Son probablemente los días más tristes de Pablo Iglesias. Cinco años después de transformar su movimiento en un partido político que iba a conquistar los cielos, tiene que ver cómo la carcoma de las crisis internas devora las vigas de su creación. Como si alguien hubiese programado una semana negra, las malas noticias de Podemos se sucedieron una tras otra: las conversaciones secretas de Manuela Carmena e Íñigo Errejón, la decisión de su gran amigo y cómplice de abandonarlo y hacer tándem con la alcaldesa, las voces que se sumaron a ellos para animarlos, las críticas a su estilo de dirección y finalmente la dimisión de Ramón Espinar lanzaron a la opinión una imagen de estampida que resulta mortífera a cuatro meses exactos de las elecciones de mayo. Por si faltase algo, Iglesias sufre daños colaterales quizá poco justos, pero ciertos, que le llegan desde Venezuela.


Ramón Espinar
Ramón Espinar
(EFE)

Este tipo de crisis en los partidos nunca son fruto de un mal momento. Son el resultado de errores anteriores y actuaciones que la sociedad no logró entender. Quizá empezaron el día en que Iglesias repartió el poder que no tenía en forma de ministerios y prebendas. Ese día se descubrió una ambición, mucho más que una forma de rescatar a la sociedad de las garras de la derecha. Continuaron con el estilo personalista de organizar el partido, que permitió que se extendieran los calificativos de autoritario, cuando no de leninista. Esa sensación llegó a su cumbre cuando los disidentes empezaron a pasar a la sombra o al gallinero del Congreso. La foto reproducida estos días del quinteto fundacional, del que sólo sobrevive el número uno, tuvo efectos letales para la imagen de equipo y la demostración de democracia interna. Demasiados cadáveres políticos para sólo cinco años de reinado. Se culminaron con la compra del dichoso chalet que desmentía las predicaciones de austeridad. Y terminaron ahora con Errejón y Espinar.

Si Errejón actuó como actuó, con nocturnidad, alevosía y sin comunicación leal al partido, ha de entenderse como una venganza servida en plato frío. Si Espinar abandona todo de golpe, es por una de estas dos razones: o porque descubrió que hay una mujer consultada para ser candidata a la Comunidad de Madrid, o porque sencillamente está harto. Pero es otro nombre que se suma a la imagen de abandono del barco, también con efectos demoledores. Ahora sólo falta que las urnas de mayo confirmen lo que dice alguna encuesta no publicada: que se está produciendo un trasvase de votos que vuelven al PSOE, que Errejón recibe multitud de adhesiones o que Podemos puede no llegar al 5% de los votos, con lo cual quedaría fuera de la Asamblea. Sería un golpe de gracia.

¿Puede Iglesias sobreponerse y volver a fascinar a quienes confiaron en él? No lo tiene fácil. Las confluencias están en rebelión por su pérdida de autonomía. Las víctimas reales o supuestas de Iglesias han perdido el miedo a marcharse. El chalet sigue pesando como una losa. El discurso está algo oxidado después de toda su brillantez. Y la capacidad de seducción está seriamente dañada. Compleja resurrección.

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