Pese a que el tiempo es relativo y lo que para unos puede parecer una eternidad, para otros es un fugaz abrir y cerrar de ojos, el calendario no engaña: Hoy hace exactamente dos años que Donald Trump llegó a la Casa Blanca. Su presidencia ha llegado a su ecuador al ritmo ajetreado de sus tuit, con la Administración parcialmente cerrada durante el periodo más largo de su historia y una retirada de tropas en Siria que ha desatado todas las alarmas tanto entre los aliados como en el Pentágono. ¿Es ya América grande otra vez? Si se le pregunta al mandatario, seguro que así lo cree, pero un repaso a sus principales promesas electorales indican algo distinto.


















Según la web
Politifact.com
, especializada en comprobar la veracidad de las declaraciones hechas por políticos estadounidenses, en el punto medio de su primer mandato, casi la mitad de las promesas de la campaña de Trump han sido bloqueadas o rechazadas. Y sólo cerca de un tercio de ellas se han llevado a cabo o han visto progresos parciales. El presidente está todavía a medio mandato, pero tras perder el Congreso en las elecciones legislativas de noviembre, avanzar en los compromisos que adquirió en 2016 se complica.


Casi la mitad de las promesas de la campaña de Trump han sido bloqueadas o rechazadas











Prueba de ello es el cierre parcial de la Administración por el desacuerdo entre republicanos y demócratas sobre los presupuestos. Trump se empeña en que haya una partida para financiar su propuesta estrella: el muro que en la frontera con México. Los demócratas, responden que ni hablar. Y mientras tanto, miles de trabajadores federales llevan casi un mes acudiendo cada día a sus puestos de trabajo sin cobrar.

La cruzada antiinmigración prometida por Trump tampoco ha avanzado tanto como él esperaba, aunque ha degradado la imagen de los Estados Unidos hasta uno de sus puntos más bajos. La decisión de separar a los menores migrantes de sus familias y mantenerlos encerrados en condiciones similares a una cárcel horrorizó a gran parte de la sociedad estadounidense. El drama en la frontera con México sólo se detuvo a finales de julio, cuando un juez de San Diego ordenó la reunificación. Aun así, esta semana se ha sabido que la cifra de separaciones – unas 2.500- podría ser mucho más alta de lo que se conocía hasta ahora, ya que empezaron a practicarse un año antes de la puesta en marcha de la política de tolerancia cero de Trump.




















Imagen de archivo de 2017 que muestra prototipos del muro que Trump quiere construir en la frontera con México en San Diego
Imagen de archivo de 2017 que muestra prototipos del muro que Trump quiere construir en la frontera con México en San Diego
(Elliott Spagat / AP)

Trump tampoco ha logrado cancelar los fondos a las llamadas ‘ciudades santuario’ –urbes que no colaboran con las autoridades federales en materia de inmigración-. Sin embargo, sí se ha salido con la suya en el veto migratorio a personas de Irán, Libia, Siria, Yemen y Somalia. Todos países de mayoría musulmana. El pasado mes de junio, y tras meses de bloqueo en los tribunales, el Supremo le daba la razón al presidente.

Otros tantos han sido una bajada de impuestos que, según sus críticos, es un regalo a los superricos en detrimento de las familias trabajadoras, y ha avanzado en su promesa de reformar el NAFTA, el acuerdo de libre comercio entre EE.UU., México y Canadá. Todavía falta que lo firme el Congreso, lo que podría acarrear problemas, pero tras más de un año de tensas negociaciones, el mandatario se anotó un tanto con la firma del nuevo tratado, que ha bautizado como USMCA (Tratado entre Estados Unidos, México y Canadá en sus siglas en inglés). Y como buen negacionista del cambio climático, Trump también ha seguido adelante con su plan de retirarse del Tratado de París, firmado por las principales potencias para tratar de frenar el calentamiento global.




















Una de sus mayores derrotas en estos dos años ha sido la imposibilidad de enterrar la reforma sanitaria aprobada por Obama, el llamado Medicare





Pero quizás una de sus mayores derrotas en estos dos años ha sido la imposibilidad de enterrar la reforma sanitaria aprobada por Obama, el llamado Medicare. A falta de una alternativa convincente, el presidente perdió la votación en el Senado a manos de uno de sus principales enemigos en el partido republicano, el malogrado John McCain. Afectado por un agresivo cáncer cerebral que le segaría la vida pocos meses después, el ex candidato presidencial dejó mudo a su partido al oponerse a la reforma, desempatando así la votación que tumbaría el proyecto de Trump.

