culminó, lo dicho antes, con la construcción del puente veneciano de la calle del Bisbe. Visto así, ¿qué hay más auténtico que el Poble Espanyol?

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