Al Cine Urgel, por tanto que hizo por la parroquia cinéfila de Barcelona, se le llora aún de vez en cuando, como acaba de suceder justo ahora, siete años después de que el proyector alumbrara por última vez la pantalla. La misa en memoria del difunto la ha oficiado esta vez el cineasta Juan Antonio Bayona, para quien lo imposible ha sido ver que de aquella colosal sala, que llegó a ser la más grande la ciudad, con 2.324 asientos cuando se estrenó y 1.823 después, cuando se reformó para que el público estuviera más cómodo, se exhiben media docena de butacas a la entrada y en los pasillos del supermercado Bonpreu que actualmente ocupa los bajos y el sótano del número 29 de la calle de Urgell.

Bayona, que quede claro, nada objeta contra el derecho a vender pescado en el mismo lugar en que un día se exhibió ‘Tiburón’, lo cual no deja de tener su qué, porque los supermercados, según se mire, son vanidosos monumentos a quienes creen que ocupan la cima de la cadena trófica en el reino animal, o sea, nosotros, cuando Spielberg ya dejó claro en 1975 que tal vez no era así, Lo que entristece a Bayona no es que Bonpreu haya tenido el buen  corazón de reservar un espacio para la memoria, sino que, tal y como ha tuiteado en un pronto de nostalgia el director de ‘El orfanato’ y de ‘Jurassic World’, «Barcelona llegó a ser la ciudad del mundo con más cines, tras Nueva York y París» y que «en los últimos 10 años se han perdido salas, distribuidoras, productoras y revistas de referencia».La reflexión de Bayona ha dado pie, como era previsible, a un catárquico desembalse de emociones y, quien más quien menos, ha respondido con un repaso de lo sucedido en esta ciudad y muchas otras de España. Murió el Fantasio del paseo de Gràcia y hoy en un negocio de Benetton. Cayó el Alcázar de Rambla de Catalunya (oportuno verbo, no me digan que no) y ocupó el inmueble La casa del Libro. Se tapió un día el cine Rex y así sigue, para gran placer de los grafiteros furtivos.

El cine Urgel, en 1982, con ‘E. T., el extraterrestre’ de estreno. 

| Albert Ramis

Barcelona, y es cierto lo que dice Bayona, fue una ciudad con una alineación de cines fenomenal en cantidad, pero también en calidad, algo que corre el peligro de caer en el olvido, y todo gracias a que Pedro Balañá, al frente de la cadena de salas de espectáculos que llevaba por nombre su apellido, contrató a un interiorista para que los cines de su propiedad fueran únicos y distinguibles de los demás. Ese hombre era Antoni Bonamusa, un hombre que fue a los cines de Barcelona lo que Rafael Guastavino fue a la arquitectura de Nueva York. Cuidaba todos los detalles, desde la entrada principal al cortinaje de la pantalla. El vestíbulo principal del Club Coliseum era elegante como una Katharine Hepburn. El patio de butacas del Rex parecía, como dijo T.E. Lawrence del desierto de Wadi Rum, «era Inmenso, como tocado por la mano de Dios», comparación que viene al caso porque ahí, en el número 463 de la Gran Via, se reestrenó en 1989 la copia restaurada de ‘Lawrence de Arabia’. El Aribau, a sus crepusculares 58 años de edad, luce como una Gloria Swanson en el papel de Norma Desmond.

Sin embargo, a saber por qué, el cine más fetiche de todos los fallecidos en Barcelona es el Urgel, quizá porque su adiós coincidió en el tiempo con una desaparición en serie de tiendas icónicas de la ciudad durante la primera mitad del decenio que ahora termina, un comercicidio en el que murieron Vinçon, la mitad del colmado Quilez, Musical Emporium, el Indio, la farmacia Vilardell, la camisería Bonet y un suma y sigue que aún continúa. En aquel clima de permanente funeral, el adiós del Urgel fue muy sonado. Los grandes cines desaparecían, pero no como víctimas de Netflix y sus competidores, como muy alegremente se afirma actualmente, sino a manos de esa modernidad de las multisalas de los centros comerciales, la antítesis del espíritu Bonamusa, pues algunas tiene incluso el mal hábito de vaciar la platea, al término de la sesión, por una puerta trasera, sin glamur ni nada que se le parezca.

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Àlex Montoya posa entre Woody Allen y la letra G del Urgel, que en 2017 terminó en su casa.

| Julio Carbó

El fallecimiento del Urgel (con una sola ele, para pena de quienes se llevaron como recuerdo sus letras) fue en mayo de 2013 y su cadáver, si es que así se puede decir, se veló hasta el 2017. Tras el último pase, la sala ni quiera se barrió. Las palomitas se quedaron en el suelo y en los asientos hasta que Bonpreu concluyó que aquel gigantesco local sería estupendo para sus productos. Fue entonces cuando ocurrió algo muy peliculero. Los que un día fueron espectadores quisieron conservar un recuerdo. Se salvaron así las letras nueve letras de URGEL CINEMA, retales de la cortina, carteles, algún aplique y varias butacas.La cadena de supermercados no fue insensible a ello. Permitió que quienes quisieran un recuerdo se lo pudieran llevar a casa y, en un perfecto ‘the end’, conservó unas pocas butacas para que decoraran su nuevo establecimiento. Por causa del covid no es posible estos días sentarse en ellas. Cuestión de higiene, dice el cartel que está sobre ellas. Pero esa es otra película…

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