Euriel Valles Camacho, taxista de Culiacán, de 40 años, trabajaba hasta el 2009 como
coyote
, proporcionando los medios y conocimientos logísticos para que cientos de migrantes mexicanos sin documentos pudieran cruzar la frontera desde el estado mexicano de Sonora al estado estadounidense de Arizona.

En diciembre de aquel año fue detenido y encarcelado durante ocho años en diversas prisiones en Arizona, uno de los estados que más lejos ha llegado en la criminalización de la migración de indocumentados y en la rentabilización de la seguridad fronteriza y prisiones privadas.

La historia de Camacho confirma una sensación que muchos comparten en México: que cuando Donald Trump dice que hay que construir el muro porque hay gente peligrosa en la frontera, puede que entienda la realidad al revés. Nos lo explica él mismo:


















“Empecé a cruzar a gente a los 17 años, ayudando a otros coyotes que me enseñaron la frontera –cuenta–­. No era difícil para mí. Me gustaba caminar por el monte. Me fascina la calma del desierto, el clima, el misterio de sus noches y esa adrenalina. Fue muy emocionante. Siempre cuidaba a la gente que llevaba”.

“Entonces nadie consideraba que un coyote fuera un criminal. Si la migra estadounidense nos paraba, nos soltaba al otro lado de la frontera con los propios migrantes. Pero cuando los americanos empezaron a tratar a los coyotes como criminales, todas las personas que lo hacían correctamente dejaron de cruzar a la gente. Ahora los coyotes sí son secuestradores, violadores , torturadores. Los zeta están. Hay una guerra en la frontera entre esos grupos. Es muy peligroso cruzar”.









Nadie veía a un ‘coyote’ como a un criminal; si ‘la migra’ nos paraba, nos soltaba al otro lado de la frontera”



“Los que yo cruzaba eran principalmente mexicanos de Chiapas, Oaxaca, Ciudad de México, y algún centroamericano que se nos pegaba. Cruzábamos la sierra y, al llegar al pie de la civilización, como se suele decir de Estados Unidos, venía una camioneta y nos llevaban a una casa de seguridad en Tucson o Phoenix. Desde allí llamábamos a las familias para decirles que los migrantes estaban bien y les dábamos los datos para que depositaran el dinero. Los migrantes se quedaban en la casa segura el tiempo que las familias tardaban en hacer el ingreso. En ese mismo momento los llevábamos a la estación de autobús para que fueran a su destino. Muchos iban a recoger uva o naranjas a California, o manzanas a Washington”.


















“En aquellos años cobrábamos unos 2.000 dólares: 1.000 para la gente en EE.UU. por la casa y la camioneta y 1.000 para cubrir el resto de las gastos y lo que yo cobraba. Suficiente para vivir dignamente. Todo era muy limpio. Por cruzar ahorita te van a cobrar 8.000. Por 8.000 dólares, yo aconsejaría a cualquiera quedarse aquí en México y montar un negocio, una taquería. Yo he sido taquero. Es muy difícil cruzar ahora. Tienen drones que te pueden ver arriba y calculan cuántos días tardarás en bajar y te esperan”.


Euriel Valles Camacho, 'excoyote'
Euriel Valles Camacho, ‘excoyote’
(Camacho)

“Tenía 30 años cuando me detuvieron. En esa ocasión crucé unas gentes por Altar (en Sonora, a 150 kilómetros de la frontera con EE.UU.). Pasamos siete días caminando en el desierto. Estábamos ya en la casa de seguridad en Phoenix cuando llegó la policía y tumbó la puerta”.

“Como siempre hacen en Estados Unidos, me ofrecieron un pacto: ‘¡Te pueden caer 30 años! Pero aquí hay un papel y si lo firmas te damos 21’”, me dijeron. Pero yo les dije que no había hecho daño a nadie. Un criminal es una persona que hace daño. Yo di un servicio a un grupo de personas que ellos solicitaron. No les falté el respeto. Así que no firmé nada. A los diez meses me juzgaron, me declararon culpable y me cayeron ocho años”.


















“Me pusieron en la cárcel en el condado del sheriff Joe Arpaio (el notorio alguacil ultraconservador que fue investigado por el Departamento de Justicia por racismo e inculpado hasta que el presidente Trump le indultó). Hubo mucha denigración al preso. Nos pusieron ropa interior de color rosa para humillarnos. No había suficiente comida. Los baños no tenían puertas. Algunos lo soportábamos, pero muchos se volvieron locos. Me hice a la idea de que eso era algo que tenía que pasar y lo aceptaba a mi modo”.

“El sistema penitenciario en Arizona es muy malo. Hay mucho racismo. No hay comida suficiente. Hay muchas enfermedades. Me operaron de un tumor en la cárcel; estuve 22 días en el hospital. Mi familia ni se enteró porque un preso mexicano no puede hacer una llamada a México con los teléfonos de la cárcel. Los presos estadounidenses venden teléfonos móviles –que cuestan 300 o 500 dólares–, pero si te descubren con uno te caen tres años más. La gente vende droga en la cárcel para poder comprar esas cosas”.

“Hay muchísimos mexicanos en esas cárceles. La mayoría, por delitos de posesión o tráfico de marihuana en los estados vecinos, Nevada, California y Colorado, donde la marihuana se ha legalizado (en Arizona, no). Los agarran en la frontera cruzando marihuana en mochilas y maletas. Y están solos, abandonados”.




















Es muy difícil cruzar ahora; tienen drones que te ven y calculan cuántos días tardarás en bajar y te esperan”



“En Arizona, las empresas hacen mucho dinero con esas prisiones. ¿Por qué no nos deportan? Porque los presos son un gran negocio. En California ha habido iniciativas legales muy buenas para reducir las penas por delitos menores a la mitad. Pero en Arizona no lo harán porque esas empresas viven de las cárceles”.

“La prisión por dentro es una guerra porque la gente corre por razas. Están los mexicanos con sus propios líderes. Los chicanos no van con los mexicanos a pesar de que sean del mismo color y sus padres sean mexicanos. Muchos son más racistas que los americanos. Están los indios, los gabachos (estadounidenses blancos) y los negros, y cada uno tiene su líder. Hay una pandilla por cada raza”.

“En las cárceles públicas nos fueron cambiando de centro cada seis meses o cada año para reducir el conflicto. Pero en las privadas te mantienen en la misma cárcel. Hubo una reyerta muy sonada en la cárcel privada de Kingman, en Arizona. Yo estaba cuando ocurrió. Estaban hostigando demasiado a los presos durante demasiado tiempo. Hasta que se desató la bronca y se destruyo la prisión”.


















“Logré considerar que la prisión era mi casa y mi mundo. Me amansé. Pero empecé a pensar más en las cosas. Hasta que un día, con una mano delante y una detrás, salí. Y me deportaron. Me repatriaron en Nogales el 2 de diciembre del 2016. Hace unos meses me reuní con unos excompa-ñeros de la cárcel. Matamos a un puerco y tomamos unos vinos y platicamos desde las 10 de la mañana hasta las 8 de la noche. Estamos todos bien”.




















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