Hoy he dejado a mi hijo, de cinco años, en el cole. Le han medido la temperatura y le han embadurnado las manos de gel hidroalcohólico. He hecho lo que jamás hay que hacer. Llorar. Desconsoladamente. Mi hijo es pura empatía. Me ha dado la mano y me ha susurrado lo que le llevo diciendo yo desde el confinamiento: «todo saldrá bien». Y he llorado más. «Tranquila, ama [mamá en euskera]. No va a pasar nada malo», me ha vuelto a calmar. Se ha metido al patio, donde le esperaban sus amigos, esos con los que no juega desde hace seis meses. 

He sido la única madre melodramática de la fila. La entrada al cole estaba llena de papis y mamis algo nerviosos pero sonrientes que repetían un mantra: «Nuestros peques están felices. Aquí es donde tienen que estar, aprendiendo». Llevan toda la razón. Es la nueva normalidad, claro. Ya nos hemos acostumbrado a llamar normalidad a tener los índices de contagio más altos de Europa.

La educación es un derecho de los niños y las niñas, un derecho fundamental. La educación es «la garantía máxima de la igualdad en un país», en palabras del siempre sabio y templado David Trueba. Los coles están poniendo todo de su parte, luchando como jabatos para que el curso sea lo menos anormal posible. Pero es inevitable tener la sensación de circo romano. Vamos a probar qué tal sale este experimento. Si sale bien, la Purísima. Si no, san Antón (jamás entendí los refranes de mi madre, pero este me apasiona por absurdo).

Probando, probando

¿Que los contagios se doblan? Cerramos los coles. ¿Que los contagios suben un nivel asumible? Tiramos para adelante. Ahora bien, en la ruleta del coronavirus las papeletas te pueden tocar a ti. Da igual que seas joven. ‘El País’ contó hace tiempo que el virus tumbó en una cama de la UCI durante 69 días a Vanessa, de 28 años. Cuando se levantó, lo hizo con andador. Tuvo que volver a aprender a caminar.

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De todos los infames mantras pandémicos de autoayuda, dos de los más detestables son «las crisis son siempre oportunidades» y «hay que tener respeto al virus, no miedo». Quizá si hubiéramos tenido miedo, la desescalada hubiera sido un poquito más lenta y más segura. Quizá si hubiéramos tenido miedo, las autoridades hubieran fortalecido el sistema de vigilancia. Quizá si hubiéramos tenido miedo, no nos relajaríamos tanto con la mascarilla y la distancia. Si tuviéramos miedo, no nos hubiéramos ido a surfear las olas del Cantábrico a pesar de tener una PCR positiva. No hubiéramos invitado a 200 personas a nuestra boda. Pero, claro, una vez terminado el confinamiento hasta el presidente del Gobierno nos dijo: «Disfrutemos de la nueva normalidad».

El día de la marmota

Abrir un cole es infinitamente más complicado que abrir una mercería o una cafetería. Cuánta razón tenía la ministra de Educación, Isabel Celaá, cuando dijo esto. Por más confianza que nos quieran ofrecer, por más que nos digan que la escuela es un lugar seguro, nadie tiene muy claro qué va a pasar mañana. ¿Cuánto tiempo van a permanecer las clases abiertas? ¿Cuánto días van a pasar hasta que alguna mamá anuncie en el chat del cole que su peque tiene fiebre? Toda la comunidad científica nos advierte: habrá brotes en los coles. Viviremos con el miedo incrustado en los huesos. Y cuando ocurra lo que hay que hacer es actuar rápido y acotar el brote poniendo medidas. Pero vivimos en un país en el que todo es una batalla política. Escucharemos que la culpa es de las autonomías. Otros dirán que del Gobierno. Otros, que de los padres irresponsables. El día de la marmota versión pandemia.

Cuando eso ocurra, cuando todas las autoridades nos dejen tirados a padres y madres, iremos al circo romano de ‘Gladiator’ (Ridley Scott, 2000) y les diremos a los políticos batalladores: «Me llamo Maximus Decimus Meridius. Y me vengaré. En esta vida o en la otra».

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