En materia internacional, ha quedado claro que el magnate republicano iba muy en serio cuando afirmó que trasladaría la embajada estadounidense en Israel a Jerusalén. Su hija Ivanka fue la encargada de hacer los honores en mayo en medio de protestas violentas en Palestina. El arriesgado gesto contraviene el derecho internacional, que considera ilegal la ocupación por parte de Israel de Jerusalén oriental, por lo que la gran mayoría de la comunidad internacional mantiene sus sedes diplomáticas en Tel Aviv. Pero no parece avanzar en el proceso de paz palestino-israelí sea una prioridad para Trump.




















Manifestación en contra de la separación de familias migrantes en Los Angeles
Manifestación en contra de la separación de familias migrantes en Los Angeles
(Frederic J. Brown / AFP)

El presidente ha cumplido a medias su promesa de sacar a los EE.UU. del “desastroso” pacto nuclear con Irán. Sin embargo, él afirmó que lograría un pacto “cien veces mejor”, algo que no ha sucedido debido a la negativa de la República Islámica de sentarse a renegociar. A pesar de eso, con la retirada estadounidense, el acuerdo está prácticamente muerto y las empresas europeas que comenzaron a instalarse en suelo iraní ya se han plegado velas ante la amenaza de problemas con los bancos estadounidenses.

En línea con el aislancionismo que promulgaba en campaña a través de eslogan de su inconfundible gorra roja (“Make America Great Again”), Trump ha comenzado a replegar las tropas estadounidenses en Siria. Desde su punto de vista, el Estado Islámico ha sido derrotado y la misión está cumplida. Pero nadie en el Pentágono parece ser del mismo parecer, incluido su secretario de Defensa, el general Jame Mattis, que ha dimitido por este motivo. Tampoco están contentos sus aliados en la región, con Israel al frente, que ven como la marcha estadounidense permitirá a Irán y Rusia campar a sus anchas en territorio sirio. Y mucho menos están contentos los aliados kurdos sobre el terreno, que tras liderar cuerpo a cuerpo la lucha contra los yihadistas, ahora ven como la Casa Blanca les deja en la estacada ante la anunciada ofensiva de Turquía para expulsarles de la zona fronteriza.




















En línea con el aislancionismo que promulgaba en campaña a través de eslogan de su inconfundible gorra roja (“Make America Great Again”), Trump ha comenzado a replegar las tropas estadounidenses en Siria





Otra de las promesas de Donald Trump, esta vez con Europa y Canadá en el punto de mira, era lograr que sus socios en la OTAN aumentaran el gasto militar hasta llegar al 2% del PIB al que se habían comprometido en 2014. El presidente opina que EE.UU. aporta demasiado. Y, a falta de que se publiquen los datos oficiales, parece que en 2018 al menos ocho países miembros ya cumplían con las exigencias del mandatario, por lo que se puede considerar que está cerca de lograr su objetivo.

Pero si hay un logro de Trump que marcará al país por generaciones, es el nombramiento (con polémica incluida) de dos nuevos jueces conservadores en el Tribunal Supremo. El magnate llegó al poder con un asiento libre en la Corte por el fallecimiento de Antonin Scalia, y había prometido proponer para substituirle a un candidato conservador. La suerte quiso que, bajo su mandato y todavía controlando las dos cámaras, el juez Anthony Kennedy, anunciara su retirada. Pese a las denuncias por acoso sexual cuando era estudiante, el presidente ha nombrado al magistrado Brett Kavanaugh, contrario al aborto y que en 2009 defendió que los presidentes debían tener protección ante investigaciones criminales. Esta posición interesa especialmente a Trump, teniendo en cuenta la investigación en curso sobre la posible interferencia rusa en las elecciones de 2016.


















Los presidentes permanecen en el Despacho Oval como máximo ocho años, y las Cámaras se renuevan cada cuatro. Pero los jueces del Tribunal Supremo, lo máximos guardianes de la interpretación de la ley en EE.UU., tienen cargos vitalicios. Trump ha sido el encargado de fijar el sentir conservador de la sala para los años venideros. No está mal para el mandatario estadounidense más impopular desde que existen cifras.


Brett Kavanaugh jura su cargo como nuevo juez del Tribunal Supremo
Brett Kavanaugh jura su cargo como nuevo juez del Tribunal Supremo
(Tom Williams / Bloomberg)

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