Jimi Hendrix fue como “Moisés, que abrió las aguas para que pudiésemos pasar por un camino nuevo”, ilustra, sin miedo a pasarse de frenada, Javier Vargas, que sitúa al zurdo de Seattle en la liga más alta de las artes. “Hay muchos guitarristas técnicos o rápidos, pero con Hendrix, fallecido hace 50 años, estamos hablando de algo distinto: un pintor, como Picasso o Kandinsky”.

Vargas es un guitarrista crecido en el rock y el blues acuñados en los años 60, pero el influjo de Hendrix va mucho más allá de esos parámetros musicales, y cruza generaciones. Lo deja claro un instrumentista de perfil distinto como es Marcel Bagés. “Si tocas la guitarra, es complicado no haber pasado como mínimo una etapa de tu vida escuchándolo”, confiesa el cómplice de Maria Arnal, músico experimental cuyo álbum ‘hendrixiano’ de referencia es, cómo no, el audaz doble ‘Electric ladyland’.

Javier Vargas.

Notas que eran bombas

El impacto de Hendrix, en primer término, en sus contemporáneos y en la quinta de instrumentistas crecida en los años 70 fue agudo. Músicos como el mismo Vargas, que aún se estremece al recordar su versión “expresionista” de ‘Star spangled banner’, en el Festival de Woodstock, “con la guitarra evocando las bombas cayendo, y los niños llorando, y el estrépito de las ametralladoras…” El himno estadounidense, convertido en cruenta denuncia de la guerra. “Pintó una película con la guitarra. Cerrabas los ojos y estabas en Vietnam”. Vargas alude a Hendrix en la pieza ‘Next to your fire’, guiño al clásico ‘Fire’, incluida en su álbum ‘Del sur’, publicado el pasado mayo.

Xarim Aresté / MAITE CRUZ

Se advierte en Hendrix “una vibración”, una energía flotante, desliza Vargas, que va más allá de las pulsaciones dactilares. “Un sonido que flota en el aire, transmitiendo ondas”, observa Jaime Stinus, que, si bien ve en su estilo la herencia del ‘bluesman’ Albert King, se rinde ante sus poderes revolucionarios. “Ha sido el guitarrista que mejor ha tocado el pedal wah-wah, con permiso del posterior Wah Wah Watson, y experimentó con otros pedales, como el ‘univibe’”, explica este guitarrista y productor de amplia carrera (de la Orquesta Mondragón a Loquillo). Para Stinus, Hendrix tocaba las seis cuerdas “con todo el cuerpo y con el espíritu”, y cubrió un amplio espectro de registros, desde su impronta de ‘showman’, plasmada en Monterey, hasta “la sensualidad y sexualidad con la que tocaba y cantaba”.

Jaime Stinus / FERRAN SENDRA

Acompañante de sí mismo

Hay otras muchas maneras de leer a Hendrix. Es posible fijarse en su modo de acompañarse al cantar, “esbozando dibujos alrededor de cada acorde” e improvisaciones armónicas “nada casuales” en piezas como ‘Little wing’, apunta Marcel Bagés, que se confiesa “impactado” con ese Hendrix menos ‘guitar hero’, más subterráneo. Por generación, a Bagés su obra le pillaba lejos, pero dio con ella siguiendo la pista de las influencias de John Frusciante, de Red Hot Chili Peppers.

Marcel Bages.

Ese Hendrix menos solista y más volcado en la dinámica de la canción es el que destaca Xarim Aresté, a quien le atribuye haberle hecho entender “el acorde como una idea abierta”. Para el exmiembro de Very Pomelo (y cómplice de artistas como Sopa de Cabra, Sanjosex o Maika Makovski), su estilo era bluesístico en los solos, “pero no cuando se acompañaba”, donde rompía moldes. Y todo ello, sin acudir necesariamente al narcisismo tan común en el ramo. “Sería un ‘guitar hero’, pero era el más humilde de todos. Se debía a la música. Yo no le veo ego”, estima el músico de Flix, para quien la ambición de Hendrix desbordaba el mástil de la guitarra. “Aspiraba al arte supremo y a la poesía”.

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