Con agilidad pasmosa, el Ayuntamiento de Bilbao madruga para sustituir los contenedores de basura que por la noche fueron quemados en varias calles del barrio de Indautxu. Cuando los vecinos salen, se diría que no hubo algaradas anoche, salvo por los manchones de hollín en las aceras.

El consistorio, ciertamente, ya tiene experiencia acreditada en el asunto. Pero no es la kale borroka de otros tiempos la que incendió el mobiliario urbano, sino una protesta de jóvenes y no tan jóvenes airados, hartos de mascarilla, que se encendió en cuanto los dueños de los bares, muy a su pesar, les empezaron a echar a la calle porque había sonado ya la hora del toque de queda.

Jóvenes extremistas y grupos de negacionistas excretan su rabia en las zonas de copas, tan lejos y tan cerca del hospital. A las diez se descorcha la ira acumulada en la pandemia. Hay un extraño trasfondo ultra agazapado detrás. Desde Pamplona lo resume así una agente de la policía local: «Estos se quedaron sin encierro en julio y ahora nos quieren correr a nosotros en noviembre».

Ruta por la España perimetrada. Capítulo 3. El confinamiento está en el alma.

Ruta por la España perimetrada. Capítulo 3. El confinamiento está en el alma. /
JOSÉ LUIS ROCA

Ángela, recepcionista de un hotel del centro de la capital vizcaína, cruza la calle al salir del trabajo, de madrugada, intentando evitar las áreas donde persiste el humo, tan negro y tóxico, que desprende el plástico al arder. Y envía un vídeo de móvil a los amigos para avisar: «Chicos, Indautxu…» .

ETA O EL COVID

«¿Quién iba a decir hace un año que íbamos a estar viendo a chavales protestar contra lo que hace un virus?», reflexiona el guarda del parking de la calle Ramón Rubial. El desquiciado fenómeno de la quema de contenedores se ha extendido por Bilbao, Barcelona, Burgos, Logroño, Madrid… en transmisión comunitaria, a la manera del covid.

De momento, en Bilbao y por la mañana parece que no ha pasado nada. A la puerta del Guggenheim, donde algunas parejas toman el sol plácidamente en una limpia terraza, las ancianas Maite y Teresa, -«somos las dos teresas», dicen-, pasean agarradas del brazo hacia el arco rojo del puente de La Salve.

«Los de los contenedores son cuatro gatos ¿eh? No te vayas a pensar. Aquí todo el mundo está de acuerdo en que hay que confinarse», afirma Teresa sin respaldo demoscópico. «Son chavales que la montan porque les quitan el jalovín», añade en referencia a la fiesta celta de todos los santos.

Ni Maite ni Teresa temen al virus «si se va con cuidado». «Solo» han tenido dos casos en la familia de Teresa, «y porque son médicos en Basurto. Se ve que se contagiaron allí«, explica. Y Maite sentencia que, en materia de miedo, hubo días peores: «Se está ahora mucho más segura que en los tiempos de ETA».

«EL CONFINAMIENTO ESTÁ EN EL ALMA»

Se van las dos abuelas  bordeando el gran perro de flores que custodia la puerta del museo. Los bilbaínos han aprovechado el día de fiesta para orearse, y en los bares de pinchos hay una parroquia demediada, algo más silenciosa pero perseverante en su costumbre de chiquitear.

    Un bombero apaga un contenedor de basura incenciado durante las protestas en Burgos.

    Un bombero apaga un contenedor de basura incenciado durante las protestas en Burgos. /
    (JOSÉ LUIS ROCA)

    Iratxe Rementeria, empresaria hostelera, en su restaurante caserío de Muxika.

    Iratxe Rementeria, empresaria hostelera, en su restaurante caserío de Muxika. /
    (JOSÉ LUIS ROCA)

    Un vecino de Bilbao, en una de las calles por las que durante la noche protestan contra el estado de alarma.

    Un vecino de Bilbao, en una de las calles por las que durante la noche protestan contra el estado de alarma. /
    (JOSÉ LUIS ROCA)

    Maite y Teresa, las dos teresas, pasean por Bilbao tras la noche de algaradas.

    Maite y Teresa, las dos teresas, pasean por Bilbao tras la noche de algaradas. /
    (JOSÉ LUIS ROCA)

    Un bilbaíno hace ejercicio en los alrededores del puente de La Salve.

