En la web oficial de Joan Baez ya no hay lugar para las nuevas fechas de conciertos, pero sí que asoma una pestaña que conduce a sus obras como pintora: su serie ‘Mischief makers’, personajes que hacen ‘travesuras’ con incidencia social, cuya nueva colección mostrará este mes en una intervención en ‘streaming’ con motivo de su 80º cumpleaños. Por sus lienzos han pasado contemporáneos como Kamala Harris, Greta Thunberg o Michael Moore, y figuras históricas ejemplares como Ghandi y Eleanor Roosevelt. Esta es la nueva realidad de la trovadora neoyorquina, que un día brindó su voz a la causa de los derechos civiles en los gloriosos años 60.

Desmitificar el pasado

Década de leyenda, o no tanto: Baez se ha pasado muchos años tratando de desmitificar aquella era y de denunciar el acomodo intelectual derivado de la nostalgia, poniendo el presente en el punto de mira. El activismo fue un motor de sus primeros pasos en el arte de la canción, y ha seguido siéndolo en su crepúsculo escénico, cuando ha preferido que las conversaciones con la prensa tuvieran más que ver con el calentamiento global o las estridencias de Donald Trump que con sus gestas en la escena folk del neoyorquino Greenwich Village o su romance espinado con Bob Dylan. Así ha llegado Joan Baez a los 80, edad que cumplirá el 9 de enero, evitando vivir en el pasado más allá de los indispensable y luciendo una serenidad zen, asociada a la práctica del yoga.

Venía de una familia cultivada: su padre, de origen mexicano, era físico, y su madre, profesora de literatura

Canto y derechos civiles

Hace un par de veranos, el 28 de julio de 2019, dio por cerrada su carrera como artista de escenario en España, en el madrileño Teatro Real, alegando el cansancio de su voz. Eran ya 60 años de trayectoria los que acumulaba a sus espaldas, desde su primer paso por el Newport Folk Festival, en 1959, compartiendo un par de temas con el cantautor Bob Gibson. Tiempos de ‘revival’ de la música tradicional en Estados Unidos, a cuenta del emergente movimiento de los derechos civiles, donde brillaba la autoridad de voces como Pete Seeger y la cantante góspel Odetta, muy influyentes en su primera obra.

Ella venía de una familia cultivada, padre físico (Albert Báez, nacido en Puebla, México; figura relevante en el desarrollo de los rayos X) y madre profesora de literatura (la escocesa Joan Bridge). A causa de los compromisos de Albert con la UNESCO, los Báez vivieron en diversos lugares de Estados Unidos y del extranjero, incluyendo una estancia en Bagdad durante un año, en 1951, experiencia iniciática para Joan en la construcción de sus ideales de justicia social. De la fusión de esa sensibilidad con el don natural que le brindó su voz salió la cantautora que se coló con facilidad en la vanguardia del folk.

La huella de Dylan

Baez ya llenaba grandes salas cuando conoció a Bob Dylan, a quien procedió a presentar en sus recitales como artista invitado. Relación abrupta: si bien ella no se andaba con tonterías en sus amoríos (Joan, a los hombres, “los mastica y luego los escupe”, advirtió una vez su madre), con Dylan los papeles acaso se invirtieron, con experiencias frustrantes como la gira de 1965 por el Reino Unido, durante la cual el autor de ‘Like a rolling stone’ tendió a ignorarla y no le ofreció ni una vez que la acompañara a escena. Episodios perdidos en la neblina por una Baez que, en 1969, tuvo un hijo, Gabriel (con el periodista y activista David Harris), futuro percusionista enrolado en sus giras, y que en los 80 se relacionó con Steve Jobs.

No se andaba con tonterías en sus amoríos, pero la relación con Dylan fue frustrante

Pero las canciones de Dylan nunca han faltado en su atril, mezcladas con las suyas, las tradicionales y las de autores de amplio espectro, como Peter Gabriel, de quien adaptó al catalán ‘In your eyes’ (‘Als teus ulls’), junto a cantantes como Lluís Llach, a favor de los presos independentistas. Joan Baez, siempre implicada con las circunstancias que se ha encontrado allá donde ha ido. Y preparándose para la muerte, con esa crudeza se ha expresado, sin dejar de pensar, como señalaba el año pasado a este diario, que las canciones son, si no un medio para cambiar el mundo, sí al menos “una salvación en mitad de la locura”.

Los 5 discos claves de Joan Baez

La tradicional ‘Silver dagger’, lamento de una muchacha por la severa oposición paterna a su romance (blandiendo una amenazante ‘daga de plata’), abre el debut de Joan Baez, donde luce su voz de soprano en un repertorio de piezas populares (‘House of rising sun’) con guiños al cancionero ‘yiddish’ (‘Donna donna’) e hispano (‘El peso número nueve’). Refinamiento e intimidad: una voz, una guitarra (con el fugaz cortejo de Fred Hellerman, de los pioneros The Weavers), abanderando una serena revolución folk.

‘Farewell Angelina’ (1965)

Tras ahondar en repertorios tradicionales, en su sexto álbum abre el encuadre apostando por Bob Dylan (cuatro temas, entre ellos el inédito que da título al disco) y Donovan, ampliando el instrumental (guitarra eléctrica de Bruce Langhorne, probo trovador del Greenwich Village) y luciendo su internacionalismo cantando en francés a Léo Ferré y en alemán a Pete Seeger. Dejando atrás el aura más naíf de sus inicios, emerge como cautivadora narradora en la pieza de origen céltico ‘The wild mountain thyme’.

‘Gracias a la vida’ (1974)

Como respuesta al golpe de Pinochet en Chile, Baez empatizó con el mundo hispano en este álbum de canciones en castellano, con una incursión en el catalán en ‘El rossinyol’. Crece la frondosidad instrumental, con arpas, percusiones y flautas que colorean un repertorio abierto al homenaje al mártir Víctor Jara (‘Te recuerdo Amanda’), al tándem Serrat-Miguel Hernández (‘Llegó con tres heridas’) y a los clásicos populares (‘La llorona’, ‘Guantanamera’). Joni Mitchell la acompaña en una aromática pieza propia, ‘Dida’

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Una Baez enfocada a la sonoridad de banda, con dinámicas de aplicado folk-rock y roces jazzísticos, de la mano de virtuosos como Larry Carlton y Dean Parks (Steely Dan, Crusaders), y exhibiendo una voz en su pico de expresividad. Se luce cantando a autores contemporáneos (Jackson Browne, Stevie Wonder, Janis Ian) y entrega composiciones propias como el hito que da título al álbum, composición de épica contenida, evocadora de las heridas de un noviazgo antiguo que, según confesaría ella, apunta a Bob Dylan. 

‘Whistle down the wind’ (2018)

No quiso emprender su gira de despedida sin publicar un último álbum, al calor de la melancólica canción de Tom Waits, y ahí quedó esta obra madura, con exquisita producción de Joe Henry. Voz con poso, más rica en graves y en memoria, cantando a la alerta climática (‘Another world’, de Anohni, ex-Antony) y acogiéndose a la esperanza, pese a todo, en el hermoso canto country ‘The great correction’ (de Eliza Gilkyson), donde advierte que “el futuro espera en la línea del horizonte / para nuestras hijas e hijos”.

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