    Un bilbaíno hace ejercicio en los alrededores del puente de La Salve. /
    (JOSÉ LUIS ROCA)

Las carreteras, de día, ya no tienen el aspecto fantasmal de cuando, en la primera ola, el estado de alarma metió a toda la gente en casa. Esta vez en el País Vasco se proscribe el viaje entre pueblos, en un laberinto normativo que no se acaba de entender, por ejemplo, en Muxica, al borde de una de las calzadas que atraviesan el corazón de Vizcaya camino de Urdaibai.

«El del pueblo de al lado puede moverse a este, y al revés… pero solo si tiene motivo justificado. Los que no pueden venir aquí son los de otros pueblos si no están pegados a este, ni tampoco los de Bilbao. Y eso nos mata», dice Joseba Andoni Rementeria, dueño del Remenetxe, un asador estratégicamente situado junto al camino de Gernika, flanqueado de naves industriales.

Entre él y la esposa, «que es de los Etxeandia del pueblo», y su hermana Iratxe, transformaron los dormitorios y los establos del viejo caserío Miñarre en un afamado punto de parada y reuniones. Unos miñones quedaron tan contentos tras varias cenas que al dueño le han regalado una placa como las de las calles de Bilbao, con su nombre escrito en letras belle époque sobre fondo azul: «Joseba Andoni Kalea», dice el letrero. La ha colgado, orgulloso, a la puerta de una bodega que ahora visita muy poca gente.

Una escena de día festivo en el centro de Bilbao./ JOSÉ LUIS ROCA

Iratxe Rementeria pasó en febrero una tosedera tremenda, bien agarrada a los bronquios, que le duró 21 días. Está convencida de que fue covid, pero los análisis hoy no ven antígenos en su sangre. Pensativa, saca brillo y recoloca las copas de cristal, los platos blancos y las pulcras y almidonadas servilletas de un comedor vacío. Por la ventana del caserío se ven pasar coches, pero no paran. Es raro este cierre perimetral. «El confinamiento no se ve, pero se siente –describe-. Ya llevamos el confinamiento por dentro, en el alma. Es tremendo. Yo creo que estamos con una tristeza… que estamos intentando disimular lo mal que lo estamos llevando».

EL ESPECTÁCULO DE LAS LLAMAS

A la salida de Muxia, en una rotonda, ha parado una pareja de ertzainas. Poco a poco las fuerzas de seguridad van acrecentando la vigilancia de los movimientos de la gente, sin apretar mucho y sin aflojar nada. Pero es por la tarde y en carretera. De noche, y en los barrios, todo es más complicado.

Por ejemplo, en Burgos. Dos reponedores de un pequeño supermercado de la calle Diego Laínez se asoman medrosamente por el escaparate desde dentro de la tienda cerrada para ver el espectáculo del fuego. Justo enfrente, entre ellos y el Mercadona, alguien ha incendiado un contenedor amarillo.

Un jovencísimo pizzero para su escúter y avisa con cara de excitación: «¿Podéis llamar a emergencias?, es que yo no puedo pararme», dice. Los repartidores de comida a domicilio son los nuevos serenos; cruzan las calles desiertas de la ciudad castellana y ven brotar los fuegos aquí y allá. La protesta que se inició en la esquina de Derechos Humanos con Libertad, en el rebelde barrio de Gamonal -por debajo de la calle Pablo (sic) Casals-, se ha dispersado ahora discretamente por otros puntos de la ciudad, donde guerrillas muy pequeñas aparecen, queman y se largan evitando la carga policial.

Grupos de jóvenes aparecen, prenden un contenedor y se esfuman antes de que llegue la policía en Burgos. / JOSÉ LUIS ROCA

Cuatro policías empujan con todo el cuerpo el contenedor en llamas para separarlo de los demás. Cuando llegan los bomberos y echan agua, se monta una humareda apocalíptica, que con la luz de los coches policiales parece un decorado de Blade Runner.

Está pasando igual en otras ciudades del país… «Está organizado», se mosquea un antidisturbios de los que empujan con su furgón los basureros en llamas de Burgos. Justo lo contrario que piensan sus jefes en Madrid, que esto no responde a un patrón. Y el jefe de la cuadrilla de bomberos burgaleses, a su lado, con la visera de su casco dorado subida como la de un yelmo medieval, contesta a este diario: «Esta noche ya llevamos apagados veinte».

Temas
Coronavirus
Bilbao
Provincia de Vizcaya
Provincia de Burgos

All copyrights for this article are reserved to Portada

Quantcast